EL RETRATO


—¿Qué es lo que os hace pensar que voy a poder ayudaros en su empresa? No creo que un buen estudiante sirva de mucho en una operación de este tipo.
—Además de su cultura, nos consta un detalle en su brillante expediente que, he de reconocerle, en un primer momento nos hizo reflexionar profundamente sobre el acierto o no de proponerle este trabajo. Ya le anuncié algo antes.
El semblante de Walsingham se tornó grave y serio. Kit intuía a qué se estaba refiriendo.
—Tengo entendido que es usted igual de diestro con la pluma que con el acero. No son formas de recibir a uno de mis hombres colocándole la punta de su cuchillo en el cuello.
—Creí que había peligro —intentó defenderse el joven estudiante.
—No se lo voy a negar, mi nuevo amigo. Pero eso no le da derecho a estar tomándose la ley por su cuenta en cada momento.
—Señor Walsingham, no voy a esperar a que nadie juzgue por mí cuando ya esté muerto. Entonces ¿he sido elegido porque tengo fama de malhechor?
—Lo que le quiero decir es que su presencia en peleas, reyertas y toda clase de altercados es más frecuente de lo que sería nuestro deseo. ¿Cómo un joven como usted es capaz de combinar literatura y pelea con esa habilidad?
La mirada de Walsingham demostraba que la pregunta no era ninguna broma



      

LAS CUATRO PLUMAS


Entre la gente que pasó por su lado, una persona le sonrió y, al levantarse él de su asiento, la señora Adair se le acercó. Los ojos de ella le contemplaron de pies a cabeza con rápida y furtiva mirada que hubiera podido hacerle comprender a Durrance el lugar que ocupaba en sus pensamientos. Le estaba comparando con el retrato mental que de él conservaba y que tenía ya tres años. Buscaba las pequeñas señales del cambio, que aquellos tres años hubieron podido obrar en él —y lo hacía con los ojos llenos de emoción—. Pero Durrance sólo se fijó en que iba de luto. Ella comprendió la pregunta que el hombre se hacía para sus adentros y la contestó:
—Mi esposo murió hace dieciocho meses —explicó, con voz serena—. Le tiró el caballo en el curso de una carrera con el Pytchley. Murió instantáneamente.
—No me había enterado —dijo Durrance con embarazo—. Lo siento mucho.
La señora Adair ocupó un asiento junto a él y no replicó. Era mujer de silencios que dejaban perplejo, y su rostro pálido y plácido, de contorno correcto, y frío, no daba el menor indicio de los pensamientos con que ocupaba sus pausas. Permaneció en su asiento sin moverse. Durrance sentía un gran embarazo. Recordaba al señor Adair el evidente cariño que le inspiraba su esposa; pero, hasta aquel momento, jamás se había parado a pensar con qué ojos le miraba su mujer.