LA SAGA DE LOS MALDITOS


—Pero ilustrísima, ¿por dónde queréis agrandar el claustro?, como no sea invadiendo la aljama, no veo yo posibilidad alguna.
—Exactamente, vuestra caridad, en su perspicacia, ha dado con la solución del problema.
—Pero reverencia, ahí viven gentes y no creo yo que abandonen de buen grado sus casas para que vuesa mercé pueda ampliar el claustro.
—Nadie ha dicho que lo hagan de buen grado, lo que sí os digo es que lo harán.
Al añadir esto último los ojos del prelado emitieron un acerado brillo y una expresión de dureza que no pasaron inadvertidos al coadjutor.
—Viven en ella gentes que tienen el paso franco y que entran en el Alcázar Real casi todos los días, son adversarios a tener en cuenta —apuntó el clérigo.
  

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LAS LUCES DE SEPTIEMBRE


-Podrías abrir un taller de náutica -apuntó Ismael.
Su tío contestó con un graznido o algo similar. -o vender el barco e invertir en la tienda de monsieur Didier. Hace seis años que no para de insistir -continuó el chico.
Su tío interrumpió la tarea y observó a su sobrino. Trece años ejerciendo como padre no habían conseguido borrar lo que más temía y adoraba a la vez en el muchacho: su obstinada y rematada semejanza con su difunto padre, incluida la afición a opinar cuando nadie le había pedido consejo.
-Tal vez deberías ser tú quien hiciese eso -replicó Christian-o Yo ya voy para los cincuenta. Uno no cambia de oficio a mi edad.
-Entonces, ¿por qué te lamentas? -¿Y quién no se lamenta?

               

EL BRILLO DE LA SEDA


Te esfuerzas demasiado en parecer un hombre —dijo Leo—. Hay muchas clases de eunucos, dependiendo de la edad a la que fueron castrados y hasta qué punto. Los hay que fueron castrados tarde y son
Pese al calor que hacía, Ana sintió un escalofrío. El obispo la estaba mirando a la cara, observaba su postura, con las manos caídas a los costados, la actitud, propia de una mujer, de deferencia. Ella levantó las manos frente a sí, y luego no supo qué hacer y volvió a dejarlas caer. ¿Cuánto sabría el obispo acerca de Justiniano? ¿Sabría que sus padres habían muerto? ¿Que era viudo? Debía tener mucho cuidado.
—Su hermana se encuentra angustiada —dijo. Al menos aquello era cierto.
El amplio rostro de Constantino mostraba una expresión grave. Afirmó lentamente con la cabeza y contestó:
—Me temo que no tengo buenas noticias para ella. Justiniano vive, pero en el exilio, en el desierto que hay más allá de Jerusalén.


                            

EL IMPERIO DE LOS LOBOS


 Paul se sacó un sobre de un bolsillo del anorak y lo dejó al lado de las quinielas. Schiffer apartó el plato y abrió parsimoniosamente el sobre, del que sacó una decena de fotografías en color. Miró la primera y gruñó.
-¿Qué es esto? -preguntó tras echar un vistazo a la primera.
-Una cara. -El viejo policía siguió pasando las fotos-. Les cortaron la nariz con un cúter. O una navaja de afeitar. Los cortes y las incisiones de las mejillas se hicieron con el mismo instrumento. Les limaron la barbilla. Para cortarles los labios, utilizaron unas tijeras. -Schiffer volvió a la primera fotografía sin decir palabra-. Antes de todo eso, vinieron los golpes -siguió explicando Paul-. Según el forense, las mutilaciones se efectuaron después de la muerte.
-¿Identificada? -No. Las huellas no dieron nada.


                                 

EL SILENCIO DE LOS INOCENTES


Excitada. agotada, Clarice Starling salió del edificio a fuerza de voluntad. Algunas de las cosas que Lecter había dicho de ella eran ciertas y otras solamente despertaban ecos de verdad. Durante unos instantes le había parecido tener suelta en la mente una conciencia ajena que derribaba objetos de las estanterías como un oso dentro de una caravana.
Le indignaba lo que había dicho de su madre y había de sofocar aquella cólera. Se trataba de un asunto de trabajo.

           

    

EL SABOR DE LAS PEPITAS DE MANZANA


Sacó algo del bolsillo de su pantalón y, por segunda vez, me encontré con una enorme llave de latón cromado en la mano. El señor Lexow disponía, por lo visto, de un doble juego de llaves para muchas cosas, pensé yo mientras dejaba el pedazo de metal caldeado sobre la mesa de la cocina y acompañaba hasta la puerta al viejo maestro y pretendiente de mi abuela.
—¿Mañana entonces? ¿A la hora del café?
Hizo un breve gesto de despedida y bajó las escaleras de la entrada con paso algo torpe, desapareció un momento bajo las rosas y giró luego a la derecha hacia su bicicleta, que había dejado apoyada contra el muro de la casa. Oí el roce del caballete de la bici contra las losas y, poco después, el suave canturreo de la dinamo al pasar por la acera detrás del seto. Me quité los calcetines, cogí la llave que estaba colgada y fui a cerrar la cerca.

       

EL PUENTE DE ALCANTARA


Lope se le adelantó, apartando el caballo del muchacho del alcance del castellán. —Don Muño nos lo ha confiado a nosotros –dijo Lope. —¡Órdenes del conde! –respondió parcamente el castellán. —¿Quién da fe de ello? –preguntó Lope.
—Todos mis hombres pueden hacerlo –dijo el castellán.
—Eso no basta –respondió ásperamente Lope.
El castellán encajó la afrenta sin hacer un solo gesto. Estaba tieso en su silla de montar, sólo sus ojos se movían de un lado a otro.
La condesa de Braganza se abrió paso hacia él.
—¿Qué estás haciendo aquí, infanzón? –preguntó la condesa–. ¿Qué está pasando? ¿Cómo se está desarrollando la batalla?
El castellán esbozó una reverencia.
—Todavía no se ha decidido, dueña –dijo, y se marchó sin decir una palabra más, seguido por sus hombres, como por una jauría de perros bien adiestrados.
—¿Quién era ése? –preguntó la condesa.
—Don Álvar Pérez, castellán de Sabugal –dijo Lope.


      SEGUNDA PARTE -      

LA ISLA DE LOS MALDITOS


—¡Oh, no digas ridiculeces! Tus meñiques están encogidos, como los míos. Y en el lado derecho del pecho tienes una cicatriz en forma de hoz. ¿Te convence eso?
Él se la quedó mirando. Le trastornaba que esa extraña conociera detalles tan íntimos de su fisonomía. Y sobre todo le trastornaba que a él no le quedara otro remedio que creerla. Siempre había supuesto que se pondría a gritar de alegría cuando alguien lo reconociera. Pero ocurría lo contrario. Temía a esa mujer, ese lugar y a sus gentes, que Dios sabía lo que sabían y lo que esperaban de él. Pero ocultó su miedo y respondió con aparente tranquilidad:
—Supongo que no me queda otro remedio.

                        

LA ESTRELLA MAS BRILLANTE


Matt no le relató a Natalie su carrera con Maeve camino del trabajo. No era necesario, no era importante. Curiosamente, Natalie se había encariñado con Maeve tanto como él y ambos se habían erigido, en cierto modo, en sus amos, como si Maeve fuera un adorable e inofensivo cachorrillo. Los viernes por la noche, en el pub, procuraban sentarse cerca de ella para escuchar su melodioso acento y las extrañas palabras que utilizaba. «Tricota», cuando quería decir jersey; esa clase de cosas.
Un viernes por la noche, en la oficina, Nat pasó junto a la mesa de Matt. —¿Estás listo? —Diez minutos.


                       
             

LA LANZA DEL DESTINO


Cuando murió Pío XI, su sucesor encargó a Ludwig que buscara un emplazamiento adecuado para el sarcófago de Su Santidad, en el corazón mismo de la necrópolis. Una vez escogido el lugar, el arqueólogo mandó colocar allí una pesada placa de mármol: por poco provoca una catástrofe. En medio de un gran estrépito se vino abajo un paño de pared. Tras él, Ludwig y su equipo descubrieron un espacio abovedado similar a los cimientos de una iglesia antigua. Muy antigua. En su centro había una tumba.
A Ludwig ya no le cabía ninguna duda de que se trataba de la tumba de los primeros tiempos.

     
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LA MUJER CUERVO


La violencia de la tempestad disminuyó y, tras un par de ráfagas de viento, la tormenta eléctrica cesó, dando paso a una tranquila lluvia persistente. Godain se arrodilló, bajó la cabeza y hundió las manos en la arena. La fuerza salió de él, fluyó hacia abajo y penetró en la tierra. Entonces inspiró profundamente, colmándose del olor a moluscos, barro y hierba húmeda.


                    

EL TESTAMENTO DE JUDAS


Dublin. I8 de junio de 1988.
La carta llegó con el primer reparto de la mañana del lunes. Era la tercera en un montón de siete, entre una petición de microfilms y una invitación a lo que prometía ser una aburrida recepción en el Trinity College. A deducir del sobre, su remitente debía de ser una persona rica: el grueso papel, la letra discreta y propia de una persona educada, incluso lo informal de la firma le alertó de que allí había algo que se salía de lo corriente. No reconoció el nombre de la casa que encabezaba la página: “Summerlawn” .

                 

EL TEMOR DE UN HOMBRE SABIO


“No es completamente mi culpa” Dijo Denna irradiando vergüenza. Se dio la vuelta e hizo un gesto hacia la barra.
Mire, preocupado por si veia alli de pie a Ambrose , mirandome con aire de suficiencia bajo su maldito sombrero. Pero solo era un hombre calvo Cealdico. Hizo una breve y extraña reverencia hacia nosotros a medio camino entre el reconocimiento y la disculpa.
Sim fruncio el ceño, luego se volvio hacia Denna e hizo un gesto con mala gana hacia la silla vacia ante mi. “Muy bien, Así que vamos a jugar a esquinas o que?”.
Denna se hundio en la silla sentada de espaldas a la sala. Luego se inclino para besar a Simmon en la frente “Perfecto” Dijo.
“Yo tambien estaba frunciendo el ceño”, Dijo Willem.
                
          

LOS HIJOS DEL CIELO


Habían transcurrido casi dos días desde el más espantoso tifón que recuerdo, y nuestro barco se había convertido en un esqueleto negro y amputado. Me encontraba acurrucado contra lo que quedaba de los restos de la toldilla, la vela de la popa, tratando de recuperar fuerzas. Todo a mi alrededor resultaba un completo desastre. Los vientos y el agua habían tronchado el palo de mesana, uno de los tres mástiles del buque, y el palo mayor estaba herido de muerte. Ahora nos rodeaba la calma, pero temía que en cualquier momento nuestro barco se fuera a pique. Y en ese momento alguien en la oscuridad comenzó a llamarme.

       

EL DIAMANTE DE JERUSALEN


—¿Fueron grabadas en el cobre con un instrumento cortante? Bronstein asintió. —Algún tipo de lezna golpeada con un martillo o con una roca. El cobre era casi puro, lo mismo que el cobre del manuscrito de mil novecientos cincuenta y dos. Los metalúrgicos opinan que las láminas de metal pueden haber salido del mismo sitio. —¿Hay diferencias notables entre los manuscritos? —preguntó Harry.