EL PENDULO DE DIOS


—Cècil, por favor, no remuevas. ¿Cómo estás?
—Sorprendido. Después de tanto tiempo, tras haber encerrado todos mis cadáveres en el armario, apareces de golpe en medio de una historia inverosímil de robos, mentiras, ¡y hasta un asesinato! Y por cierto me han advertido que tenga cuidado contigo, porque estás involucrada en él.
—¿Y tú qué dices? ¿Crees que maté al cura?
—¡No digas tonterías! Has hecho muchas cosas raras —la vi bajar sensiblemente la cabeza—, pero eres incapaz de hacer daño “físico” a nadie. Sin embargo, me dijo el comisario que su casa estaba llena de tus huellas.


EL LABERINTO DEL FARAON


Toset se inclinó. Mosé se estaba despojando de sus pingajos mugrientos. Tan pronto como su ordenanza le hubo entregado las pesadas navajas de bronce, se cortó la barba, el pelo y se rasuró todo el vello del cuerpo para purificarse. Sus hombres le observaban serios, y luego, una vez que hubieron terminado de sepultar los restos mortales reales, le imitaron.
No tardó en crearse una atmósfera de baño turco en medio del círculo de los camellos. Silenciosos y desnudos, los soldados hacían por última vez su aseo, el aseo de los muertos, se ayudaban a veces mutuamente a rasurarse la barba o a raparse la cabeza. Y grande era la compasión de ver a estos hombres orgullosos con los cuerpos marcados de cicatrices mostrar unos con otros gestos propios de mujer atenta o de criada solícita.



EL SILENCIO DE LAS HAYAS


—¿Por qué no lo hemos detenido, señor? —Porque es Mieltxo y se casa hoy. —Ya, pero la mochila que portaba... —¡La mochila llevaba las cosas de la borda de Tinín! —rubricó alterado
Marce Osorno—. Y punto. —¿Qué es esa borda? —preguntó el tercero. —Una borda. Es una borda. Una borda es una borda. La borda de Tinín. La
borda de Tinín es la borda de Tinín.



EL MATEMATICO DEL REY


—Eso mismo solían decir todos. Pero yo no entiendo de esas cosas. Sólo sé que por aquí han pasado muchos negadores. Unos negaban la inmortalidad del alma, el purgatorio, la potestad del Papa, la misericordia del bautismo..., arríanos, otros nestorianos, luteranos, calvinistas, mahometanos y elvidianos, que no hay doctrina verdadera que no encuentre hombre que la niegue.


LA SAGA DE LOS LONGEVOS


—Oh, suelo hacer una excepción con las nuevas empleadas del museo. Claro, y también esperas que yo acabe como Nieves.
—¿Seguro? —insistí—, ¿no tenías prisa? —El tiempo es algo tan relativo... Y este ajedrez, ¿no te seduce? Era un damero de madera de dos tonos, «raíz del árbol de teca», me informó solícito. —Estéticamente sí —contesté—, pero hace tiempo que no juego una partida en serio. Extendió su brazo derecho y me invitó a sentarme. Miré alrededor, no muy convencida. Jairo se las había arreglado para llevarme a un rincón
de su inmenso local, donde sabía que nadie nos molestaría. Acabé accediendo. —Verás, puedes verlo como un juego de mesa, o puedes verlo desde un punto de vista mucho más interesante. Le animé a seguir con la mirada.


ARETES DE ESPARTA


Aunque no me enorgullece decirlo, esa tarde regresé más reconfortada a casa y me encontré a Polinices sentado bajo el emparrado del pórtico, junto al abuelo, comiendo trozos de melón. Había pasado buena parte del día al sol y presentaba mejor cara. Me lavé en la fuente y después me senté junto a ellos a comer algo.
—Esta tarde —me dijo Polinices— han venido a verme algunos compañeros de mi batallón y uno de ellos me ha preguntado por ti.
—¿Cómo? —Me ruboricé— ¿Por mí?
El abuelo se sonrió bajo su bien poblada barba blanca, pero hizo como si no hubiera oído y siguió cortando el fresco melón en rodajas.



EL SEÑOR DE LORDEMANOS


—¡Gresulfo! —gritó desesperada antes de que los tres muchachos se alejaran hacia la muela.
—Sí, madre —respondió el muchacho tras volver la cabeza.
—¡Haz cuanto tu madre te ha dicho! ¡No oses desobedecerme!
Gresulfo la contempló con gesto sorpresivo. Después sonrió mostrando sus dientes amarillentos.
—¡Esta noche festejaremos la victoria contra los paganos! —gritó dibujando una mueca de complicidad, al tiempo que alzaba la espada con un gesto infantil, y Teodegoncia se sintió complacida.



EL ANGEL DE LA MUERTE


—¿Es grave?
—Es grave. Kissin puso en evidencia a Battelle.
—Battelle se repondrá —dijo DeBorn, dirigiendo su atención a la página editorial—. Descubrirán la cura para la siguiente pandemia y sus acciones subirán como la espuma. Lo que se necesita ahora es la pandemia. ¿Has visto las imágenes por satélite de esta mañana?
—Seis Topol-M SS-27 de fabricación rusa, con MBI (misiles balísticos intercontinentales) móviles, cada misil con un alcance de siete mil kilómetros.
—Once mil kilómetros, y ha sido un espectáculo de circo orquestado en parte por China, el mayor comprador de petróleo iraní. El reloj sigue su marcha, señor Lozano. Necesitamos una solución biológica apropiada.



LA LANZA DEL DESTINO


Dino levantó la mano.
—Encontraron una lanza, Judith. Usted sabe lo que eso significa. Estábamos dispuestos a iniciar dos o tres años de peritajes y contraperitajes antes de poder hablar. Digamos que podíamos presagiar lo mejor. Y a todas luces... no hemos sido los únicos. Josime envió un mensaje para ponerme al corriente del descubrimiento, con una parte de las fotos incluidas en este dossier. Fue... antes, claro.




EL INFORME DE JUDEA


—Yo podría haber sonsacado pruebas a los nazarenos que interrogué —terció
Callido—, si me hubieses permitido soltarles la lengua a mi manera. —Eso habría sido un ejercicio escasamente productivo, Callido —replicó Varrón, irritado por la franqueza del liberto—. Esa gente, que te dijo que nunca llegaron a ver al nazareno cuando estaba con vida, avisarán a sus correligionarios del sur y les dirán que hay un cuestor romano que anda haciendo preguntas sobre el nazareno. Si tú fueras uno de ellos y te enteraras de
que hay un cuestor que tortura a los nazarenos, ¿acaso no te esconderías? —Bueno, sí. Supongo que sí, mi señor —convino Callido a regañadientes. —Esa es la razón por la que tu señor es cuestor y tú eres su liberto, mi
tontorrón amigo —lo reprendió Marcio—. La manumisión te ha liberado de las cadenas de la esclavitud, pero no de las ataduras de la estupidez.


LOS CIRCULOS DE PIEDRA


Zena se despertó ante la total ausencia de sonido. El bosque estaba extrañamente silencioso, como si la furia del volcán hubiera acallado a todos los animales que habitaban allí. No soplaba viento ni se movía ningún animal; tampoco ningún pájaro llamaba a su compañero.
Una gota de agua cayó en un charco y produjo un sonido apenas audible, pues su tono normal quedó sofocado por las empapadas cenizas. Zena volvió la cabeza. El sonido parecía provenir de algún punto lejano, de modo que no hizo caso y trató de conciliar de nuevo el sueño. Pero se sentía incómoda; le dolía todo el cuerpo y tenía la garganta tan irritada que apenas lograba tragar saliva



EL DESIGNIO DE LOS DIOSES


El rey debería ocultar un poco más sus emociones —le dijo Nisher Sag a Nakiya, que estaba sentada a su lado.
—Veo que tú también te has dado cuenta.
—Es evidente, creo que todos los aquí presentes hemos podido ver la mirada del rey hacia la mujer del médico, naturalmente Zukatu también —dijo Nisher-Sag mirando hacia la reina.
—Sí, yo también me he dado cuenta y Zukatu no va a tolerar que el rey tenga otra esposa.
—Está escrito en el contrato de matrimonio, uno de los acuerdos de boda era que Assarhaddon, se negaba a tener más esposas a no ser que Zukatu no le diera descendencia o se tratase de una boda política. Además, Damkira está casada.
—El rey tiene poder suficiente para anular la boda de Damkira y para romper el contrato de matrimonio ¿quién se lo iba a reprochar, tú?
—Mi reina, el equilibrio en el universo parte también de que el rey cumpla sus acuerdos y compromisos. Si el rey incumple, es muy posible que un período de desgracias e infortunios se cierna sobre el imperio —dijo con tristeza el sacerdote—. Esta misma noche estudiaré los oráculos y mañana al alba, sacrificaré un cordero. Espero que los dioses guíen nuestro camino.
—Mantenme informada —ordeno la reina madre.



RODAS LA HIJA DEL SOL


—¿Isócrates de... Camiro? ¿No eres rodio?
El se esforzó por sonreír. Lo correcto habría sido presentarse como «Isócrates, hijo de Critágoras», y no por su pueblo natal... pero prefería no mencionar a su padre.
—Camiro es rodia, señora. Es una de las tres ciudades que se unieron para formar el pueblo de Rodas.
—Ah, sí, por supuesto: Lindos, Ialisos y Camiro, los hijos del amado ninfo Rodos. Ya lo sabía, sólo que... Señor, has dicho antes que me llevarías a casa pero, cuando mi barco fue abordado, yo iba rumbo a Alejandría. Necesito llegar allí lo antes posible. ¿Sería posible que siguiese mi viaje?
Isócrates se encogió de hombros. —Eso depende del capitán de tu barco... y de sus armadores, y de cómo hayas concertado tu pasaje. Ella puso mala cara. —¿De sus armadores?



EL CABALLERO DEL TEMPLO


Jaime de Castelnou tuvo la impresión de que la visita de aquellos hombres algo tenía que ver con él.
El conde de Ampurias saludó a los dos caballeros de blanco, que descendieron de sus monturas con agilidad. No eran jóvenes, pero tampoco tan mayores como le habían parecido en la primera impresión, al verlos tan altivos, con sus largas barbas y su porte solemne.
— ¡Jaime! —el conde llamó a su ahijado y con un gesto de la mano le indicó que se aproximara.
—Mi señor... —el joven se acercó confuso.
—Te presento a Raimundo Sa Guardia, caballero del Temple, de la encomienda de Mas Deu, y a su compañero Guillem de Perelló.
Los dos templarios saludaron a Jaime con una ligera inclinación de cabeza, pero observándolo a la vez como quien mira a un insecto sin otro interés que el que despierta su zumbido.


HARALD EL VIKINGO


—¿Cómo podrá ser eso?—preguntó Rulav—. Olav es el hijo legítimo del rey, el que reinará cuando expulsemos al invasor danés.
—Olav morirá tras un largo reinado y será declarado santo por Justus, el obispo cristiano. Tras él vendrá su hijo Magnus, de reinado breve.
—¿Cómo sabrá Justus que mi hijo es hermanastro de Olav, hijo natural del rey Harald? —quiso saber Solvej.
—Por los tatuajes que ahora le grabaré detrás de las orejas y que tú le mostrarás a su regreso. Son los cuervos sagrados que, lo mismo que aconsejaron a Tor desde su nacimiento, le indicarán el camino a seguir en las encrucijadas que hallará a su paso.
Tras lograr la aquiescencia de su madre, Sigrid adormeció al pequeño aplicándole en la nariz una esponja marina empapada en misterioso líquido. Luego, utilizando una fina aguja de asta de alce, le grabó tras el pabellón de las orejas sendos cuervos negros con el pico amarillo.

   

EL PUENTE DE ALCANTARA 1


Luego el médico franco examinó a la mujer. «Esta mujer está poseída por el demonio. Se le ha metido el diablo en la cabeza. Afeitadle la cabeza.» Cortaron el cabello a la mujer y volvieron a darle de comer su bazofia habitual: ajo y cebolla. Poco después su estado empeoró, y el médico dijo: «El demonio se ha hecho fuerte en su cabeza». Cogió una navaja de barbero, hizo un corte en forma de cruz en la cabeza de la mujer, levantó la piel, dejando que se viera el cráneo, y echó sal en la herida abierta. También esta mujer murió poco tiempo después.
Contaré esta historia al shaik en nuestro próximo encuentro, y le preguntaré si acaso al- Ilbiri no hubiera podido retrasar la hora de la muerte de esos dos francos, haciendo que se continuaran los tratamientos que había prescrito.
Pero ya intuyo cuál será su respuesta. Responderá con el viejo proverbio de nuestros padres: para ser sabio no basta con quererlo. Dirá que no debemos utilizar la afilada sierra de nuestra inteligencia para cortar la rama en la que estamos sentados. Y yo volveré a quedarme sin una respuesta que satisfaga a mi razón.
El shaik empleó la frase: «Es verdad, porque es sabio». Quizá lo que él dice es verdad, porque él es sabio.



ATILA EL JUICIO FINAL


Atila decía:
—Que sean los suyos quienes comuniquen el desastre, quienes amenacen a su propio emperador. —Volvió a ocupar su puesto al amor de la lumbre y se sentó con las piernas cruzadas—. Que utilicen su propio cursus para transmitir mi mensaje.
Orestes murmuró:
—Como aquella vez que dejamos que unos bandidos turcomanos nos robasen el oro. Pesados carros llenos de oro chino.
Un viejo guerrero con una barba larga y gris lo miró. Era Chanat. —Cuenta la historia. Orestes esbozó una sonrisa débil. —Dejamos que cargasen con el oro por pasos de montaña, que cruzasen ríos
de aguas tumultuosas, que atravesasen resecos desiertos de gravilla. Un viaje espantoso de vuelta a las estepas donde vivían. Les seguimos el rastro durante todo el camino. Transporte gratuito. Ni se enteraron. Y, una vez que hubieron transportado amablemente todo aquel oro chino para nosotros y llegaron sanos y salvos a las estepas del norte, nos abalanzamos sobre ellos y los matamos a todos.



EL EJERCITO PERDIDO


No respondió. La situación debía de parecerle tan evidente que sobraban los comentarios, pero me disgustó. Estaba apenada, me hubiera gustado recibir alguna palabra de respuesta. Al instante me di cuenta de que, antes del anochecer, nuestros guerreros podían perderlo o ganarlo todo: riquezas, gloria, honores, tierras. Pero para mí el envite era mayor. En caso de victoria pasaría aún un tiempo con el hombre que amaba, no sabía cuánto. En caso de derrota no había límite para las desventuras y los sufrimientos que podían ocurrirme. Fue su voz la que interrumpió mis pensamientos:
—¡Oh, dioses! Miraba hacia el mediodía. El sol estaba en medio del cielo sobre nuestras cabezas. Una polvareda blancuzca velaba el horizonte a lo largo de una enorme extensión. —Es una tempestad de arena —dije. —No. Son ellos. —No puede ser. Es demasiado extenso. —Te digo que son ellos. Mira.



LOS HUNOS A LAS PUERTAS DE ROMA


Uno de los soldados a caballo lo vio acercarse en la penumbra y dio el alto, aunque sin alarmarse. Los demás se volvieron, con las lanzas dispuestas.
Atila siguió avanzando.
—¡Alto! —gritó uno de los soldados, al tiempo que giraba y se acercaba a él; sin duda, se trataba de su teniente. Atila no le hizo caso y prosiguió su camino hacia el carruaje.
Al oír la orden del teniente, las cortinillas del carruaje se corrieron y apareció una cara. El rostro urbano y bien alimentado de un mercader griego. Estuvo a punto de gritar cuando vio tan cerca de él a aquel bárbaro a caballo, con el pelo recogido en una coleta alta y unos pantalones de piel de ciervo como única vesti- menta. Además, a juzgar por lo que dejaba entrever su silueta en la oscuridad, iba bien armado.
El bárbaro se dirigió a él:
—Linguam loquerisne latinam?


EL FIN DEL MUNDO VENDRA DEL ESTE


—Sí, señor. Pero aún no hemos acabado. —Hum... —Estilicón se acarició el pelo de la coronilla, canoso y que raleaba—.
Sin embargo, en tu destacamento ha habido muchas deserciones, ¿no? El rostro del teniente expresaba vergüenza. —Sí, señor. —Hum... Entonces, te alistaste a los... ¿dieciocho?
—Sí, señor.
—Conque, antes de jubilarte, aún tienes que servir otros trece años. Es mucho tiempo sin ver a tu mujer y a tus hijos. Y, para una esposa, también es mucho tiempo sin ver a su marido. No sé si me entiendes.
—No digo que esté satisfecho, señor.
—Acuérdate del emperador Claudio. Bastó con que se fuese unos días al puerto de Ostia para que su esposa se casase con Cayo Silio.



EL MACEDONIO


El rey era viejo..., a punto de morir, se decía. Estaban a salvo de su ira, pero ¿qué le importaba a Eurídice la seguridad? Hacía tiempo que había acogido en sus brazos a Tolomeo, cuando el menor rumor habría significado su muerte, pero su lujuria no conocía freno pese al riesgo.

Al cabo de un rato, en uno de aquellos cambios de humor que la transformaban radicalmente, se volvió hacia él sonriente.

—Cuando te levantes de aquí, ¿irás a la cama de mi hija? —inquirió, cual si de antemano supiera la respuesta, como si ansiara el placer mortificante de oírselo decir—. ¿Sabe tu esposa la energía que gastas con el cuerpo de su madre?



LA VOZ DORMIDA


—No te asustes, chiqueta.
La voz de aquel hombre la empuja a saltar. Se apoya con las manos en la piedra casi plana. Se levanta. Deja caer la toquilla y corre a rodear el matorral.
—Ven aquí, no te asustes.
El hombre la sigue despacio. Ha recogido la toquilla del suelo y la lleva en la mano. Pepita comienza a caminar de espaldas bordeando el matorral.
Despacio, él camina hacia ella y ella hacia atrás, mirándose de frente. —¿Eres Pepa? —Pepita. —No tengas miedo, vengo de parte de Felipe.
Sin dejar de caminar, Pepita alarga la mano hacia su toquilla. Pero no consigue alcanzarla.
—¿Y cómo sé yo que no eres un guardia civil disfrazado? Dicen que hay muchos.



EL ENIGMA DE FLANDES


–¿Habíamos? –se extrañó Jan. –Mi hermano y yo. Van Eyck se arrodilló, entreabrió la bolsa de cuero y sacó un pincel de marta, un cubilete
sellado y un frasco de trementina de Venecia. Ante el pasmado Jan, comenzó a diluir el blanco de plata que el cubilete contenía.
–Temí que el colorante estuviera seco ya. A Dios gracias, no es así. Satisfecho de su mezcla, tendió el pincel a Jan. –Toma. Seguirás mis instrucciones. El muchacho creyó no haberlo entendido.
–¡Pero si apenas sé dibujar!
–No se trata de dibujo. Siéntate en el suelo. Escribirás el texto que voy a dictarte, aquí abajo, en el exterior de los paneles.


LA CIUDAD DE LOS PRODIGIOS


-Hay que ver –le decía a su esposa– lo bien que me está yendo todo.
Cada vez necesitaba más gente a su servicio; no sólo pas- antes y secretarias, sino agentes capaces de moverse con soltura en los bajos fondos. A estos agentes los reclutaba donde podía, sin reparar en sus antecedentes.
-Me han dicho que tú vales –le dijo a Onofre Bouvila cuando se vio encerrado con él en el tílburi–, que te mueves bien. Trabajarás para mí. -¿En qué consiste el trabajo? –preguntó Onofre.
-En hacer lo que yo diga –dijo don Humbert Figa i Morera–



LA BIBLIA DEL DIABLO


—Y también le ahorrasteis al posadero discutir por el pre-
cio del vino...
—Pero esa vieja barrica se merecía todas las copas de vino
que derramé en su boca.
—¿Os reveló dónde se encuentra el convento?
El padre sonrió.
—¿Dónde está, padre?
En medio de la oscuridad de lá helada noche de noviem-
bre, el padre de Andrej señaló hacia la ventana. Ahora sus ojos
reflejaban la luz de las velas y su sonrisa se volvió cada vez
más amplia. Las sombras convertían su rostro en el de un
desconocido.
—Mañana te ocultarás junto a la puerta, como convini-
mos, y aguardarás a que te arroje la Biblia del Diablo.



HIJOS DE UN REY GODO


Tras la cascada y la cueva, el cenobio de Ongar, el lugar donde moraban los monjes. De todos ellos, Mailoc, el abad, era su amigo y protector. Aster quiso que Baddo, su hija, aprendiese las letras con él. Nadie entendió su decisión; ¿para qué educar a una mujer? Pero él no respondió, y quizá pensó en el hada, la Jana que encontró junto a un arroyo, una mujer bruja que sabía leer; por eso quiso que su hija Baddo conociese los signos de los pergaminos.



UN DIA EN LA VIDA DE IVAN DENISOVICH


Aquí rige la ley del más fuerte. Pavlo y Sujov entran con Gopsik en el comedor. Está lleno de bote en
bote, y detrás de las muchas espaldas no se ven las estrechas mesas ni los bancos. Algunos comen sentados, pero la mayoría está de pie. La brigada 82, que durante toda la mañana y sin pausa para calentarse ha estado cavando fosas, es la primera en ocupar los puestos después del toque de la sirena. Ahora que han comido, no querrán levantarse. Dónde iban a calentarse mejor que aquí. Los otros maldicen a la brigada, pero ellos no oyen ni ven; aun con maldiciones, se está mejor dentro que fuera, al frío.




LA LEGION


—Eso es suponer demasiado —precisó Cato en voz baja.
Petronio les dirigió una mirada y luego volvió a centrar su atención en el portavoz de los alejandrinos, quien continuó diciendo:
—Señor, no se ha dado respuesta a mi pregunta. ¿Qué va a hacer respecto a este renegado?
—Nos estamos ocupando del asunto. El prefecto Cato está al mando de una fuerza operativa especial con órdenes de encontrar y matar al esclavo renegado.
—¡Pues está claro que el prefecto no ha tenido mucha suerte de momento! — exclamó una voz de entre la multitud. Hubo un enojado coro de asenso hasta que Petronio levantó las manos y pidió que le escucharan.
—Yo confío plenamente en el prefecto Cato. Es el mejor para el trabajo y sólo será cuestión de días que complete su misión.
—¿Cuántos días? —preguntó otro mercader—. Ya ha pasado más de un mes desde que empezaron los problemas. Otro mes más acabará con mi negocio.
Surgieron más gritos contra un telón de fondo de amargo descontento.
—¡Silencio! —exclamó el gobernador con preocupación—. ¡Silencio, he dicho!




IMPERIO


—¿Servirnos? ¡Yo no veo qué puedo obtener de todo esto! —espetó Lucio, sintiéndose de pronto completamente destrozado por la falta de sueño y la tensión de tener que satisfacer las necesidades del emperador. Bajó la voz hasta convertirla en un susurro—. ¿Y si nuestra predicción acaba conociéndose y el emperador no muere en cien días? ¡Quedaré como un tonto!
—No-no-noventa y nueve días, de hecho...
—Y si muere...
—Entonces quedarás como un joven mucho más sabio de lo que te corresponde por edad.
—O todo el mundo nos responsabilizará de su muerte. ¿Cómo era aquel antiguo dicho etrusco? «Los hombres culpan al adivino».
—Oh, no, Lucio, si el emperador muere, no sospecharán ni de ti ni de mí. — Claudio miró en dirección al lugar por donde habían desaparecido Livia y Tiberio —. Harías bien iniciando nuevos estudios, Lucio. ¿Cuánta astrología te ves capaz de aprender en noventa y nueve días?



ROMA


Durante los meses siguientes, los gemelos siguieron cosechando los resultados de sus éxitos en Alba. Diseminados por la campiña, a una distancia de unos pocos días a caballo de Roma, vivían numerosos hombres que habían acumulado suficiente riqueza y poder como para mandar sobre sus vecinos, rodearse de guerreros y autodenominarse reyes. Uno a uno, Rómulo y Remo fueron encontrando motivos para desafiar a esos hombres y, uno a uno, los derrotaron en batalla, reclamaron sus riquezas e invitaron a sus guerreros a unirse a ellos en Roma. Los gemelos eran luchadores feroces y temerarios. Y a medida que sus victorias se acumulaban, fueron adquiriendo una reputación de invencibles. A todo el mundo le resultaba fácil creer que eran los hijos de Mavors.




EL INFORME DE JUDEA


—¡Ah, cuestor! —exclamó el sonriente Collega dándose la vuelta en el taburete donde estaba sentado a la mesa de juego, con el fritillus, el cubilete, en la mano—. Solo una tirada más —dijo agitándolo. Con un quiebro de la muñeca lanzó los dados en el tablero de madera. Todos los ojos contemplaron cómo los cubitos de marfil rodaban y daban tumbos hasta detenerse. Inclinándose para leer el resultado, Collega rugió de satisfacción mientras sus compañeros alzaban las manos al cielo y gemían de desesperación—. ¡Yo gano! ¡Par duplex, dobles! ¡Ya podéis ir pagando!
Mientras los demás jugadores hurgaban en sus bolsas, Collega se puso en pie. Una mueca de dolor se dibujó en su rostro; se llevó la mano a la zona lumbar.
—Es el viejo problema de la espalda —explicó a Varrón—. No es nada.




LOS JINETES DEL AGUILA


—¿Ambladura? —preguntó con curiosidad Serbal.
—Así que no sabéis ni de lo que son capaces nuestros caballos... —Tras una pausa, haciéndose dramáticamente el indignado, Aius continuó—: La ambladura es el paso del caballo por el cual mueve a la vez una pata delantera y otra trasera de un mismo lado. Y es muy agradable cabalgar de esa manera, parece ser. Se lo oí a un centurión romano.
Aius era el más inquieto e inteligente de la familia, y el que más interés mostraba por las artes. Había aprendido a leer latín, y estaba enseñando a Taranis. Aramo y Serbal se burlaban de él y le llamaban «poetisa». Sin embargo, en las demás artes que exigieran habilidades más manuales o físicas no solía ser el más aventajado.
—Es bueno saberlo, es bueno... —asintió Taranis con la cabeza. —¡Silencio! —dijo Aramo llevándose un dedo a la boca—. Están ahí. Mediante señas, Aramo ordenó a los demás que se colocaran detrás de unas piedras que impedían que los caballos los vieran. —Es una buena manada —susurró Taranis—.



EL SEÑOR DE LORDEMANOS


Cresconio tragó saliva con dificultad, sobrecogido como estaba, con el corazón contrito y con el anatema repicando en su sesera como la misma campana negra que habría de anunciar el fin de los tiempos. Las palabras se embotaron en su garganta como serba cruda y los ojos se tornaron vidriosos en un instante.
—Todo eso dicen... —susurró.
El fámulo asintió convencido, con el rostro tan pálido como la cera de las lámparas que alumbraban la estancia.
—Dicen también que durante la noche pasada un rayo quebró la cúpula celeste desde las más elevadas alturas hasta la profundidad de la tierra. Y, a través de la fractura del cielo, inundado en vapores, un endriago apareció ante los ojos de quienes no podían conciliar el sueño, amenazando con devorarlos a todos, al tiempo que de sus fauces goteaba sangre candente que, al estrellarse contra el suelo, provocaba la aparición de lagos negros de los que humeaban vapores azafranados.



LOS ASESINOS DEL EMPERADOR


Se oyó entonces un rugido mortal, convulso, horrible, estremecedor. Era un rugido de muerte y se oyó casi de inmediato la voz de Longino.
—¡Marco, Marco, Marco!
Por todos los dioses. La mente de Trajano hijo, embotada por el esfuerzo, reaccionó pese a todo.
—¡Aquí, Cneo! —Fue la primera y única vez en su vida que Trajano le llamó por su praenomen. Cneo Pompeyo Longino asomó por encima de las rocas, justo en el mismo sitio por donde había asomado hacía un momento el lince—. No puedo... no puedo más... —masculló.
Longino se tumbó en el suelo, al borde del principio y alargó el brazo. Trajano era tan grande como él, de modo que elevarlo sería una tarea casi imposible, pero no había otra opción.
—Coge mi mano —dijo Longino y Trajano se estiró de nuevo en un intento por llegar a la mano de su amigo. Unos instantes antes le habría resultado sencillo, pero cada vez estaba más exhausto y ahora se le antojaba demasiado lejana, pero estiró, alargó el brazo y Longino hizo lo mismo, y las yemas de los dedos se tocaron...




LA PIEDRA DEL CORAZON


—No es un secreto que ha actuado usted en nombre de la reina en algunos casos. Tal vez se enteró de su visita y decidió divertirse un poco con usted.
—Sí, no soy tan importante como para que se interese de verdad por mí.
—Me he enterado de que Rich ha caído un poco en desgracia.
—Yo también lo he oído, pero sigue en el Consejo del Rey. Su majestad aprecia sus talentos —añadí con amargura.
—La política es como los dados: mejor es el jugador, peor es la persona.
—Jack, hemos de movernos deprisa. La vista es el lunes.
—Nunca hemos trabajado en la Audiencia de Tutelas.
—Muchas de sus funciones no son nada judiciales. ¿Conoces el principio de la tutela?
Barak citó despacio un pasaje que recordaba de un libro de derecho:
—Si un hombre posee tierras por su servicio de caballero y muere dejando un heredero menor de edad, la propiedad pasará a custodia del rey hasta que el pupilo alcance la mayoría de edad o se despose.
—Así es.