SANGRE JOVEN


La escuela de Autun era una institución mucho mayor que el establecimiento del abad Rocco en Ajaccio, y Giuseppe y Naboleone la contemplaron con una mezcla de sobrecogimiento y temor mientras cruzaban la verja seguidos de un mozo que llevaba sus baúles. Él les indicó el camino hacia la sala de profesores, situada a un lado del imponente vestíbulo de entrada.
Naboleone se acercó a la puerta y llamó con unos enérgicos golpes sobre el reluciente barniz. La puerta se abrió y el niño se vio frente a un hombre alto, de aspecto severo, vestido con traje oscuro y medias. -¿Sí?
-Soy Naboleone Buona Parte -dijo Naboleone con su mejor francés-. Este es mi hermano, Giuseppe.
El hombre frunció el ceño ante aquel chirriante acento. -¿Cómo dices? Naboleone repitió su presentación y el hombre pareció entenderlo un poco mejor al
segundo intento. Se dio la vuelta hacia la sala de profesores. -¿Monsieur Chardon? Creo que éstos deben de ser los chicos que esperaba. ¿De
Córcega? -Sí -respondió Naboleone-, De Córcega.

                    

LAS HORAS DISTANTES


Percy llegó al primer puente y se detuvo. Apoyó la bicicleta en la barandilla. Desde allí no podía ver la casa, el bosque la ocultaba. No la vería hasta llegar al segundo puente, más pequeño. Se asomó al borde y observó el arroyo poco profundo. El caudal susurraba y se arremolinaba en el tramo más ancho, vacilaba antes de adentrarse en el bosque. La sombra de Percy Blythe, que se recortaba oscura en la claridad con que se reflejaba el cielo, ondulaba plácidamente en el centro.
Más allá estaban los campos de lúpulo donde aquella calurosa tarde de verano había fumado su primer cigarrillo. Ella y Saffy reían nerviosas ante el paquete robado a uno de los amigos más pomposos de su padre, que entretanto asaba sus rechonchas pantorrillas junto al lago.
Un cigarrillo.

   

EL INVIERNO DEL MUNDO


El muchacho tuvo la cortesía de preguntarle cómo estaba.
—Estoy hasta el moño, por si te interesa —contestó ella—. Mi padre me ha decepcionado... otra vez.
—¿Qué ha hecho? —preguntó Greg con cautela.
—Me había pedido que fuera con él a la Casa Blanca... y al final ha llevado a esa fulana de Gladys Angelus. Ahora soy el hazmerreír de la ciudad.
—Debe de haber sido una buena estrategia publicitaria para Pasión, su nueva película.
—Tú siempre te pones de su parte porque eres su preferido. Greg pareció molesto. —A lo mejor es porque yo lo admiro en lugar de estar quejándome continuamente
por lo que hace.

            EL INVIERNO DEL MUNDO 

EL ARQUITECTO DE LOS CIELOS


Ligera como una pluma, salta de una a otra con una gracia infinita. A cada paso que da, sus largos cabellos de luna se levantan y vuelven a caer en cascada sobre sus hombros.
Fátima baila vestida de blanco. Vuela de rama en rama como un ave del paraíso.
Fátima es un ángel. Un ángel puro en el reino de los ángeles. Por encima de ella, un trono reluciente con los siete colores del arco iris.
A ambos lados, con trajes de gala bordados en oro y plata, Hisham y Maruán permanecen de pie, guardianes inmóviles del Esplendor eterno. En su rostro, una serenidad profunda y la sonrisa serena de la dicha.
A sus pies, Yahara recita un poema acompañándose del laúd. Bajo la delicada caricia de sus dedos, las cuerdas cristalinas emanan una música clara y límpida como el agua de una fuente.

        EL ARQUITECTO DE LOS CIELOS    

ASSUR


No debí... Yo soy mayor... Ella era mi responsabilidad, ¡mía! No debí...
Gutier intentó apoyar una mano en el hombro del chico, para calmarlo, pero Furco reaccionó de inmediato: arrugó los belfos en una amenaza plausible.
Bruscamente, el muchacho dejó de llorar con un ruido sordo y se pasó el dorso de la mano por los ojos.
—¡Muy bien! —exclamó Assur sorprendiendo a Gutier, que, intentando mantener la mano lejos de los dientes del lobo, dudó haber oído lo que creía haber oído—. Si lo tengo que hacer solo, lo haré solo —dijo Assur sin un sollozo más—. El conde, sus infanzones, tú y todos los normandos podéis iros al mismísimo infierno. Si nadie piensa ayudarme, lo haré yo solo.
Y echó a andar resuelto, dejando atrás a Furco y Gutier, que se miraban con indescifrable asombro.

         ASSUR             

LA LADRONA DE LIBROS


Antes de despertarse, la ladrona de libros estaba soñando con el Führer, Adolf Hitler. En el sueño, la niña había acudido a uno de sus mítines y estaba concentrada en la raya del pelo de color mortecino y en el perfecto bigote cuadrado. Escuchaba con atención el torrente de palabras que irrumpían de su boca. Las frases brillaban. En un momento de menos bullicio, se agachó y le sonrió. Ella le devolvió la sonrisa y dijo: Guten Tag, Herr Führer. Wie geht's dir heut? No sabía hablar muy bien, ni siquiera leer, pues había ido poco al colegio. Descubriría la razón de eso a su debido tiempo.
En el justo momento en que el Führer estaba a punto de responder, se despertó.
Era enero de 1939. Tenía nueve años y pronto cumpliría diez. Su hermano estaba muerto.

     

LA CONJURA DE CORTES


—Conozco lo de madre —dijo por todo saludo.
Yo sólo asentí. El nudo en la garganta se apretaba de nuevo. Resultaba difícil que Sando ignorara cualquier cosa. Su apretada red de informadores era, con mucho, la mejor del imperio, pues estaba formada por los ojos y los oídos de todos y cada uno de los esclavos de Tierra Firme. Las nuevas arribaban al palenque a la velocidad con la que el fuego arde en la mecha.
—¿Qué tienes en la cara? —se maravilló al ver mi ojo de plata—. Semeja el ojo de un muerto.
No era cierto mas, para los africanos, todo se hallaba en relación con los espíritus de las cosas y las ánimas de los muertos.
—El mío lo perdí en un duelo de espadas en Sevilla. Fernando Curvo, antes de morir, me lo atravesó.
Sando agitó la cabeza sin apartar la mirada. —Ven conmigo, hermano —me solicitó—. La cena está casi lista.

    

SERTORIO


A un gesto suyo, las trompetas dieron el toque de carga.
La orden fue ejecutada. En lucha abierta, los habitantes de Cástulo y Curiga no podían resistir a los romanos. A esas alturas unos trescientos legionarios ya habían muerto, pero los que resistían fueron rápidamente socorridos. No sé cuánta gente vi morir esa noche en Cástulo: vi niños de catorce y hasta de trece años ser pasados por la espada bajo el sonido de los gritos de las mujeres que desde las ventanas y desde los tejados asistían impotentes al exterminio.