No debí... Yo soy mayor... Ella era mi responsabilidad, ¡mía! No debí...
Gutier intentó apoyar una mano en el hombro del chico, para calmarlo, pero Furco reaccionó de inmediato: arrugó los belfos en una amenaza plausible.
Bruscamente, el muchacho dejó de llorar con un ruido sordo y se pasó el dorso de la mano por los ojos.
—¡Muy bien! —exclamó Assur sorprendiendo a Gutier, que, intentando mantener la mano lejos de los dientes del lobo, dudó haber oído lo que creía haber oído—. Si lo tengo que hacer solo, lo haré solo —dijo Assur sin un sollozo más—. El conde, sus infanzones, tú y todos los normandos podéis iros al mismísimo infierno. Si nadie piensa ayudarme, lo haré yo solo.
Y echó a andar resuelto, dejando atrás a Furco y Gutier, que se miraban con indescifrable asombro.
ASSUR
