IMPERIO


—¿Servirnos? ¡Yo no veo qué puedo obtener de todo esto! —espetó Lucio, sintiéndose de pronto completamente destrozado por la falta de sueño y la tensión de tener que satisfacer las necesidades del emperador. Bajó la voz hasta convertirla en un susurro—. ¿Y si nuestra predicción acaba conociéndose y el emperador no muere en cien días? ¡Quedaré como un tonto!
—No-no-noventa y nueve días, de hecho...
—Y si muere...
—Entonces quedarás como un joven mucho más sabio de lo que te corresponde por edad.
—O todo el mundo nos responsabilizará de su muerte. ¿Cómo era aquel antiguo dicho etrusco? «Los hombres culpan al adivino».
—Oh, no, Lucio, si el emperador muere, no sospecharán ni de ti ni de mí. — Claudio miró en dirección al lugar por donde habían desaparecido Livia y Tiberio —. Harías bien iniciando nuevos estudios, Lucio. ¿Cuánta astrología te ves capaz de aprender en noventa y nueve días?



ROMA


Durante los meses siguientes, los gemelos siguieron cosechando los resultados de sus éxitos en Alba. Diseminados por la campiña, a una distancia de unos pocos días a caballo de Roma, vivían numerosos hombres que habían acumulado suficiente riqueza y poder como para mandar sobre sus vecinos, rodearse de guerreros y autodenominarse reyes. Uno a uno, Rómulo y Remo fueron encontrando motivos para desafiar a esos hombres y, uno a uno, los derrotaron en batalla, reclamaron sus riquezas e invitaron a sus guerreros a unirse a ellos en Roma. Los gemelos eran luchadores feroces y temerarios. Y a medida que sus victorias se acumulaban, fueron adquiriendo una reputación de invencibles. A todo el mundo le resultaba fácil creer que eran los hijos de Mavors.