EL ULTIMO SOLDURIO


En ese instante me atreví a interrumpirle. No me gustaba que hablara de ese modo y además lo que me roía el corazón y atribulaba los pensamientos no podía esperar más.
—Necesito hablar contigo, padre. Es importante.
Él echó un vistazo a la estancia; a mi madre, que clasificaba hierbas en una esquina; a Ilicón y a Caelio que ya se habían echado sobre los jergones, y asintió.
—¿Salimos?
Aquella noche descubrí lo valiosa que es la libertad, que las peores cadenas no son de hierro y que no hay esclavo más infeliz que el que lo es de sí mismo. A borbotones le conté todas mis sospechas sobre lo ocurrido con el Musaraña. Le hablé de los castigos arbitrarios que nos imponía y de su ensañamiento con Caelio y conmigo. Le mencioné nuestras cacerías de serpientes y el interés que mi hermano nuevo mostraba por los conocimientos de madre. Y le confesé también el terrible juramento que lancé sin imaginar sus consecuencias y los detalles que me llevaron a pensar en Caelio como un..., como ...
El desahogo y la culpa comenzaron a resbalar junto con mis lágrimas por el pecho de mi padre. Él acariciaba mi cabeza, consolándome y dejando que la inquietud dejara paso a un inmenso alivio.
—¡Ea, ea! —dijo por fin—. Ya está bien. Vamos, vamos. Tú no puedes tener la culpa de nada. Y probablemente Caelio tampoco.
—Pero, padre. Yo vi.


CAMINARAS CON EL SOL


Después del frugal almuerzo, nos preparábamos para emprender una nueva batida en busca de agua, cuando Juan de Acevedo echó un vistazo al mar y murmuró con su voz de bajo quebrado:
—¡Tiburones!
Miré en la dirección que él lo hacía, y vi también unas aletas en la superficie del agua.
—No son tiburones... —dijo el piloto—. ¡Es una tortuga!
Todos nos pusimos en pie.
Ante nuestra mirada incrédula, una tortuga nadaba en aguas someras dudando si salir a la playa.
Salamanca echó a correr hacia el mar gritando con entusiasmo, y los demás le seguimos como un solo hombre. Pronto rodeamos al animal y lo empujamos a la orilla. Era enorme. Una vez en la arena le dimos la vuelta y la arrastramos como si fuera un trillo. La tortuga agitaba rítmicamente las aletas traseras y movía la cabeza de un lado a otro con los ojos medio cerrados. Acevedo le sujetó el pico con la mano izquierda y la degolló de un solo tajo. Sus labios sellaron la herida para que no se desperdiciara ni un hilo de sangre. Entretanto, Tomás Colchero le abrió el abdomen con destreza y dejó expuesto el botín de carne fresca.



ALEJANDRO MAGNO Y LAS AGUILAS DE ROMA


—Claro que no, tío.
de Roma
—Cuando llegó de Asia traía veinticinco mil soldados de refuerza ¡Con buena verga bien se fornica! ¿Cómo iba a perder el gran Crátero si tenía casi quince mil hombres más que el enemigo?
—Además, fuiste tú quien abrió la brecha en la falange espartana.
—¡Y ésa fue la clave de la batalla! —exclamó Perdicas, sin recordar que su sobrino lo sabía porque él mismo se lo había contado justo antes de la reunión—. ¿Qué estaba haciendo Crátero mientras? Limitarse a contener a los atenienses y los focios. Pero como él tenía el mando supremo, todo el mundo dice que Tegea fue una gran victoria de Crátero.
—No es justo, tío.
—Claro que no lo es. Y ahora volverá a ocurrir lo mismo. Ya puedo hacer maravillas en el campo de batalla, que cuando venzamos a los romanos dirán que todo ha sido mérito de Alejandro. ¡Ah, ojalá pase algo, lo que sea, para que yo pueda tener el mando de todo el ejército aunque sólo sea un día! ¿Es que aún no he luchado suficiente para merecerlo?
—No entiendo qué quieres decir.
Perdicas se frenó en seco y volvió a mirar a su sobrino. El joven le observaba con los ojos muy abierto, casi asustado. Comprendió que había hablado más de la cuenta.
—No es nada, Gavanes —le dijo, dándole un cariñoso pescozón—. Alejandro es un dios para mí. Por eso a veces me gustaría que hiciera como Zeus en la guerra de Troya, y se apartara un poco para ver cómo derroto en su nombre a los enemigos igual que hacía Aquiles. Lo único que todos queremos es que Alejandro se sienta orgulloso de nosotros. ¿No te parece?
—Sí, tío
—Ven conmigo. Cabalgaremos juntos por la playa hasta que caiga el sol, y luego te presentaré a unas hetairas muy jóvenes y complacientes. Te lo has ganado.




LA PIEDRA Y EL CESAR


Llegaron a la pira. Dos mozos subieron el cadáver y lo colocaron sobre la plancha de cinc. Separaron la escalera y atizaron el fuego. Todos los componentes del duelo cogieron un leño encendido que aplicaron a otras partes de la pira para incrementar el fuego. Y se hubieran estado allí hasta ver consumirse el cadáver, si el mayordomo no les llamara a la última cortesía con el anfitrión:
—Señores, perdonad: dejadlo solo y continuad el festín... Los pocillatores os servirán los mejores vinos de Campania, de Quíos y de Bética. Tengo instrucciones de leer su testamento... Y en el atrio doméstico esperan los músicos y las danzarinas para halagar vuestros sentidos.
La lectura del testamento causó sensación. Ninguna ironía, ningún sarcasmo. Dejaba a cada uno de sus ciento treinta y seis clientes cien mil sestercios. Y de los amigos, Petronio fue el más favorecido, por ser el de fortuna más modesta. Le dejaba una moderna ínsula, de cuatro pisos, cerca del Atrio de la Libertad.
No se olvidó de nadie. A gentes menesterosas a las que mencionaba llamándolas «mi cliente del corazón» les dejó también mandas. Distribuyó sus propiedades del Lacio entre los colonos que trabajaban las tierras, y se mostró devoto de Minerva y Marte, que siempre le habían iluminado y auxiliado, cediéndoles su tesoro de alhajas. En el codicilo, entre las mandas de última hora, testó a favor de Clío un aderezo de esmeraldas «que era de mi inolvidable hermana», y la lira.


LA NIEBLA HERIDA


Mayo 1952
Mateo llegó al Matadero a las seis de la mañana, entró en el cuarto-vestuario y procedió a cambiarse de ropa. Estaba solo, porque, renegador de la cama, siempre era de los primeros en llegar. Las operaciones de matanza comenzaban a las siete en verano y a las ocho en invierno. Se puso el pantalón y la chaquetilla azules, las botas de goma y el delantal de cuero. Luego se colgó el cinto con los cuchillos y el hierro de afilar metidos en sus fundas, guardó sus ropas en la taquilla y cerró con llave, porque se habían denunciado robos en los vestuarios. Salió al pasillo y se echó un pitillo mientras veía llegar a los demás matarifes. Le faltaba un año para tener su propia cartilla de fumador, pero se había agenciado una con datos falsificados, lo que le permitía retirar una cuota de tabaco racionado y que el vicio de fumar, tempranamente adquirido, no le resultara oneroso.