Según la leyenda, encontraron la Mesa de Salomón y la llevaron a Roma, donde la depositaron, por tratarse de un objeto sagrado, en el templo de Júpiter Capitolino. —¿Es posible que la Mesa de Salomón se conservara a través de tantos desastres? ―Es perfectamente plausible que un tesoro antiguo se conserve si está enterrado y nadie conoce su paradero. Piense usted en los tesoros de la tumba de Tutankamón que es tres siglos anterior a Salomón. La cuestión está en aceptar o no que la Mesa de Salomón, de la que comienza a hablarse en la Edad Media, datase verdaderamente del tiempo de Salomón o fuera una copia fehaciente de ella que contuviese ese mensaje misterioso del Nombre del Poder. Le repito que todo esto son leyendas y que sólo empiezan a consignarse por escrito en 711, cuando los árabes invaden España y sus cronistas aseguran que han encontrado la Mesa de Salomón en un palacio o en una iglesia. —¿Quiere usted decir que todo puede ser una patraña? El judío hizo un gesto elusivo. ―Vaya usted a saber. Algunos no la han considerado patraña y han deducido, partiendo de datos históricos, el posible recorrido de la Mesa de Salomón hasta la España medieval. Es una posibilidad. ―¿Y cómo llegó la Mesa de Salomón a manos de los godos y a España?
LA TIERRA EN LLAMAS
—Hablan y hablan —me comentó descorazonado—, pero ninguno sabe cómo salir de este atolladero.
—Pensé que estabais a la espera de que Harald se decidiese a atacaros
aquí.
—Ya les he explicado que no lo haría —me contó Steapa—; pero ¿qué podemos hacer en ese caso?
—Pues salgamos a su encuentro y acabemos con esa mierda de Harald — repuse, sin dejar de mirar al este, donde nuevas columnas de humo revelaban que los hombres del danés se dedicaban a arrasar más aldeas.
—¿Quién es ésa? —me preguntó.
—La puta de Harald —contesté, en voz lo bastante alta como para que Skade me oyera, aunque mis palabras no lograron alterar la expresión arrogante de su rostro—. Torturó a un hombre llamado Edwulf —añadí— para que le revelase dónde había escondido el oro.
—Lo conozco —comentó Steapa—. Un hombre que nada en la abundancia.
—Nadaba, querréis decir, porque ha muerto —había fallecido antes de que hubiésemos abandonado su hacienda.
EL LIBRO DE LAS ALMAS
Hasta la fecha, Spence seguía siendo el fichaje más joven en la historia de la CIA, y algunos de los veteranos hablaban todavía de aquel cerebrito que se pavoneaba por Langley con su enorme ego y una capacidad analítica asombrosa. Seguramente solo era cuestión de tiempo que un hombre trajeado de aspecto anodino lo abordase y le pusiese en la mano una tarjeta con la insignia de la Marina de Estados Unidos. Spence, por supuesto, preguntó qué quería de él la Armada, y la respuesta hizo que su vida tomara el rumbo que había seguido desde entonces.
Will recordó que había sentido un desconcierto parecido el día que Mark Shackleton le dijo que Área 51 formaba parte de una operación naval. El ejército tenía sus tradiciones, algunas obstinadamente ridículas, y esta era una de ellas.
LA GESTA DEL HALCON
—¿Y si no llegan a tiempo?
—Supongo que vuestro hijo será vendido como esclavo. Como el emir está bien dispuesto hacia él, es probable que conserve los testículos.
Margaret se desvaneció. Olbec la cogió. Ella se retorció y se enfrentó a él. —Debemos enviar una expedición a esas islas. —Ni siquiera sé dónde están. —Islandia solo está a una semana de viaje del norte de Britania —dijo Hero
—. Groenlandia está a otra semana más de viaje al noroeste. —Deben de comerciar con países civilizados —insistió Margaret. —Sí, milady. Cada verano una flota mercante deja Noruega y va a Islandia, y
vuelve antes de los temporales de otoño. Los gerifaltes suelen ir incluidos en la carga.
—Ahí está la solución —exclamó Margaret. —¿Y cómo llevar los halcones hasta Anatolia? —preguntó Drogo. Margaret señaló a Vallon. —Por la misma ruta que ha seguido este hombre.
EL JUDIO DE SHANGAI
-Estoy de acuerdo con usted. Ver a un camarero japonés preparar un cóctel es como presenciar en directo una operación de apendicitis sin anestesia - dije.
-Hay que reconocer que son buenos intimidando a los borrachos y cortando limones de un tajo, ya me entiende, quien dice un cítrico habla de una cabeza humana, pero preparando un Manhattan son tan patosos como yo bailando swing. ¿Tiene alguna noticia que pueda servirme de provecho?
-Ninguna que pueda interesarle a Mussolini. Leon Blumenthal ha sido asesinado -le respondí.
-¿Quién es Leon Blumenthal? -me preguntó frunciendo el ceño-. Hay tantos judíos en esta ciudad...
Y tras propinarle una palmadita en el trasero a la muchacha, añadió:
-Ya puedes marcharte, cariño. Iré a buscarte mañana al sitio de costumbre, ¿conforme?
La joven exhaló un suspiro de alivio, y huyó rauda como la liebre que, en un descuido, logra zafarse de las garras del ave de rapiña de la que era presa.
-Blumenthal, el judío que vivía en mi casa, en la Concesión Francesa, casado con una joven llamada Norah -le aclaré.
-Hum... ¿Se refiere al que se dedica a las antigüedades? -El mismo.
EL PAIS DE LA NUBE BLANCA
—En lo alto de la montaña venden refrescos —consoló Jamie a las niñas—. Al menos eso es lo que han dicho en Lyttelton. Y en el transcurso de la subida hay albergues donde tomarse un respiro. Sólo tenemos
que llegar arriba, luego lo peor ya habrá pasado. —Y dicho esto emprendía con resolución el nuevo trecho y las niñas lo seguían por el suelo pedregoso.
Durante el ascenso, Helen no tuvo apenas tiempo de contemplar el paisaje, pero lo que vio era desalentador. Las montañas eran peladas, grises y ralas.
—Piedra volcánica —comentó el señor OʼHara, quien ya había trabajado en la minería. Pero Helen recordó la «montaña infierno» de una balada que su hermana a veces cantaba. Precisamente así, yermo,
descolorido e interminable, había imaginado el telón de fondo de la condena eterna. Gerald Warden había podido descargar sus animales una vez que todos los pasajeros hubieron
desembarcado; pero también los hombres de la agencia de transportes acababan de preparar sus mulos para emprender la marcha.
—¡Lo lograremos antes de que oscurezca! —garantizaron a las temerosas ladies que acababan de subirse a lomos de los mulos—. Son unas cuatro horas. A eso de las ocho de la noche ya habremos llegado a
Christchurch. Puntuales para la cena en el hotel. —¡Lo ve! —dijo Gwyneira a Gerald—. Podemos ir con ellos. Aunque está claro que solos iríamos más
deprisa. A Igraine no le gustará ir trotando detrás de los mulos.
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