MISION OLVIDO


Había decidido comenzar la clase con un simple juego, de sobra sabía lo bien que aceptamos los adultos las gansadas imprevistas cuando nos sacan de nuestro hábitat natural. Lo de menos era si, después de la llamada de mi hermana, yo tenía el ánimo para bromas y ocurrencias o unas ganas enormes de encerrarme en el cuarto de baño a llorar. Apliqué, no obstante, una regla de oro para cualquier buen profesor: dejar los asuntos personales en el pasillo. Después, como el actor que entra en escena, echar a andar.
—Allá por los años setenta hubo un programa muy popular en Televisión Española que se llamaba Un, dos, tres, responda otra vez. ¿Os apetece jugar?
Mi intención, obviamente, iba más allá del mero entretenimiento. Lo que yo pretendía era vincular su mundo al mío de una manera del todo informal. La respuesta fue un sí sin excepción.
—Bien, pues por veinticinco pesetas imaginarias, quiero nombres de ciudades del estado de California con nombre de santo en español. Por ejemplo, Santa Cecilia. Un, dos, tres, responda otra vez.