EL LADRON DE LA HORCA


—¿Eres pintor? —Sandman no podía esconder su sorpresa.
—¡Sí!—Corday, con los ojos enrojecidos de llorar, miró a Sandman con agresividad, y se vino debajo de nuevo—. Era el aprendiz de sir George Phillips.
—Es muy famoso —asintió Sandman, con desdén—, a pesar de tener un nombre prosaicamente inglés. Y sir Thomas Lawrence a mí no me suena muy francés.
—Creí que cambiarme el nombre ayudaría —subrayó Corday, malhumorado—, ¿Importa?
—Importa que eres culpable —contestó Sandman, severamente— y, si no hay nada más, te enfrentarás al juicio de Dios con la conciencia clara, si lo confiesas.
Corday se quedó mirando a Sandman como si estuviese loco.
—¿Sabe de qué soy culpable? —preguntó finalmente—. Soy culpable de tener delirios de grandeza. Soy culpable de ser un pintor decente. Soy culpable de ser condenadamente mejor pintor que el maldito sir George Phillips, y soy culpable, Dios mío, cuán culpable soy, de ser estúpido, ¡pero yo no maté a la condesa de Avebury! ¡Yo no lo hice!




EL LADRON DE TUMBAS


Quedáronse inmóviles mirándose en silencio. El muchacho, con el rostro desencajado, se hacía mil preguntas que nunca tendrían respuesta.
—Dame la lámpara, Nemenhat —oyó que le decía su padre con autoridad. Con manos temblorosas, se la ofreció. Shepsenuré la asió firmemente y volviéndose hacia el ataúd iluminó su
interior. Dentro, envuelta en sus linos eternos se hallaba la momia. El desagradable olor a rancio que salía de ella hizo que Shepsenuré apartara
la cara con repugnancia. —Déjalo, padre —suplicó Nemenhat—, aquí ya tenemos suficiente. —¡No! —contestó aquél—. Debemos terminar lo que comenzamos. —Pero, padre, los dioses nos castigarán por esto —protestó Nemenhat. —Ellos ya nos han castigado. Acércate, necesito que me alumbres —dijo con
severidad mientras le ofrecía la lámpara con gesto imperioso. —Por favor, padre, no me obligues. —¡Basta, Nemenhat! —respondió aquél con irritación—. Haz lo que te digo o
no saldremos nunca de aquí.


LA ULTIMA CRIPTA


−No tienes nada que sentir. La verdad es que me alegra de que tengas tanta confianza como para decirme lo que piensas, y estoy encantado de estar aquí contigo, ahora −y mirando hacia abajo, añadí−: Con mi mano encima de la tuya.
Esbozó una sonrisa cohibida y bajó tímidamente la mirada. −Yo también, Ulises. Yo también. Notaba su mano cada vez más cálida bajo la mía. La escasa luz de luna que atravesaba los cristales arrancaba reflejos de sus rubios mechones y, de alguna
manera, llegaba a incidir sobre sus pupilas, abandonando sobre ellas un cautivador brillo que parecía emanar del interior de sus propios ojos. La miraba con fijeza, en silencio, creyendo adivinar lo que pasaba por su mente. Un flujo de algo que hacía mucho que no sentía me brotaba directamente del corazón, y siguiendo por mi brazo, pasaba a través de mi mano a la suya y de ahí a sus labios, que los imaginaba, apenas viéndolos, húmedos y anhelantes. Sentía que algo dentro de mí me impulsaba irrefrenablemente a cerrar ese circuito uniendo esos labios a los míos, y en su silencio creí adivinar la misma idea en ella. Lentamente, me fui acercando, centímetro a centímetro. Notaba ya su aliento sobre mi rostro y entrecerraba los ojos inclinando levemente la cabeza para encajar nuestras bocas
cuando, inesperadamente, sentí una mano firme apoyada sobre mi pecho. −Ulises... −susurró−, creo que se ha hecho tarde, y mañana nos espera un día muy largo.




LA HIJA DEL NILO


La mar rizada se había convertido ya en una marejada que no dejaba de crecer. Las crestas de espuma fosforescían bajo la luna y levantaban rociones contra la proa de la Hermes. La nave, que viajaba en perpendicular a las olas, daba cabeceos cada vez más violentos, y los remos azotaban el aire tantas veces como se clavaban en el agua, entre juramentos y blasfemias de los marineros.
Uno de los guardaespaldas de Menéstor no tardó en llevarse la mano a la boca y, como los cuerpos de los remeros le impedían llegar a la borda, se dobló sobre sí mismo y vomitó sobre las tablas del suelo. El gigante germano hacía equilibrios con las piernas para conservar la vertical, mientras que el esclavo de César se mantenía sin aparente esfuerzo apoyado en el báculo.
Para colmo, empezó a llover. León alzó la mirada de nuevo. Sobre sus cabezas todavía se veían algunas estrellas: la lluvia venía de las nubes del oeste y caía al sesgo empujada por el viento, anticipando el aguacero que podía caerles encima. Toda la Hermes crujía, pero el rechinar de la tablazón apenas se oía contra el silbido creciente del aire y el romper de las olas.
León volvió los ojos a popa. Apenas se habían alejado cincuenta metros de la sombra oscura de la costa. Estaban prácticamente clavados en el sitio, como en una pesadilla.
—¡Tenemos que volver! —exclamó, dirigiéndose a Menéstor—. ¡Habrá otras noches mejores!



EL OJO DE RAVEN


—Si tenemos suerte se desviará hacia el este antes de que se rompa —dijo Eric. El nórdico más joven dirigía el rostro hacia el cielo ennegrecido de forma que el pelo blanco le caía liso y desde mi posición junto a la portilla del remo vi que tenía miedo.
—Esta vez no, hijo —respondió Olaf categóricamente—. Dudo que ni siquiera Sigurd haga sonreír hoy a Njörd. —Olaf se volvió hacia mí—. Njörd gobierna la dirección de los vientos —dijo, y movió un brazo extendido hacia el oeste—. Controla el mar y las llamas... —sonrió con amargura— y hoy está de un humor de perros.
Todos los hombres que iban a bordo tenían la vista fija en el amenazante nubarrón negro que estaba tan bajo en el cielo que podía lanzarse una flecha a la panza para provocar el diluvio. Estaba bordeado por un halo de luz plateada brillante, pero nos encontrábamos lejos del borde. Un viento enfurecido empezó a golpear la vela de lana y a hacer traquetear los escudos que los noruegos habían colocado a los lados del Serpent por la mañana para disuadir de acercarse a otro drakar que se dirigía al este por el horizonte.





REBELDES Y TRAIDORES


—¡Válgame Dios! ¡Si hasta un idiota se daría cuenta de que éste es el lugar adecuado! —espetó Lovell—. El rey se está debilitando con la lucha para capturar Hull, sólo porque se supone que es un buen puerto del norte y contiene un poderoso polvorín...
—¿Un polvorín? —preguntó Edmund.
—Un arsenal que quedó de cuando las Guerras Escocesas... pero mientras el rey Carlos ha estado perdiendo el tiempo frente a las puertas como una mantequera, están despojando el polvorín de su contenido, que se traslada al Parlamento por la carretera que va al sur... ¿Qué queda? Bristol está ocupado por los rebeldes. Warwick es un hervidero de discordia. Nottingham y York son lugares demasiado remotos para tenerlos en cuenta. Pero Oxford es céntrico, bien dispuesto para el rey, fácil de abastecer, con buenos accesos, defendible y, lo mejor de todo, lo bastante rico y refinado como para albergar a una corte real.




ELLENIKON


—Lo que pretendes, Cleómenes, lo que pretendes—dijo el comandante con un hilo de voz— va contra toda razón y todo sentido de la prudencia y del respeto hacia los dioses. Acataré tus órdenes porque eres mi rey, pero has de saber que desatarás la ira divina y su venganza caerá sobre el pueblo espartano, sobre tu familia y también sobre ti.
Eran palabras muy duras y lo sabía, pero la situación en la que se encontraba el comandante era tal que no le importaba ya morir a manos de su rey si la alternativa era hacerlo a manos de los dioses.
—Bah, no seas tan melindroso y echa un trago conmigo —Cleómenes estaba de excelente humor y eso quizá había contribuido a que el comandante se atreviera a hablarle en aquellos términos. Ante la reticencia del espartano, el rey añadió: —Desastres peores se auguraban cuando pasó lo de Eleusis; han transcurrido ya doce años y dime: ¿ha sucedido algo de todo aquello?
—No conseguiste lo que te proponías. Eso sí sucedió.
—Pero por circunstancias de la guerra; los dioses no tuvieron nada que ver.