LA LEGION


—Eso es suponer demasiado —precisó Cato en voz baja.
Petronio les dirigió una mirada y luego volvió a centrar su atención en el portavoz de los alejandrinos, quien continuó diciendo:
—Señor, no se ha dado respuesta a mi pregunta. ¿Qué va a hacer respecto a este renegado?
—Nos estamos ocupando del asunto. El prefecto Cato está al mando de una fuerza operativa especial con órdenes de encontrar y matar al esclavo renegado.
—¡Pues está claro que el prefecto no ha tenido mucha suerte de momento! — exclamó una voz de entre la multitud. Hubo un enojado coro de asenso hasta que Petronio levantó las manos y pidió que le escucharan.
—Yo confío plenamente en el prefecto Cato. Es el mejor para el trabajo y sólo será cuestión de días que complete su misión.
—¿Cuántos días? —preguntó otro mercader—. Ya ha pasado más de un mes desde que empezaron los problemas. Otro mes más acabará con mi negocio.
Surgieron más gritos contra un telón de fondo de amargo descontento.
—¡Silencio! —exclamó el gobernador con preocupación—. ¡Silencio, he dicho!