EL RETRATO


—¿Qué es lo que os hace pensar que voy a poder ayudaros en su empresa? No creo que un buen estudiante sirva de mucho en una operación de este tipo.
—Además de su cultura, nos consta un detalle en su brillante expediente que, he de reconocerle, en un primer momento nos hizo reflexionar profundamente sobre el acierto o no de proponerle este trabajo. Ya le anuncié algo antes.
El semblante de Walsingham se tornó grave y serio. Kit intuía a qué se estaba refiriendo.
—Tengo entendido que es usted igual de diestro con la pluma que con el acero. No son formas de recibir a uno de mis hombres colocándole la punta de su cuchillo en el cuello.
—Creí que había peligro —intentó defenderse el joven estudiante.
—No se lo voy a negar, mi nuevo amigo. Pero eso no le da derecho a estar tomándose la ley por su cuenta en cada momento.
—Señor Walsingham, no voy a esperar a que nadie juzgue por mí cuando ya esté muerto. Entonces ¿he sido elegido porque tengo fama de malhechor?
—Lo que le quiero decir es que su presencia en peleas, reyertas y toda clase de altercados es más frecuente de lo que sería nuestro deseo. ¿Cómo un joven como usted es capaz de combinar literatura y pelea con esa habilidad?
La mirada de Walsingham demostraba que la pregunta no era ninguna broma