EL HIJO DEL DESIERTO


—Delicioso —se dijo tras dar un nuevo sorbo—. Con este vino podría invitar al mismísimo dios Bes.
Apenas había depositado la copa sobre la mesa, cuando un criado entró en su tienda para comunicarle que tenía visita.
—Hay un w'w que pide licencia para hablar con mi señor. He intentado despacharlo con viento fresco, advirtiéndole que ésta no es la forma adecuada para que un soldado acceda a un general, y que debía utilizar el conducto reglamentario, pero él ha insistido en que mi señor le había hecho llamar, y además me ha mirado de forma amenazadora. Parece que tiene muy mal genio, aunque si mi señor me da licencia, aviso al oficial de la guardia para que lo arreste.
El general lo miró algo sorprendido, pero enseguida hizo un ademán con la mano, para quitar importancia al asunto; casi se le había olvidado la cita.
—Supongo que el soldado tendrá un nombre —señaló torciendo el gesto, pues aquel criado le había sacado de un estado de placidez que invitaba al abandono.
—Mi señor, dice que se llama Sejemjet —contestó el otro, azorado.



MARATON LIBERTAD O MUERTE


Me eché a reír.
—Te liberaré —le dije—. Con ese pie torcido, no vale la pena venderte, encanto. Además, soy hombre de palabra. ¿No?
Ella no se rio. —No puedo saberlo —dijo. Alargó el pie malo y se lo quedó mirando. —Tu sopa de cebada está muy rica —le dije, y era verdad. A una esclava no
se le dice más en cuestión de requiebros—. Yo he sido esclavo, encanto. Sé lo que es. Y sé que todo lo que diga no vale una mierda mientras no tengas en la mano las tablillas de manumisión. Pero, por el altar mayor de mis antepasados, te doy la palabra de que te liberaré en el Ágora de Atenas y te dejaré veinte dracmas de dote.



   

LOS PINACULOS DEL CIELO


—¿Qué sucede? —se quejó Balatti, que casi se estrella contra el cristal delantero.
—Ha explotado una rueda. No lo comprendo... —se lamentó Olaza, quien torció el gesto—. Revisé personalmente cada parte de los todoterrenos; las neumáticos son nuevos... — Cuando se bajó del coche, se agachó para contemplar el resultado del desastre.
—Supongo que disponemos de ruedas de repuesto —apuntó Balatti.
—Desde luego, Eminencia, la cambiaremos en unos minutos y retomaremos el rumbo previsto. Ganaremos este tiempo sin apenas darnos cuenta —le aseguró el oficial, consciente de su negligencia.
Los acompañantes del cardenal aprovecharon para refrescarse echándose agua por la cabeza y reponiendo sus reservas del líquido elemento.
Piero Balatti se sentó en una de las rocas que salpicaban el desolado paisaje, algo alejado de sus colaboradores. Lo hizo para revisar, una vez más, los folios que le entregaran en la Biblioteca Vaticana. Solo con una orden expresa de Su Santidad Juan XXIV pudo acceder a aquella información tan restringida, reservada únicamente a los más cercanos a este



ESTACIONES DEL PASADO


–¿Y la ropa? –le pregunté a mi madre en voz muy baja cuando entramos. –En las paredes. –¿En las paredes? –Sí –ella insinuó un movimiento circular con la punta de un dedo, como si
quisiera señalar a la vez todo el espacio que nos rodeaba–. Todos esos paneles y esos espejos que se ven son puertas correderas. Dentro hay armarios, y ahí está la ropa.
–¡Ah!

                 

LA PIEDRA DEL CORAZON


—¡Es un chelín! —gritaba—. ¡Con la cabeza de su majestad del rey grabada!
El tendero, con gesto resignado, se cogía las manos y se inclinaba.
—¡No vale casi nada! Equivale a ocho peniques de la vieja moneda... ¡si llega! ¡No es culpa mía! ¡Yo no acuñé esa porquería!
—¡A mi marido le pagan con ella! ¡Y pide usted un penique por una bolsa de esta basura! —La mujer cogió una col pequeña y la agitó en su cara.
—Las tormentas han malogrado la cosecha. ¿No lo sabe? ¡No me gusta que venga aquí a quejarse! —Ahora era el tendero el que gritaba, para deleite de unos pilluelos harapientos que se juntaron allí con un perro flaco que no paraba de ladrar.


LA SOMBRA DEL TEMPLARIO


—Debéis descansar, Bernard, no os preocupéis por nada que no sea recuperar la
salud.
El anciano intentaba tranquilizarle y no le dijo nada de que no había ningún paquete, nada entre sus ropas. Pensó que quizá se tratara de una alucinación a causa de la fiebre y no quiso alterarlo más.
—Debéis avisar a la Casa del Temple, Abraham, debéis comunicar mi llegada, mi muerte... ellos sabrán qué hay que hacer, procurarán que no tengáis ningún problema por prestarme ayuda, ellos... Avisadles inmediatamente y entregad el paquete a Guillem, me espera...
Bernard Guils se retorció de dolor, el gris ceniciento reapareció en su rostro, el jadeo volvió a sus pulmones. El médico comprobó con tristeza que sus esfuerzos habían sido inútiles, nada parecía detener los efectos de aquel tóxico letal. Volvió a administrarle la poción que había preparado, aunque esta vez sabía que sólo podría calmar su angustia y nada más podía hacer por su vida.

LIBRANOS DEL MAL


—¿Sabe usted, maestro Gui, qué son esta «Sagrada Congregación» y este «promotor de justicia»?
—¡No tengo la menor idea! —Creía que tenía respuesta para todo... Benedicto sonrió con aire benévolo. —¡No puedo conocerlo todo en cada momento! Pero estate tranquila, que cuando no sé algo, nunca tardo mucho en descubrirlo. Luego sometió a Zapetta a una serie de preguntas y fijó sus respuestas sobre su tablilla de cera. —¿Desde cuándo trabajaba tu hermano en Letrán?


DIARIO DE UN TESTIGO DE LA GUERRA DE AFRICA


-¡Que avance Baza! -exclama entonces el general Ros, con tanto mayor júbilo cuanto que, previendo semejante contingencia, había apostado desde por la mañana a dicho batallón en un barranco, invisible al enemigo, a fin de que le saliese al encuentro en su fuga...
La orden es transmitida por un ayudante (a quien acompaño yo como ordenanza), y cuando llegamos al barranco, vemos que el brigadier Cervino avanza ya a la cabeza de Baza, cuerpo que mandó desde su fundación, y al que ama todavía como a su familia militar.