LA SAGA DE LOS LONGEVOS


—Oh, suelo hacer una excepción con las nuevas empleadas del museo. Claro, y también esperas que yo acabe como Nieves.
—¿Seguro? —insistí—, ¿no tenías prisa? —El tiempo es algo tan relativo... Y este ajedrez, ¿no te seduce? Era un damero de madera de dos tonos, «raíz del árbol de teca», me informó solícito. —Estéticamente sí —contesté—, pero hace tiempo que no juego una partida en serio. Extendió su brazo derecho y me invitó a sentarme. Miré alrededor, no muy convencida. Jairo se las había arreglado para llevarme a un rincón
de su inmenso local, donde sabía que nadie nos molestaría. Acabé accediendo. —Verás, puedes verlo como un juego de mesa, o puedes verlo desde un punto de vista mucho más interesante. Le animé a seguir con la mirada.


ARETES DE ESPARTA


Aunque no me enorgullece decirlo, esa tarde regresé más reconfortada a casa y me encontré a Polinices sentado bajo el emparrado del pórtico, junto al abuelo, comiendo trozos de melón. Había pasado buena parte del día al sol y presentaba mejor cara. Me lavé en la fuente y después me senté junto a ellos a comer algo.
—Esta tarde —me dijo Polinices— han venido a verme algunos compañeros de mi batallón y uno de ellos me ha preguntado por ti.
—¿Cómo? —Me ruboricé— ¿Por mí?
El abuelo se sonrió bajo su bien poblada barba blanca, pero hizo como si no hubiera oído y siguió cortando el fresco melón en rodajas.