Aunque no me enorgullece decirlo, esa tarde regresé más reconfortada a casa y me encontré a Polinices sentado bajo el emparrado del pórtico, junto al abuelo, comiendo trozos de melón. Había pasado buena parte del día al sol y presentaba mejor cara. Me lavé en la fuente y después me senté junto a ellos a comer algo.
—Esta tarde —me dijo Polinices— han venido a verme algunos compañeros de mi batallón y uno de ellos me ha preguntado por ti.
—¿Cómo? —Me ruboricé— ¿Por mí?
El abuelo se sonrió bajo su bien poblada barba blanca, pero hizo como si no hubiera oído y siguió cortando el fresco melón en rodajas.
