—Lo que pretendes, Cleómenes, lo que pretendes—dijo el comandante con un hilo de voz— va contra toda razón y todo sentido de la prudencia y del respeto hacia los dioses. Acataré tus órdenes porque eres mi rey, pero has de saber que desatarás la ira divina y su venganza caerá sobre el pueblo espartano, sobre tu familia y también sobre ti.
Eran palabras muy duras y lo sabía, pero la situación en la que se encontraba el comandante era tal que no le importaba ya morir a manos de su rey si la alternativa era hacerlo a manos de los dioses.
—Bah, no seas tan melindroso y echa un trago conmigo —Cleómenes estaba de excelente humor y eso quizá había contribuido a que el comandante se atreviera a hablarle en aquellos términos. Ante la reticencia del espartano, el rey añadió: —Desastres peores se auguraban cuando pasó lo de Eleusis; han transcurrido ya doce años y dime: ¿ha sucedido algo de todo aquello?
—No conseguiste lo que te proponías. Eso sí sucedió.
—Pero por circunstancias de la guerra; los dioses no tuvieron nada que ver.
