—Max, mira qué tiene en los bolsillos.
Max se puso a registrar el cadáver con tacto casi femenino, resiguiendo delicadamente con sus manazas los contornos de la ropa gruesa, como si temiera despertar al sujeto. Sacó un pañuelo muy bien doblado, unas monedas y una Lüger que el arrogante matón probablemente olvidó que llevaba.
—¿Nada más? Max frunció el ceño y movió la cabeza negativamente. Weinschenk se arrodilló al lado del cadáver y le arremangó un poco el brazo
derecho. En la muñeca se le vio una tira de carne blanca: la señal del reloj que ya no llevaba. No costaba encontrarlo si se registraba bien; no, aquello no había sido un simple atraco.
—El inglés se ha llevado la cartera y también el pasaporte, es de suponer. ¿No crees, Max? Si lo capturamos con los documentos encima, por lo menos sabremos que no nos hemos equivocado de persona.
Pero no parecía creer que fuera a ocurrir. —Señor capitán... El otro... Era de nuevo el cabo de las SS, Meinhof. —Lo hemos encontrado... Möllendorf está...
