EL APRENDIZ


Guardó su preciado tesoro y respiró satisfecho. Dentro de muy poco tendría el dinero suficiente para poder ser libre. Ya nadie le daría órdenes. Viviría como le placiera recorriendo el mundo, sin más preocupaciones que disfrutar de la existencia.
Salió dispuesto a conseguir que esos tipos pagaran una fortuna por el secreto que guardaba.
Las calles estaban desiertas a aquella hora de la noche. La ciudad entera dormía plácidamente, salvo algunos vagabundos que deambulaban como sombras perdiéndose en los callejones solitarios en busca de un buen refugio donde pasar la noche.
Alertado por los pasos del vigilante se escondió en un portal esperando que éste pasara de largo. Nadie debía verlo. No podía arriesgarse a que descubrieran sus intenciones o perdería la oportunidad de convertirse en un hombre rico.
Una vez pasado el peligro, continuó su camino. Con pasos apresurados se encauzó hacia la piazza de la Signora, sin dejar de prestar atención a cualquier ruido o sombra.
Si la mano no le hubiese cubierto la boca, habría gritado con todas sus fuerzas. -Silencio. Soy yo -le dijo el hombre que se amparaba bajo el quicio de una puerta. El chico respiró aliviado cuando lo liberó. -¿Y bien? ¿Lo tienes? -le preguntó su cliente.
El muchacho se apartó del hombre mirándolo con suspicacia. -¿Y vos el dinero?



EL CUADERNO DE MAYA


—Sí, pero vivo barato.
—No quisiera ser una carga para ti —le dije.
—Vas a trabajar para cubrir tus gastos, Maya, eso acordamos tu abuela y yo. Puedes ayudarme con el libro y en marzo trabajarás con Blanca en la escuela.
—Te advierto que soy muy ignorante, no sé nada de nada.
—¿Qué sabes hacer?
—Galletas y pan, nadar, jugar al fútbol y escribir poemas de samuráis. ¡Tendrías que ver mi vocabulario! Soy un verdadero diccionario, pero en inglés. No creo que eso te sirva.
—Veremos. Lo de las galletas tiene futuro. —Y me pareció que disimulaba una sonrisa.
—¿Has escrito otros libros? —le pregunté bostezando; el cansancio del largo viaje y las cinco horas de diferencia en el horario entre California y Chile me pesaban como un saco de piedras.
—Nada que me pueda hacer famoso —dijo señalando varios libros sobre su mesa: mundo onírico de los aborígenes australianos, ritos de iniciación en las tribus del Orinoco, cosmogonía mapuche del sur de Chile.
—Según mi Nini, Chiloé es mágico —le comenté. —El mundo entero es mágico, Maya —me contestó.

           

EL TRIUNFO DEL SOL


Cuando terminaron, se apresuraron a regresar al campamento derviche, y se dedicaron a hacer los preparativos para continuar la travesía.
—Si vamos rápido, aún estamos a tiempo de cruzar las líneas enemigas antes de que el que escapó dé la alarma —advirtió Penrod.
Los camellos capturados estaban gordos, y habían bebido y descansado a gusto. Les transfirieron sus arreos, y soltaron a sus exhaustos animales para que encontrasen agua en Marbad Tegga, tras lo cual siguieron camino hacia el lejano río. En los odres de los derviches había más agua dulce del Nilo de la que necesitaban. Entre las provisiones, encontraron más bolsas de dhurra molido, dátiles y carne seca.
—Ahora tenemos suficientes vituallas como para llegar a Jartum —dijo Penrod, satisfecho.
—Creerán que nos dirigimos al vado de Korti, pero hay otro cruce más al oeste, bajo la catarata —le dijo Yakub.
Montaron en dos de los nuevos camellos y, llevando de tiro a los otros, cargados de abultados odres, siguieron camino hacia el sur.

      

EL COMITE DE LA MUERTE


Pero a su hígado le pasa algo y no podremos ayudarla sin hacer antes un examen. Ella volvió a guardar silencio. —No es más que una aguja. Hincamos una aguja y la sacamos y en la punta
habrá un poquitín de hígado, no mucho, el suficiente para poder hacer el examen.
—¿Y duele? —Duele un poco, pero no hay otra solución. Hay que hacerlo. —Yo no soy su conejillo de Indias. —aquí no queremos conejillos de Indias. Lo que queremos es ayudarla a
usted. ¿Se da cuenta de lo que pasará si no nos deja? —preguntó, con suavidad. —De la forma que lo dice, claro que me la doy. El rostro de ella seguía petrificado, pero sus ojos mate relucieron de pronto
y se le saltaron las lágrimas, que corrieron mejillas abajo, hacia la boca. Silverstone cogió un pañuelo de papel del estante de la cama y le enjugó la cara, pero ella apartó la cabeza.
Silverstone volvió a bajar la bata y ajustó la sábana.
—Pues piénselo un rato—dijo, acariciándole la rodilla y prosiguiendo la visita.


EL AVISO DE BERLIN


—Max, mira qué tiene en los bolsillos.
Max se puso a registrar el cadáver con tacto casi femenino, resiguiendo delicadamente con sus manazas los contornos de la ropa gruesa, como si temiera despertar al sujeto. Sacó un pañuelo muy bien doblado, unas monedas y una Lüger que el arrogante matón probablemente olvidó que llevaba.
—¿Nada más? Max frunció el ceño y movió la cabeza negativamente. Weinschenk se arrodilló al lado del cadáver y le arremangó un poco el brazo
derecho. En la muñeca se le vio una tira de carne blanca: la señal del reloj que ya no llevaba. No costaba encontrarlo si se registraba bien; no, aquello no había sido un simple atraco.
—El inglés se ha llevado la cartera y también el pasaporte, es de suponer. ¿No crees, Max? Si lo capturamos con los documentos encima, por lo menos sabremos que no nos hemos equivocado de persona.
Pero no parecía creer que fuera a ocurrir. —Señor capitán... El otro... Era de nuevo el cabo de las SS, Meinhof. —Lo hemos encontrado... Möllendorf está...