—Me alegro de que no sintáis miedo —mintió Luca—, porque he oído cosas terribles. Según me han dicho, los soldados no se limitan a saquear propiedades. Cuando encuentran mujeres de su agrado las violan sin misericordia. Luego se jactan en las tabernas de que, procediendo de un modo tan vil, habían gozado más con ellos que con sus maridos.
—¿Cómo podéis contar tan desagradables falsedades? —contestó Lorena, mientras se le subían los colores a la cara.
Luca sintió que el vino y la reacción de Lorena le provocaban una euforia muy tonificante. Escandalizar a aquella jovencita era una delicia.
—No son falsedades. Amigos míos me han relatado lo que han visto y oído.
—¿Y vos creéis de verdad que esas desgraciadas mujeres forzadas han podido disfrutar de un crimen tan perverso?
Luca rio alborozadamente.
—No. Por supuesto que no. Tan sólo he reproducido lo que algunos amigos míos han oído en tabernas de dudosa reputación. Meras bravatas propias de borrachos sin alma, supongo. Aunque —prosiguió bajando la voz en tono confidencial— he oído que cuando es la mujer la que se resiste al marido, el gozo del amor es mayor para ambos.
Luca leyó el pavor en los ojos de Lorena. Demasiado tarde se daba cuenta de que había ido excesivamente lejos con aquel juego. Ciertamente, el vino le había achispado en demasía la cabeza. Con todo, un perverso placer le recorría el cuerpo. Pronto sería su marido y único dueño.
