COPPERHEAD


—¿Mataste a un hombre por unos cuantos granos de café?
—Y whisky, y orejones —intervino entusiasmado Robert Decker—. Los periódicos creyeron que era cosa de simpatizantes del Sur. Merodeadores, nos llamaron. ¡Merodeadores! ¡Nosotros!
—¡Y al día siguiente les vendimos diez libras del mismo café a unas patrullas yanquis del otro lado del río! —añadió Amos Tunney lleno de orgullo.
Adam forzó una sonrisa y rechazó la taza de café que le ofrecían, asegurando que prefería beber agua. Se sentó en el suelo e hizo una ligera mueca de dolor al cargar el peso del cuerpo sobre la pierna herida. Tenía el rostro cuadrado de su padre, barba rubia bien recortada y ojos azules. Starbuck siempre había pensado que aquella cara irradiaba una sinceridad sin complicaciones, aunque últimamente Adam había perdido su anterior buen humor y lo había sustituido por una preocupación permanente por los problemas del mundo.





REBELDE


La Legión formó en orden de batalla a las cuatro y media, cuando una claridad fantasmal bañaba ya la cumbre de la colina y las sombras oscuras de las alturas más lejanas se oscurecían más y más, hasta que no hubo otra cosa que una tiniebla opaca en la que el brillo apagado de unos misteriosos puntos de luz sugería la posición de lejanos fuegos de campamento. Una tenue luz grisácea permitía adivinar que el paisaje más próximo estaba alfombrado de carros y carretas que daban a la escena un extraño parecido a un festejo campestre celebrado por la mañana después del servicio religioso, salvo por el hecho de que entre esas carretas se adivinaba la forma diabólica de las cureñas, las forjas portátiles y los cañones. El humo de los moribundos fuegos de campamento flotaba sobre las hondonadas como una neblina que se extendía bajo las últimas estrellas aún no desvanecidas. En algún lugar, una banda de música tocaba «Hogar, dulce hogar» y un hombre de la compañía B se puso a recitar la letra, sin cantar, hasta que un sargento le ordenó cerrar el pico.



DETRAS DE LA LLUVIA


José Manuel se despertó al notar que alguien se metía sigilosamente en su cama y se apretaba contra él. Debía de ser plena madrugada porque todo estaba a oscuras y se oían los ronquidos, las toses y los pedos de los durmientes. El miembro endurecido del desconocido porfió entre sus piernas mientras su boca buscaba la suya. José Manuel le puso la mano en el cuello y apretó.
—Quieto. Creo que te equivocas —susurró.
No se veían las caras pero notó el envaramiento del otro al comprender que no había entrado en la cama deseada y apreció que su aguerrido apéndice se desinflaba hasta casi desaparecer.
—Joder. ¿Quién carayo eres, ho? —dijo el desconocido en su oído con voz alarmada.
—No el que buscas. No te interesa, ni a mí quién eres tú. Nunca vuelvas a entrar en mi celda.