Quinto, quien siempre estaba risueño, se puso muy serio, como un hombrecito.
-No temas, Marco -le dijo-. Agárrate a mi mano con todos los dedos, muy fuerte, y yo iré bajando hasta que puedas saltar.
Marco estaba demasiado asustado para decir palabra. Sintió cómo era bajado poco a poco, pulgada a pulgada, sujeto sólo por una mano a las ramas del árbol, hasta que al cabo de unos segundos estuvo lo bastante cerca del suelo para dejarse caer fácilmente sin sufrir daño alguno. Cayó sobre la blanda hierba y se dejó ir rodando, tal como le había enseñado el esclavo que entrenaba a ambos muchachos en ejercicios físicos. Inmediatamente Quinto estuvo de rodillas a su lado, lleno de ansiedad. Marco se incorporó y se echó a reír.
-Eres un Hércules, Quinto -le dijo, y le dio un beso.
Por alguna razón recordaría aquel día muchos años después, con el corazón a punto de partírsele por el recuerdo.


