LA ESCLAVA


Uno de los maridos, loco de ira, se lanzó contra su esposa, le dio puñetazos y gritó que debería haber dado la vida antes que deshonrar a su familia.
—¡Ya no podré mirar a la gente a la cara! —rugía mientras tiraba del pelo a su mujer sin que esta opusiera la menor resistencia.
—Perdóname, por el amor de Dios... —gemía entre gritos ahogados—. Perdóname, padre de mis hijos. Míralos. Ten piedad de ellos...
Luego el marido se hizo con un trozo de madera, se abalanzó sobre uno de los bandidos y consiguió golpearle antes de que los demás lo sometieran. Lo apalearon durante horas y lo mataron esa misma noche. El bandido al que había golpeado le cortó la cabeza, la clavó en una pica y la paseó con orgullo ante los prisioneros, repitiendo que ese sería el castigo para todos los que se atrevieran a rebelarse o intentaran huir. Al final, cansado de blandir su trofeo, lo lanzó a los pies de la esposa maltratada.

               

EL AMIGO DE GALILEO


—¡Dios mío qué es lo que he hecho!
Pero el sentimiento de vergüenza duró solo un instante. Lo conocía ya y sabía de qué forma sobreponerse. Con la sensación de acabar de despertarse de un largo sueño, se acercó de nuevo a los instrumentos para continuar con su trabajo. Tenía que hacerlo, tenía que conocer, tenía que aprender. Como decía el príncipe Cesi, estudiar la naturaleza era un deber hacia la humanidad y los nuevos conocimientos tenían que divulgarse a todos y de manera pacífica. Esto solo podía llamarse progreso, y seguro que Dios no podía ser contrario a ello. Tensó los músculos, respiró profundamente y, seguro de querer confirmar su hipótesis sobre la causa de la muerte de la joven, decidió seccionar el hígado para observar de una vez por todas qué tenía que ver este órgano con el ir y venir de la sangre.
Fue en ese momento cuando escuchó un ruido de chatarra y el eco de unos pasos. Gerardo entró otra vez, estaba enojado.

      

LA CUPULA DEL MUNDO


Salió de su ensoñación y tras exteriorizar un gesto de turbación, se dirigió a su hermano:
—¿Crees que nuestro padre don Fernando no lo aprobaría?
—Él era un pragmático. Detened esta locura y renunciad al delirio imperial, don Alfonso. Que esa obsesión no os domine, pues no os acarreará sino descrédito y quebraderos de cabeza. ¿Por qué exponeros a tantos riesgos? ¿No sois consciente de vuestra vulnerabilidad, tan lejos de vuestros dominios? —le rogó—. Pero sea vuestra voluntad la que prevalezca, que acataremos todos.
En un tono neutro, ni disgustado, ni complacido, replicó:
—Aprensiones infundadas, Sancho. No voy a renegar de un derecho de sangre, y estoy firmemente decidido a defender mis derechos —garantizó terminante.