A un gesto suyo, las trompetas dieron el toque de carga.
La orden fue ejecutada. En lucha abierta, los habitantes de Cástulo y Curiga no podían resistir a los romanos. A esas alturas unos trescientos legionarios ya habían muerto, pero los que resistían fueron rápidamente socorridos. No sé cuánta gente vi morir esa noche en Cástulo: vi niños de catorce y hasta de trece años ser pasados por la espada bajo el sonido de los gritos de las mujeres que desde las ventanas y desde los tejados asistían impotentes al exterminio.
