—¿Servirnos? ¡Yo no veo qué puedo obtener de todo esto! —espetó Lucio, sintiéndose de pronto completamente destrozado por la falta de sueño y la tensión de tener que satisfacer las necesidades del emperador. Bajó la voz hasta convertirla en un susurro—. ¿Y si nuestra predicción acaba conociéndose y el emperador no muere en cien días? ¡Quedaré como un tonto!
—No-no-noventa y nueve días, de hecho...
—Y si muere...
—Entonces quedarás como un joven mucho más sabio de lo que te corresponde por edad.
—O todo el mundo nos responsabilizará de su muerte. ¿Cómo era aquel antiguo dicho etrusco? «Los hombres culpan al adivino».
—Oh, no, Lucio, si el emperador muere, no sospecharán ni de ti ni de mí. — Claudio miró en dirección al lugar por donde habían desaparecido Livia y Tiberio —. Harías bien iniciando nuevos estudios, Lucio. ¿Cuánta astrología te ves capaz de aprender en noventa y nueve días?

