Quedáronse inmóviles mirándose en silencio. El muchacho, con el rostro desencajado, se hacía mil preguntas que nunca tendrían respuesta.
—Dame la lámpara, Nemenhat —oyó que le decía su padre con autoridad. Con manos temblorosas, se la ofreció. Shepsenuré la asió firmemente y volviéndose hacia el ataúd iluminó su
interior. Dentro, envuelta en sus linos eternos se hallaba la momia. El desagradable olor a rancio que salía de ella hizo que Shepsenuré apartara
la cara con repugnancia. —Déjalo, padre —suplicó Nemenhat—, aquí ya tenemos suficiente. —¡No! —contestó aquél—. Debemos terminar lo que comenzamos. —Pero, padre, los dioses nos castigarán por esto —protestó Nemenhat. —Ellos ya nos han castigado. Acércate, necesito que me alumbres —dijo con
severidad mientras le ofrecía la lámpara con gesto imperioso. —Por favor, padre, no me obligues. —¡Basta, Nemenhat! —respondió aquél con irritación—. Haz lo que te digo o
no saldremos nunca de aquí.
