—¿Eres pintor? —Sandman no podía esconder su sorpresa.
—¡Sí!—Corday, con los ojos enrojecidos de llorar, miró a Sandman con agresividad, y se vino debajo de nuevo—. Era el aprendiz de sir George Phillips.
—Es muy famoso —asintió Sandman, con desdén—, a pesar de tener un nombre prosaicamente inglés. Y sir Thomas Lawrence a mí no me suena muy francés.
—Creí que cambiarme el nombre ayudaría —subrayó Corday, malhumorado—, ¿Importa?
—Importa que eres culpable —contestó Sandman, severamente— y, si no hay nada más, te enfrentarás al juicio de Dios con la conciencia clara, si lo confiesas.
Corday se quedó mirando a Sandman como si estuviese loco.
—¿Sabe de qué soy culpable? —preguntó finalmente—. Soy culpable de tener delirios de grandeza. Soy culpable de ser un pintor decente. Soy culpable de ser condenadamente mejor pintor que el maldito sir George Phillips, y soy culpable, Dios mío, cuán culpable soy, de ser estúpido, ¡pero yo no maté a la condesa de Avebury! ¡Yo no lo hice!
