FUEGO PERSA


Darío, siempre consciente del potencial de la propaganda, supo no tomarse aquellos sentimientos de los babilonios a la ligera, y a pesar de que la rebelión en Elam lo había aislado de su patria, prefirió dirigirse directamente a Mesopotamia en lugar de regresar a Persia. Con su habitual y pasmosa velocidad, Darío descendió de los montes por el mismo camino que Ciro había seguido diecisiete años atrás y, como a Ciro, el comienzo de la ruta parecía darle la bienvenida: un falo enorme, formado de piedras, se erguía a un lado de aquel camino, marcando el límite de la Tierra de los Dos Ríos; ante él, llana y uniforme, se extendía la monotonía de las tierras aluviales. En aquel vacío sólo irrumpía, de vez en cuando, algún campesino encorvado por la siembra de la cebada, o tal vez alguna línea de palmeras discontinuas que señalaban el curso de acequias y canales, mucho menos abundantes que alrededor del Éufrates, más hacia el sur. Porque las riberas del Tigris, en contraste con las de su hermano, el Éufrates, eran de una inclinación asombrosa, y su corriente, cosa muy inconveniente para los agricultores, fluía con tal rapidez que su nombre, en persa, significaba «la flecha».



IMPERATOR


—Es demasiado arriesgado —dijo el barón—. Este desgraciado debería habérselo pensado antes y desde luego mejor. Ahora es tarde. No tiene derecho alguno a ponernos en esta disyuntiva. Cuanto hizo por esta familia se lo pagamos con creces, os lo aseguro. Creedme todos cuando os digo que nada le debemos, y menos ahora que sé lo que ha hecho con esta cabeza loca que tengo por hija.
El aludido temblaba de terror, arrodillado en el suelo, suplicando en silencio misericordia.
—No hay otra solución que la que yo propongo, padre —insistió Guillermo—. ¿Podrías dormir tranquilo habiendo enviado a este hombre a un suplicio como el que le espera, sin mover un dedo por socorrerle?
—¡Por supuesto que sí! Este traidor nos ha deshonrado a todos y ha condenado a tu hermana. ¿Aún pretendes defenderle?


   

LOS LAMB DE LONDRES


«Pues no habéis de hacer más que rugir» —Benjamin Milton interpretaba ahora el papel de Cartabón con un marcado acento barriobajero.
—Así está mejor, señor Milton, pero, ¿no le parece que un dialecto rural sería más adecuado?
—Señorita Lamb, ¿con modismos campesinos? ¿Se le ocurre algo?
—¿Alguna vez ha asistido a las clases del profesor Porson sobre antigüedad clásica?
—Por supuesto, en el Masonic Hall. —¿Podría emplear una voz como la del profesor? Tizzy salió al jardín y anunció que «el joven» esperaba a la señorita Mary en
la puerta. —¿Ha dicho «el joven»? —preguntó Benjamin con gran alborozo. Charles lo fulminó con la mirada mientras, presa de la confusión, Mary
seguía a Tizzy por el jardín bajo la iluminada lluvia estival.




LA NOCHE DEL HEREJE


—El padre Mica visitó a las mujeres ayer, según me han dicho —declaró—. Me gustaría preguntarles que ocurrió.
—Por supuesto. Seguidme.
Él obedeció. La monja lo llevó a través de una zona de la sala en la que había seis camas, de las cuales sólo tres parecían estar ocupadas. Luego cruzaron un arco hasta una segunda zona donde había más camas, con más espacio entre ellas.
—Aquí es donde cuidamos a los bebés y a sus madres —explicó la monja. —¿Cuántas hay ahora mismo, sor...? Eh, no sé vuestro nombre. —Soy Clare. Tenemos a tres mujeres embarazadas, aunque una de ellas creo
que está poniéndose de parto. Es su primera vez y está muy nerviosa —la voz de sor Clare bajó hasta el susurro—, así que también podría ser que los nervios le estuvieran haciendo pensar que siente los dolores.
—Ah. —La verdad es que no se le ocurrió otra respuesta.
—Y tenemos a dos madres que acaban de parir —prosiguió la monja—. Venid y las conoceréis.