ISABEL


—¡Es hora de decir basta! El marqués de Villena arengaba a sus fieles en Burgos. —¡Estamos hartos de un rey que, en lugar de hacer la guerra a los moros, se viste como ellos! ¡Un rey
que come en el suelo, como los infieles! Los presentes, no excesivos pero sí de gran relieve dentro de la nobleza de Castilla, aclamaron
vociferantes estas palabras. El verano estaba llegando a su fin, pero por el acaloramiento de los hombres, nadie lo hubiera dicho.
Pacheco, enardecido, siguió proclamando sus tesis, modelándolas para que el público que tenía delante escuchara lo que quería oír.
—¡Éste es Enrique, no os engañéis! ¡Un rey que permite a los judíos robar nuestra riqueza! ¡Que permite a los conversos llegar a cargos de poder!
Se escucharon nuevos vítores. —¿Es ésta la Castilla por la que tanto hemos luchado? Como era de esperar, la palabra «no» surgió coral entre el auditorio. Ya antes de que se oyera, Pacheco, sabedor de que ésa iba a ser la respuesta, empezó a sacar un
pliego de peticiones que comenzó a leer, no sin antes levantar la mano derecha para callar a los presentes. Carrillo sonrió: nadie en Castilla poseía la labia de su sobrino ni sus dotes de persuasión. Pedro Girón, sencillamente, estaba boquiabierto admirando el discurso de su idolatrado hermano. —¡Hemos escrito aquí nuestras exigencias! ¡Y habrán de ser aceptadas!
El asentimiento fue general. Pero una voz se alzó preguntando lo que muchos ya pensaban: —¿Y si el rey se niega?

     

UN REINO LEJANO


—¿Acaso conocéis los secretos de la medicina? ¿Sois chamanes? ¿Sabéis cómo hablar con los dioses y obtener su favor?
—No y no. Somos cristianos, adoramos a un único Dios verdadero.
—Entonces ¿para qué os quiero? —bramó, irritado—. Estáis flacos, parecéis débiles. Nunca había visto a hombres tan pálidos y poco dotados para las tareas cotidianas —se quejó, después de acercarse a tocarnos y mirar de cerca una piel y unos rasgos propios de nuestra raza que él, a juzgar por su actitud curiosa, ligeramente asqueada, no debía de haber visto nunca antes—. Ya le ajustaré yo las cuentas a ese estafador de Chaka por enviarme a dos inútiles como vosotros. ¿De qué me sirve que seáis blancos? Tengo decenas de siervos xin que trabajan para mí hasta que revientan. Ese embustero me mandó decir que erais especiales, que podría exhibiros con orgullo entre mis vecinos. ¿Y qué me encuentro? A dos insignificantes insectos.


LA CRUZ DE CENIZA


—Tranquilizaos, padre —era la primera vez en años que le llamaba así—. Venid, sentaos, necesitáis descansar.
—¡Déjame! ¡No te atrevas a tocarme! Te crees muy listo, muy sabihondo, ¿verdad? ¡Tú y tu madre, siempre juntos, siempre tan altivos y arrogantes! ¡Pero bien que gastabais mi dinero sin preguntar de dónde venía! —se iba acalorando cada vez más. Baltasar trató nuevamente de acompañarlo hasta una silla para que se calmara, pero el hombre se revolvió contra él. Su barbudo rostro estaba congestionado por la ira. El muchacho no conseguía apartar la vista de la venilla que parecía tener vida propia en la sien de su padre—. ¡Pues se acabó! ¡A partir de este mismo instante, se acabó! ¡Si quieres comer, tendrás que trabajar conmigo en el taller, deslomándote como un hombre de verdad! ¡Y basta ya de libracos!


                        

EL DESFIO DE LAS DAMAS


El día anterior al final del luto declarado fuimos a recoger a don Ruy a la puerta de la cárcel. Como la reina nos había prometido, no sólo le liberaron, sino que también le indultaron, por lo que esa vez se vio librado del destierro al que había sido condenado por desorden público. De regreso a casa le contamos todos los detalles de nuestra audiencia en las Descalzas Reales, incluida nuestra rápida despedida por la llegada del rey.
-¿No andaba recluido en señal de luto en San Jerónimo del Real? Sonreímos. -Ahí anda, pero al parecer hasta mañana 9 de mayo que se declara
oficialmente terminado el luto con un solemne Tedeum en la iglesia de Santa María. No puede estar un día sin verla, y así, a espaldas de los corrillos, pasan todos los días un par de horas con las cortinas del dosel de la cama echadas.