HIJOS DE UN REY GODO


Tras la cascada y la cueva, el cenobio de Ongar, el lugar donde moraban los monjes. De todos ellos, Mailoc, el abad, era su amigo y protector. Aster quiso que Baddo, su hija, aprendiese las letras con él. Nadie entendió su decisión; ¿para qué educar a una mujer? Pero él no respondió, y quizá pensó en el hada, la Jana que encontró junto a un arroyo, una mujer bruja que sabía leer; por eso quiso que su hija Baddo conociese los signos de los pergaminos.



UN DIA EN LA VIDA DE IVAN DENISOVICH


Aquí rige la ley del más fuerte. Pavlo y Sujov entran con Gopsik en el comedor. Está lleno de bote en
bote, y detrás de las muchas espaldas no se ven las estrechas mesas ni los bancos. Algunos comen sentados, pero la mayoría está de pie. La brigada 82, que durante toda la mañana y sin pausa para calentarse ha estado cavando fosas, es la primera en ocupar los puestos después del toque de la sirena. Ahora que han comido, no querrán levantarse. Dónde iban a calentarse mejor que aquí. Los otros maldicen a la brigada, pero ellos no oyen ni ven; aun con maldiciones, se está mejor dentro que fuera, al frío.




LA LEGION


—Eso es suponer demasiado —precisó Cato en voz baja.
Petronio les dirigió una mirada y luego volvió a centrar su atención en el portavoz de los alejandrinos, quien continuó diciendo:
—Señor, no se ha dado respuesta a mi pregunta. ¿Qué va a hacer respecto a este renegado?
—Nos estamos ocupando del asunto. El prefecto Cato está al mando de una fuerza operativa especial con órdenes de encontrar y matar al esclavo renegado.
—¡Pues está claro que el prefecto no ha tenido mucha suerte de momento! — exclamó una voz de entre la multitud. Hubo un enojado coro de asenso hasta que Petronio levantó las manos y pidió que le escucharan.
—Yo confío plenamente en el prefecto Cato. Es el mejor para el trabajo y sólo será cuestión de días que complete su misión.
—¿Cuántos días? —preguntó otro mercader—. Ya ha pasado más de un mes desde que empezaron los problemas. Otro mes más acabará con mi negocio.
Surgieron más gritos contra un telón de fondo de amargo descontento.
—¡Silencio! —exclamó el gobernador con preocupación—. ¡Silencio, he dicho!