No respondió. La situación debía de parecerle tan evidente que sobraban los comentarios, pero me disgustó. Estaba apenada, me hubiera gustado recibir alguna palabra de respuesta. Al instante me di cuenta de que, antes del anochecer, nuestros guerreros podían perderlo o ganarlo todo: riquezas, gloria, honores, tierras. Pero para mí el envite era mayor. En caso de victoria pasaría aún un tiempo con el hombre que amaba, no sabía cuánto. En caso de derrota no había límite para las desventuras y los sufrimientos que podían ocurrirme. Fue su voz la que interrumpió mis pensamientos:
—¡Oh, dioses! Miraba hacia el mediodía. El sol estaba en medio del cielo sobre nuestras cabezas. Una polvareda blancuzca velaba el horizonte a lo largo de una enorme extensión. —Es una tempestad de arena —dije. —No. Son ellos. —No puede ser. Es demasiado extenso. —Te digo que son ellos. Mira.
