—¿Y no podéis comer conejo a la brasa o unos pies de cerdo con nabos, por ejemplo? —preguntó.
—No, son animales impuros. Por eso tenemos una carnicería propia para poder seguir nuestros preceptos.
Ítram se distraía con la distribución de las casas. Era modélica. Bien ordenada, todas bien alineadas. Estaba sorprendido con la uniformidad y el estilo de aquellas construcciones. De hecho, era una manera de construir que ya había visto en diversas casas y edificios de otras calles de Besalú, pero no sabía qué tenían que no podía dejar de admirarlas. Abstraído con todo eso, ni siquiera se dio cuenta de que ya habían llegado a su casa. No obstante, no entró. Sólo dejó el cántaro al lado de la puerta y continuaron caminando por la calle.
—Quiero enseñarte uno de los lugares más importantes de nuestra comunidad —dijo Jezabel—. Vamos.
La siguió por una calle que desembocaba en una plaza no muy grande. Tenía unas dimensiones más bien discretas. Allí se levantaba un edificio que por el volumen de entradas y salidas dedujo que estaba muy concurrido. Entraron. Lo hicieron por un portal que daba a un patio al aire libre. Frente a ellos se abría otra estancia. Se oían gritos y risas, y entraban y salían un grupito de crios atolondrados que saludaron a Jezabel.
—¡Es la escuela! —le dijo sonriendo—. A veces voy a ayudar.



