EL PUENTE DE ALCANTARA 1


Luego el médico franco examinó a la mujer. «Esta mujer está poseída por el demonio. Se le ha metido el diablo en la cabeza. Afeitadle la cabeza.» Cortaron el cabello a la mujer y volvieron a darle de comer su bazofia habitual: ajo y cebolla. Poco después su estado empeoró, y el médico dijo: «El demonio se ha hecho fuerte en su cabeza». Cogió una navaja de barbero, hizo un corte en forma de cruz en la cabeza de la mujer, levantó la piel, dejando que se viera el cráneo, y echó sal en la herida abierta. También esta mujer murió poco tiempo después.
Contaré esta historia al shaik en nuestro próximo encuentro, y le preguntaré si acaso al- Ilbiri no hubiera podido retrasar la hora de la muerte de esos dos francos, haciendo que se continuaran los tratamientos que había prescrito.
Pero ya intuyo cuál será su respuesta. Responderá con el viejo proverbio de nuestros padres: para ser sabio no basta con quererlo. Dirá que no debemos utilizar la afilada sierra de nuestra inteligencia para cortar la rama en la que estamos sentados. Y yo volveré a quedarme sin una respuesta que satisfaga a mi razón.
El shaik empleó la frase: «Es verdad, porque es sabio». Quizá lo que él dice es verdad, porque él es sabio.



ATILA EL JUICIO FINAL


Atila decía:
—Que sean los suyos quienes comuniquen el desastre, quienes amenacen a su propio emperador. —Volvió a ocupar su puesto al amor de la lumbre y se sentó con las piernas cruzadas—. Que utilicen su propio cursus para transmitir mi mensaje.
Orestes murmuró:
—Como aquella vez que dejamos que unos bandidos turcomanos nos robasen el oro. Pesados carros llenos de oro chino.
Un viejo guerrero con una barba larga y gris lo miró. Era Chanat. —Cuenta la historia. Orestes esbozó una sonrisa débil. —Dejamos que cargasen con el oro por pasos de montaña, que cruzasen ríos
de aguas tumultuosas, que atravesasen resecos desiertos de gravilla. Un viaje espantoso de vuelta a las estepas donde vivían. Les seguimos el rastro durante todo el camino. Transporte gratuito. Ni se enteraron. Y, una vez que hubieron transportado amablemente todo aquel oro chino para nosotros y llegaron sanos y salvos a las estepas del norte, nos abalanzamos sobre ellos y los matamos a todos.



EL EJERCITO PERDIDO


No respondió. La situación debía de parecerle tan evidente que sobraban los comentarios, pero me disgustó. Estaba apenada, me hubiera gustado recibir alguna palabra de respuesta. Al instante me di cuenta de que, antes del anochecer, nuestros guerreros podían perderlo o ganarlo todo: riquezas, gloria, honores, tierras. Pero para mí el envite era mayor. En caso de victoria pasaría aún un tiempo con el hombre que amaba, no sabía cuánto. En caso de derrota no había límite para las desventuras y los sufrimientos que podían ocurrirme. Fue su voz la que interrumpió mis pensamientos:
—¡Oh, dioses! Miraba hacia el mediodía. El sol estaba en medio del cielo sobre nuestras cabezas. Una polvareda blancuzca velaba el horizonte a lo largo de una enorme extensión. —Es una tempestad de arena —dije. —No. Son ellos. —No puede ser. Es demasiado extenso. —Te digo que son ellos. Mira.