SHIKE


—¿Quién es usted? —preguntó de nuevo Jebu.
—Un samurái pregunta quiénes son sus contrincantes antes de una pelea, pero usted lo pregunta después. Desde el principio he sabido que usted es Jebu, el shiké zinja.
—¿Cómo me conoce?
—Durante años he estado oyendo historias acerca de un enorme monje que va por el campo atacando a cualquier samurái y coleccionando sus espadas. Dicen que tiene el pelo rojo. Su cabeza está afeitada; supongo que considera eso un disfraz. ¿Cuántas espadas tiene ya en su colección, Jebu?
—Noventa y nueve. Juré coleccionar un centenar. La suya hubiera sido la última. Pero conocerlo significa mucho más para mí que coleccionar otra espada.
—Me alegro de eso. Tú peleaste junto a mi padre y mis hermanos. Yo quiero ser tu amigo. —¿Quién eres? —Soy Muratomo no Yukio. Jebu cayó de rodillas y apretó la frente contra los tablones de madera.
—Le he estado buscando. —¿Ah, sí? Esta noche acabo de escaparme del Rokuhara. —¿Y se detuvo para pelear conmigo? ¿Y si los Takashi lo estuvieran persiguiendo? Debió
haberme entregado la espada y seguir apresuradamente su camino. —No podía perder la oportunidad de saber cuál sería el resultado de un combate contra el
gran Jebu —rió Yukio. —¿Cómo aprendió a utilizar un abanico de esa manera? Oí que lo estaban educando para el
sacerdocio budista. —Fui instruido en las artes marciales por los tenga. Cada noche me escabullía del monasterio
para practicar la esgrima con ellos. —¿Los tengu? —Pequeñas criaturas, mitad hombre y mitad pájaro, que viven en las montañas. Muy
habilidosos con todas las armas, incluyendo el abanico de guerra y la tetera. —¿Espera que me crea eso? Yukio se echó a reír.



INES Y LA ALEGRIA


—¿Está usted segura?
—Completamente —pero tuve la impresión de que no me creía—. No he visto a este hombre en mi vida.
No entiendo lo que pone aquí, le dije a él aquella tarde. No sé quién ha escrito esto ni lo que pretende, así que le voy a pedir que se marche usted ahora mismo de mi casa. ¿Qué? El aún estaba menos preparado para encajar mi respuesta que el abogado que me trajo su foto a la cárcel dos años y medio después. Pero... No puede ser... ¿No ha leído usted...? ¿Este galimatías?, y tiré la nota al suelo. Sí, sí lo he leído, pero no entiendo lo que significa, ya se lo he dicho, y no pienso ir con usted a ninguna parte porque no le conozco y no me inspira ninguna confianza, así que váyase, por favor, ya se habrá dado cuenta al entrar de que esta casa es una oficina del Socorro Rojo Internacional, y está bajo la protección del gobierno.
—Nosotros, en cambio, creemos que sí llegó a conocerlo. Este hombre, José Luis Ramos García, cruzó las líneas el 18 de diciembre de 1936 para desempeñar una serie de misiones en Madrid. La primera consistía en recogerla a usted, con el dinero que su hermano había reunido para financiar el Alzamiento Nacional, y ponerla a salvo en nuestra zona. Don Ricardo le insistió mucho en que se pusiera en contacto con usted antes de acudir a ninguna otra cita, para que su salvamento, que estaría a cargo del mismo equipo que le sacó a él de la embajada de Suecia, no corriera ningún riesgo. No hay motivo para que no siguiera estas instrucciones, y nos consta que llegó a entrevistarse con otras personas en Madrid antes de ser detenido, condenado a muerte por un tribunal popular y fusilado a continuación.



LOS LOBOS DE LA FRONTERA


—Bebe y sé bienvenido —saludó cuidadosamente en latín. Y Alexios, levantándose para tomar la copa, respondió en la lengua de las
tribus.
—Buena fortuna a la casa, y a la mujer de la casa —bebió y se la devolvió.
El jefe alzó con rapidez la mirada.
—¡Bueeeno! Conoce nuestra lengua y nuestras costumbres... ¿o se las has enseñado?
—Yo no. —Gavros tomó la copa y pronunció a su vez las palabras de cortesía—. La habla tan bien como tú el latín cuando decides hacerlo.
Ferradach Dhu alzó las cejas enmarañadas ante el recién llegado.
—¿Cómo es eso? No veo en ti la apariencia de las tribus.
—Quizá la adquirí —respondió Alexios con una sonrisa fugaz— cuando el primero de mi linaje llegó siguiendo a las Águilas y echó raíces en Britania. Procedía de Etruria, y los hombres de esa región son enjutos y morenos. Pero no creo que fuera un muchachito en el estado mayor de ningún gobernador. Tengo una bisabuela britana y mi vieja niñera nos llegó a través del mercado de esclavos de Erin; y ambas me cantaban canciones de su propio pueblo antes de aprender la lengua de mi padre. La lengua de los votadini me suena un poco extraña, como la mía os debe sonar a vosotros, pero el tiempo lo enmendará, Señor de las Seiscientas Lanzas.



LA LEYENDA DEL FALSO TRAIDOR


Paseábamos solos entre vegetaciones y montículos cuando, tras preguntar por mi madre y recordar los tiempos de mi infancia que no había olvidado, se sinceró conmigo y mostró sus dudas para concluir aquella guerra.
–No creas que un vencedor carece de incertidumbres, Bruto –dijo mientras se agachaba a coger un guijarro del suelo–. Me preocupa la suerte de Pompeyo, pues mientras conserve la vida la paz no será posible en Roma.
–No sé a qué te refieres, César –le dije.
–Pensaba que acaso tú sabrías su destino –César no me miró. Levantó su brazo y lanzó el guijarro tan lejos como pudo–. ¿Lo conoces?
–Sería igual si lo conociese o no, César. No te lo diría ni por su seguridad ni por mi honor.
–Pues lamento oír eso, Bruto. Yo, en cambio, sí conozco el paradero de tu amigo Casio, y he mandado prenderle. ¿No aceptarías un acuerdo con tu viejo amigo Julio César?
–Casio por Pompeyo, ¿no es así? –le miré a los ojos.
–No –corrigió César–. La libertad y el favor para Casio a cambio de que me digas, si lo estimas conveniente, adonde irías tú si fueses Cneo Pompeyo.