EL PUENTE DE LOS JUDIOS


—¿Y no podéis comer conejo a la brasa o unos pies de cerdo con nabos, por ejemplo? —preguntó.
—No, son animales impuros. Por eso tenemos una carnicería propia para poder seguir nuestros preceptos.
Ítram se distraía con la distribución de las casas. Era modélica. Bien ordenada, todas bien alineadas. Estaba sorprendido con la uniformidad y el estilo de aquellas construcciones. De hecho, era una manera de construir que ya había visto en diversas casas y edificios de otras calles de Besalú, pero no sabía qué tenían que no podía dejar de admirarlas. Abstraído con todo eso, ni siquiera se dio cuenta de que ya habían llegado a su casa. No obstante, no entró. Sólo dejó el cántaro al lado de la puerta y continuaron caminando por la calle.
—Quiero enseñarte uno de los lugares más importantes de nuestra comunidad —dijo Jezabel—. Vamos.
La siguió por una calle que desembocaba en una plaza no muy grande. Tenía unas dimensiones más bien discretas. Allí se levantaba un edificio que por el volumen de entradas y salidas dedujo que estaba muy concurrido. Entraron. Lo hicieron por un portal que daba a un patio al aire libre. Frente a ellos se abría otra estancia. Se oían gritos y risas, y entraban y salían un grupito de crios atolondrados que saludaron a Jezabel.
—¡Es la escuela! —le dijo sonriendo—. A veces voy a ayudar.



LAS PUERTAS DE LA ETERNIDAD


—No puedo decírtelo —dijo bruscamente.
—¿Qué?
—No puedo revelarlo... he jurado guardar el secreto.
—Bueno, entonces llévate tu mensaje a la tumba —replicó Godefroy, ofendido.
Hertwig parecía pensativo, sobre todo cuando Rogers se encogió de hombros. Por lo visto estaba empezando a comprender que ya no había salida. Era un optimista: al parecer, que lo hubiesen colgado en una jaula no había bastado para que se resignara.
Aunque, a decir verdad, fuera cual fuese el mensaje, y sin importar a quién estuviera destinado, carecía de significado en ese lugar. Rogers supuso que se trataba de la respuesta al pedido de un rescate por parte de algún señor alemán, ya que algunos aventureros de ese reino también se habían unido a la cruzada del rey Luis. Si eso era cierto, la situación en la que se encontraba el mensajero era aún más ridícula.
De pronto la entrada se oscureció y entraron los guardias del persa. Walter abrió los ojos.
—Nuestro turno ha llegado —gruñó.



LAS GARRAS DEL AGUILA


—Sí, señor. Los Druidas habían construido un enorme hombre de mimbre, hecho con flexibles tallos retorcidos y ramas entrelazadas. Era hueco y habían llevado a su interior a las mujeres y los niños. Cuando vi lo que estaba ocurriendo ya estaba completamente en llamas. Algunas de las personas que estaban dentro aún gritaban. Aunque no por mucho tiempo... —Frunció los labios y bajó la mirada un momento—. Los Druidas se quedaron mirando un rato más, luego montaron, se alejaron al galope y se perdieron en la noche. Llevaban unas túnicas negras, como si fueran sombras. De modo que me reuní con mis hombres y volví directamente a Calleva para informar.
—Esos Druidas. ¿Dices que iban vestidos de negro? —Sí, señor. —¿Portaban algún otro rasgo distintivo, alguna insignia? —Estaba oscureciendo, señor. —Pero había fuego. —Lo sé, señor. Lo estaba mirando...



EL CAUTIVO


Para colmo de mi humillación, vi que Inés estaba sentada junto a otras doncellas en la misma mesa que los jóvenes caballeros que habían llegado con el conde. Estaba ella muy guapa con el pelo recogido y un vestido de seda verde, cuyo almidonado cuello blanco realzaba su perfecto rostro. Sonreía todo el tiempo a un apuesto caballero que no le quitaba los ojos de encima y jugueteaba con una flor que sostenía entre los dedos.
No era yo capaz de mantener el disimulo demasiado tiempo y los ojos se me iban en esa dirección constantemente. Entonces los malintencionados pajes de mi mesa entonaron por lo bajo la dichosa copla.