LA TRISTEZA DEL SAMURAI


El niño contemplaba la escena sin comprender qué estaba pasando. Su cara hervía enrojecida por el frío.
Entre el viento que se levantaba llegó la música de un tren que se acercaba. El tren que iba a Lisboa. Llegaba a través de la niebla el ruido de las ruedas sobre los rieles, que poco a poco fue apagándose. Hubo una pausa y un silbido, como el suspiro hondo de un corredor al detenerse después de un gran esfuerzo.
—Vamos mamá, es nuestro tren —dijo Andrés cogiendo de la mano a su madre y tirando de ella, que no se movía del sitio ni apartaba la mirada del hombre.
Entonces él se reclinó junto al niño. Lucía una sonrisa amplia y bienhechora que hirió hasta el alma a Isabel.
—Hay un cambio de planes, Andrés. Tu mamá tiene que hacer un viaje, pero tú volverás a casa. Tu padre te está esperando.
El niño contempló confuso a aquel desconocido y luego desvió la mirada hacia su madre, que lo miraba angustiada.
—No quiero volver a casa. Quiero ir con mi madre.


      

EL TIEMPO ENTRE COSTURAS


—Buenas tardes, Servanda. Venimos a ver al señor. Supongo que estará en la biblioteca.
La boca de Servanda quedó entreabierta con el saludo colgando, como si hubiera recibido la visita de un par de espectros. Cuando consiguió reaccionar y parecía que por fin iba a ser capaz de decir algo, una voz sin rostro se superpuso a la suya. Voz de hombre, ronca, fuerte, desde el fondo.
—Que pasen.
La criada se hizo a un lado, aún presa de un nervioso desconcierto. No necesitó indicarnos el camino: mi madre parecía conocerlo de sobra. Avanzamos por un pasillo amplio, evitando salones con paredes enteladas, tapices y retratos de familia. Al llegar a una puerta doble, abierta a la izquierda, mi madre giró hacia ella. Percibimos entonces la figura de un hombre grande esperándonos en el centro de la estancia. Y otra vez la voz potente.
—Adelante.

MISION OLVIDO


Había decidido comenzar la clase con un simple juego, de sobra sabía lo bien que aceptamos los adultos las gansadas imprevistas cuando nos sacan de nuestro hábitat natural. Lo de menos era si, después de la llamada de mi hermana, yo tenía el ánimo para bromas y ocurrencias o unas ganas enormes de encerrarme en el cuarto de baño a llorar. Apliqué, no obstante, una regla de oro para cualquier buen profesor: dejar los asuntos personales en el pasillo. Después, como el actor que entra en escena, echar a andar.
—Allá por los años setenta hubo un programa muy popular en Televisión Española que se llamaba Un, dos, tres, responda otra vez. ¿Os apetece jugar?
Mi intención, obviamente, iba más allá del mero entretenimiento. Lo que yo pretendía era vincular su mundo al mío de una manera del todo informal. La respuesta fue un sí sin excepción.
—Bien, pues por veinticinco pesetas imaginarias, quiero nombres de ciudades del estado de California con nombre de santo en español. Por ejemplo, Santa Cecilia. Un, dos, tres, responda otra vez.