LA COLUMNA DE HIERRO


Quinto, quien siempre estaba risueño, se puso muy serio, como un hombrecito.
-No temas, Marco -le dijo-. Agárrate a mi mano con todos los dedos, muy fuerte, y yo iré bajando hasta que puedas saltar.
Marco estaba demasiado asustado para decir palabra. Sintió cómo era bajado poco a poco, pulgada a pulgada, sujeto sólo por una mano a las ramas del árbol, hasta que al cabo de unos segundos estuvo lo bastante cerca del suelo para dejarse caer fácilmente sin sufrir daño alguno. Cayó sobre la blanda hierba y se dejó ir rodando, tal como le había enseñado el esclavo que entrenaba a ambos muchachos en ejercicios físicos. Inmediatamente Quinto estuvo de rodillas a su lado, lleno de ansiedad. Marco se incorporó y se echó a reír.
-Eres un Hércules, Quinto -le dijo, y le dio un beso.
Por alguna razón recordaría aquel día muchos años después, con el corazón a punto de partírsele por el recuerdo.



LOS JINETES DEL AGUILA


Un buen rato después, Germánico salió del templo con gesto sombrío y sin decir palabra. No mencionó nada de lo que había pasado dentro y pasó el resto de la jornada casi sin hablar, algo extraño en él, pues solía ser un alegre compañero de viaje.
Volvieron a embarcar y siguieron bordeando la costa hasta la isla de Rodas. Cuando estaban en la isla, sobrevino una terrible tormenta. Llegaron noticias a Germánico de que el nuevo gobernador de Siria estaba atrapado en la tormenta y había naufragado en una pequeña isla.
Casio y los tres astures se encontraban cobijados, contemplando la tormenta. —Hace un tiempo de perros —dijo Taranis. —No me subiría en el barco de rescate ni por todo el oro de Roma —comentó Aramo. —Pisón puede dar gracias si sale de esta sano y salvo —dijo Casio mientras los tres astures giraban la cabeza. Entonces, Casio se dio
cuenta. Los tres hermanos todavía no lo sabían. —Ese Pisón del que hablas, ¿es el que gobernará en Siria? —Casio asintió a la pregunta e Taranis—. ¿Es el mismo que gobernó en
Hispania hace años? Los tres hermanos recordaron que Pisón era el que, junto a la familia de Durato, había condenado a su familia a muerte, cuando era
gobernador en Hispania.. El destino volvía a cruzarlo en su camino. —El mismo.
—Maldita tormenta, acaba lo que empezaste —masculló Serbal.



UN EJERCITO AL AMANECER


La incertidumbre de Eisenhower con respecto al progreso de la operación ANTORCHA era compartida por todos los soldados en las cabezas de playa de Marruecos y Argelia. Nadie sabía nada irrefutable salvo lo que había visto. Los marineros en el mar sólo veían fogonazos en tierra. Los soldados en las playas desconocían qué sucedía en el siguiente djebel. Los comandantes recibían informes fragmentarios que resultaban ser incompletos, contradictorios o erróneos. Esto era la guerra, «nuestra condición y nuestra historia, el lugar donde debíamos vivir», escribió un corresponsal, pero para muchos parecía una pelea callejera con artillería. Para las tropas novatas, la experiencia de combate fue reveladora: ejércitos ignorantes llevaban a cabo la guerra en una tierra a oscuras.