EL INFORME DE JUDEA


—¡Ah, cuestor! —exclamó el sonriente Collega dándose la vuelta en el taburete donde estaba sentado a la mesa de juego, con el fritillus, el cubilete, en la mano—. Solo una tirada más —dijo agitándolo. Con un quiebro de la muñeca lanzó los dados en el tablero de madera. Todos los ojos contemplaron cómo los cubitos de marfil rodaban y daban tumbos hasta detenerse. Inclinándose para leer el resultado, Collega rugió de satisfacción mientras sus compañeros alzaban las manos al cielo y gemían de desesperación—. ¡Yo gano! ¡Par duplex, dobles! ¡Ya podéis ir pagando!
Mientras los demás jugadores hurgaban en sus bolsas, Collega se puso en pie. Una mueca de dolor se dibujó en su rostro; se llevó la mano a la zona lumbar.
—Es el viejo problema de la espalda —explicó a Varrón—. No es nada.




LOS JINETES DEL AGUILA


—¿Ambladura? —preguntó con curiosidad Serbal.
—Así que no sabéis ni de lo que son capaces nuestros caballos... —Tras una pausa, haciéndose dramáticamente el indignado, Aius continuó—: La ambladura es el paso del caballo por el cual mueve a la vez una pata delantera y otra trasera de un mismo lado. Y es muy agradable cabalgar de esa manera, parece ser. Se lo oí a un centurión romano.
Aius era el más inquieto e inteligente de la familia, y el que más interés mostraba por las artes. Había aprendido a leer latín, y estaba enseñando a Taranis. Aramo y Serbal se burlaban de él y le llamaban «poetisa». Sin embargo, en las demás artes que exigieran habilidades más manuales o físicas no solía ser el más aventajado.
—Es bueno saberlo, es bueno... —asintió Taranis con la cabeza. —¡Silencio! —dijo Aramo llevándose un dedo a la boca—. Están ahí. Mediante señas, Aramo ordenó a los demás que se colocaran detrás de unas piedras que impedían que los caballos los vieran. —Es una buena manada —susurró Taranis—.



EL SEÑOR DE LORDEMANOS


Cresconio tragó saliva con dificultad, sobrecogido como estaba, con el corazón contrito y con el anatema repicando en su sesera como la misma campana negra que habría de anunciar el fin de los tiempos. Las palabras se embotaron en su garganta como serba cruda y los ojos se tornaron vidriosos en un instante.
—Todo eso dicen... —susurró.
El fámulo asintió convencido, con el rostro tan pálido como la cera de las lámparas que alumbraban la estancia.
—Dicen también que durante la noche pasada un rayo quebró la cúpula celeste desde las más elevadas alturas hasta la profundidad de la tierra. Y, a través de la fractura del cielo, inundado en vapores, un endriago apareció ante los ojos de quienes no podían conciliar el sueño, amenazando con devorarlos a todos, al tiempo que de sus fauces goteaba sangre candente que, al estrellarse contra el suelo, provocaba la aparición de lagos negros de los que humeaban vapores azafranados.