ISABEL


—¡Es hora de decir basta! El marqués de Villena arengaba a sus fieles en Burgos. —¡Estamos hartos de un rey que, en lugar de hacer la guerra a los moros, se viste como ellos! ¡Un rey
que come en el suelo, como los infieles! Los presentes, no excesivos pero sí de gran relieve dentro de la nobleza de Castilla, aclamaron
vociferantes estas palabras. El verano estaba llegando a su fin, pero por el acaloramiento de los hombres, nadie lo hubiera dicho.
Pacheco, enardecido, siguió proclamando sus tesis, modelándolas para que el público que tenía delante escuchara lo que quería oír.
—¡Éste es Enrique, no os engañéis! ¡Un rey que permite a los judíos robar nuestra riqueza! ¡Que permite a los conversos llegar a cargos de poder!
Se escucharon nuevos vítores. —¿Es ésta la Castilla por la que tanto hemos luchado? Como era de esperar, la palabra «no» surgió coral entre el auditorio. Ya antes de que se oyera, Pacheco, sabedor de que ésa iba a ser la respuesta, empezó a sacar un
pliego de peticiones que comenzó a leer, no sin antes levantar la mano derecha para callar a los presentes. Carrillo sonrió: nadie en Castilla poseía la labia de su sobrino ni sus dotes de persuasión. Pedro Girón, sencillamente, estaba boquiabierto admirando el discurso de su idolatrado hermano. —¡Hemos escrito aquí nuestras exigencias! ¡Y habrán de ser aceptadas!
El asentimiento fue general. Pero una voz se alzó preguntando lo que muchos ya pensaban: —¿Y si el rey se niega?