EL SECRETO DEL NILO


El niño apenas pestañeó, pues miraba fijamente al escriba. Este hizo un gesto de pesar.
—Han encontrado los cuerpos de tu hermana y tu padre sin vida —murmuró el escriba, desviando la vista del chiquillo.
Neferhor tragó saliva, pero continuó sin decir nada, pues aún no había asimilado lo que le contaban.
—Ambos se hallaban atrapados junto a uno de los diques del campo; entre el fango. Al parecer llevaban muertos un tiempo.
El pequeño se imaginó el escenario al instante. Durante el mes de kolahk, cuarto y último de Akhet, y tobe, el primero de Peret, la siembra, los campesinos acostumbraban a recorrer sus granjas para comprobar el estado de los diques que habían construido para detener el agua convenientemente. Aunque la profundidad era poca, a veces utilizaban un esquife de papiro para desplazarse mejor. Si era necesario soltaban el agua de los estanques que habían creado, para que la tierra continuara húmeda pues la siembra estaba próxima. Era un trabajo que no entrañaba ningún riesgo, y que él había realizado junto a su padre muchas veces.


EL DRUIDA CELTIBERO


—Mi gratitud es enorme, caudillo, no sé qué decir.
—Soy yo quien debe estar agradecido. Y no te preocupes, hombre, ya nos hemos dicho suficiente. Ahora bebe, deja que tu pecho se ensanche y disfruta de este momento.
Ávalos llegó acompañado por otros dos druidas que le asistían en todo. Enseguida se hizo cargo de la situación y felicitó al neófito con los abrazos rituales. Luego le besó en la frente y puso sus dedos índice y corazón sobre los labios de Giscón para hacerle una advertencia.
—A partir de ahora, deberás ayunar y beber sólo agua con el fin de preparar tu cuerpo y tu espíritu. Tienes que estar purificado para comunicarte con la diosa.
—Así lo haré, druida mayor.
—¿Sabes? Yo conocí a tu padre. Y también a tu abuelo, cuando aún este viejo druida no era más que un joven guerrero que no había encontrado la senda de la filosofía. Grandes hombres tus ancestros, hijo mío, grandes hombres.
Aún estuvieron departiendo largo rato, hablando de gestas pasadas y de cómo aquel formidable ejército de cincuenta mil guerreros que había logrado reunir Istolacio podía vencer al codicioso Amílkar y su hueste de temibles mercenarios.

     

EL PUENTE DE LOS ASESINOS


Estaba más flaco. Envejecido, quizás. La vida no parecía haberlo tratado bien. Mostraba estragos. Su rostro picado de viruela se hundía mucho en las mejillas, y bajo los ojos y en las comisuras de la boca había cercos y arrugas que Alatriste no recordaba. Huellas, quizá, de no lejanos sufrimientos. Algunas hebras grises salpicaban el nacimiento del pelo y el bigote, que seguía llevando fino y recortado. Concluyó Alatriste que la vida de Gualterio Malatesta no debía de haber sido fácil durante aquel año y medio. La última vez que se vieron, una lluviosa mañana cerca de El Escorial, el siciliano llevaba grilletes en las manos y los pies, y los guardias del rey lo conducían, según todos los indicios, camino de la tortura y el cadalso.
—Mierda de Dios —dijo Alatriste, sereno.

       

EL CORAZON HELADO


—Todavía no —respondí por fin—. Tengo que pensármelo.
No tardé mucho tiempo en clasificar el correo, una treintena de cartas entre las que había menos publicidad que sobres cuadrados de papel caro, escritos a mano, en los que identifiqué otros tantos pésames tardíos. Había también algunos recibos, que Lisette se quedó para archivarlos con los demás, y cinco cartas de distintos bancos, cuatro en sobres corrientes, con ventanita, y otra en un sobre cerrado, que abrí para descartar que contuviera la oferta publicitaria de un crédito, una cubertería de plata o un ordenador portátil. Cuando comprobé que se trataba de una carta personal de un asesor de inversiones, la guardé con las demás. Me despedí de Lisette con dos besos distraídos, silenciosos, y me marché a Madrid.
La carretera de Burgos estaba tan atascada que, a la altura de Alcobendas, tuve tiempo para comprobar que la fachada del museo interactivo con el que colaboraba desde hacía algunos años, ya estaba libre de las banderolas anaranjadas que habían anunciado durante un trimestre la exposición sobre Marte que nos había prestado un museo alemán. La próxima sería sobre agujeros negros, y la había montado yo solo. Estaba muy contento del resultado, pero eso no impidió que, mucho antes de llegar a Madrid, me encontrara pensando en la mujer del cementerio, como me sucedía, desde hacía casi un mes, en algún momento de todos los días. 

               

LA CANCION DE LOS MAORIES


—Es extraño que canten a la luz de la luna —dijo reflexivo William—. Como si fuera un bosque encantado.
—Yo no llamaría cantar a ese griterío... —Elaine tenía poco de romántica, aunque se esforzaba. Se acercó discretamente a él.
—Ese griterío es una canción de amor para las hembras —observó William—. La cuestión no reside en lo bien que se hagan las cosas, sino en para quién se hacen.
El corazón de Elaine se desbocaba. ¡Era obvio que él lo había hecho por ella! Sólo por su causa había renunciado a un trabajo bien remunerado en la dirección de una granja de ovejas para desempeñar tareas secundarias con su padre. Se volvió hacia el joven.
—No tendría... Me refiero a que no tendría que haberlo hecho —dijo con timidez.
William contempló aquel rostro franco e iluminado por la luna, alzado hacia él con una mezcla de inocencia y esperanza.
—A veces no hay elección —susurró. Y la besó. La noche estalló para Elaine.

       

LA LLAVE DEL DESTINO


Hugo salió de su despacho cuando oyó resonar la voz de barítono de Luc en la recepción.
—¡Justo a tiempo! —exclamó Hugo mientras le daba un abrazo de oso a su amigo. Luc le sacaba una cabeza, tenía un cuerpo musculoso y lucía un bronceado propio de trabajar habitualmente al aire libre. En comparación, Hugo tenía un aspecto pálido, imberbe, más cuidado pero amanerado—. Bueno, por fin has conocido a Margot. ¡Ya te dije que era guapa! —Y a ella le dijo—: ¡Ya te dije que era guapo!
—Vaya, ha logrado hacernos sentir incómodos a los dos —dijo Luc con una sonrisa—. Margot, debes de ser una mujer fuerte si puedes soportar a este hombre.