Toset se inclinó. Mosé se estaba despojando de sus pingajos mugrientos. Tan pronto como su ordenanza le hubo entregado las pesadas navajas de bronce, se cortó la barba, el pelo y se rasuró todo el vello del cuerpo para purificarse. Sus hombres le observaban serios, y luego, una vez que hubieron terminado de sepultar los restos mortales reales, le imitaron.
No tardó en crearse una atmósfera de baño turco en medio del círculo de los camellos. Silenciosos y desnudos, los soldados hacían por última vez su aseo, el aseo de los muertos, se ayudaban a veces mutuamente a rasurarse la barba o a raparse la cabeza. Y grande era la compasión de ver a estos hombres orgullosos con los cuerpos marcados de cicatrices mostrar unos con otros gestos propios de mujer atenta o de criada solícita.
