LAS CUATRO PLUMAS


Entre la gente que pasó por su lado, una persona le sonrió y, al levantarse él de su asiento, la señora Adair se le acercó. Los ojos de ella le contemplaron de pies a cabeza con rápida y furtiva mirada que hubiera podido hacerle comprender a Durrance el lugar que ocupaba en sus pensamientos. Le estaba comparando con el retrato mental que de él conservaba y que tenía ya tres años. Buscaba las pequeñas señales del cambio, que aquellos tres años hubieron podido obrar en él —y lo hacía con los ojos llenos de emoción—. Pero Durrance sólo se fijó en que iba de luto. Ella comprendió la pregunta que el hombre se hacía para sus adentros y la contestó:
—Mi esposo murió hace dieciocho meses —explicó, con voz serena—. Le tiró el caballo en el curso de una carrera con el Pytchley. Murió instantáneamente.
—No me había enterado —dijo Durrance con embarazo—. Lo siento mucho.
La señora Adair ocupó un asiento junto a él y no replicó. Era mujer de silencios que dejaban perplejo, y su rostro pálido y plácido, de contorno correcto, y frío, no daba el menor indicio de los pensamientos con que ocupaba sus pausas. Permaneció en su asiento sin moverse. Durrance sentía un gran embarazo. Recordaba al señor Adair el evidente cariño que le inspiraba su esposa; pero, hasta aquel momento, jamás se había parado a pensar con qué ojos le miraba su mujer.