GALERA DE ROMA


—Soy el capitán Ático Milon Perennis, y éste es el centurión de infantería de marina, Septimio Laetonio Capito. Somos los oficiales al mando del trirreme Aquila, destinado en el puerto de Locri, sirviendo en el mar Jónico y el estrecho de Mesina. Esta mañana...
—Aguarda —lo interrumpió Escipión—, conozco el nombre de familia Laetonio —dijo señalando a Septimio con un asentimiento—, pero nunca he oído hablar de Milon. ¿Cuál es el origen de tu familia?
—Griego, dominus —replicó Ático, confuso en cierto modo por la dirección del interrogatorio—, de Brutium —señaló refiriéndose a la región ocupada situada en la punta de la bota del territorio italiano.
—Entonces, ¿cómo es que un griego está ejerciendo el mando en un barco romano? —inquirió el cónsul, intentando evaluar al joven capitán que tenía delante. Sabía que las ciudades de provincias proporcionaban muchas de las naves de la armada romana, y por esa razón sus tripulaciones constituían una mezcla de personal procedente de las cuatro esquinas de la república, pero siempre había creído que todos los trirremes estaban gobernados por ciudadanos romanos.
—El origen del nombre es griego, pero todos somos de Brutium y ciudadanos de la República. Me enrolé en la marina a los catorce años de edad, y progresé en mi carrera hasta obtener el rango de capitán.




A FUEGO Y ESPADA


Bamberg, 7 de octubre de 1806
-Y, a menos que su majestad imperial responda a este ultimátum antes del ocho de octubre y prometa ordenar la retirada de sus fuerzas de la frontera, existirá un estado de guerra entre Prusia y Francia...
En el cuartel general imperial reinaba el silencio mientras Talleyrand terminaba de leer en voz alta el documento que se había enviado desde Berlín. Se acercó a la mesa de Napoleón y dejó el despacho. Josefina, que estaba de pie detrás del Emperador, apoyó las manos en el respaldo de su silla, miró el despacho y vio el sello de Federico Guillermo en el documento. No había duda de que la amenaza era genuina y de que Prusia estaba decidida a iniciar una guerra.
-¿Cuándo llegó? -preguntó Napoleón con frialdad.
-Fue entregado en París hace tan sólo cinco días, sire, y lo mandaron de inmediato hacia aquí.
Napoleón asintió lentamente con la cabeza.
-Esto es un insulto intencionado. No viene de ese pelele de Federico Guillermo. El no tendría valor. Esto es obra de esa bruja, la reina Louise, y su grupo de amigotes de guerra. Pues muy bien. Si lo que quieren es insultarnos, responderemos de la misma manera.
Talleyrand carraspeó ligeramente.
-Disculpe, sire, pero la fecha límite es mañana. Es imposible que la respuesta llegue a Berlín a tiempo.
-De todos modos tendrán su respuesta del modo más claro posible. La invasión de Prusia empezará mañana. Me imagino que eso les mostrará nuestras intenciones de manera inequívoca. ¿No le parece?


    

LOS GENERALES


—Señor, el ejército no puede soportar este territorio dejado de la mano de Dios. El calor y la falta de agua están volviendo locos a nuestros soldados. Los beduinos han contaminado casi todos los pozos que hemos encontrado. Algunos de nuestros hombres, incluso, han llegado al extremo de quitarse la vida. ¿Y por qué? Aquí no hay nada más que desierto y una muerte lenta. Ni siquiera hay un enemigo contra el que combatir como es debido. Huyen en la distancia en cuanto cualesquiera de nuestros muchachos los atacan y luego regresan cuando ya no hay peligro y esperan para acabar con los rezagados como una bandada de buitres. Los soldados ya están hartos. Lo mismo ocurre con muchos de los oficiales.
—¿Qué oficiales? —le preguntó Napoleón con frialdad—. ¿Usted? Desaix perdió el color de la cara. —No. Yo no. Nunca. —¿Entonces quién desea desafiarme? ¿Quién de ustedes, hombres refinados,
quiere discrepar con su general? Nadie respondió y Napoleón soltó un resoplido de desdén. —¡Cobardes! Sólo son oficiales de nombre. No es de extrañar que sus soldados
sean unos perros rebeldes estando a las órdenes de unos bellacos como ustedes. Uno de los oficiales superiores avanzó a empujones. —¡Puesto que nadie quiere hablar, dejadme que lo haga yo! —Muy bien, general Mireur. Diga lo que tenga que decir.
Mireur se acercó al pozo y levantó la mirada hacia su comandante.
—La situación es tan mala como ha dicho Desaix. Si continuamos marchando por el desierto, dentro de pocos días nuestro ejército no será más que chusma armada. No soy un cobarde, señor. Le seguiría a cualquier parte.
—A cualquier parte menos aquí.


SANGRE JOVEN


La carreta que iba en cabeza traqueteaba por el camino con un movimiento vacilante que no acababa de adquirir un ritmo determinado. Napoleón había colocado una gruesa capa plegada sobre el agrietado cuero del pescante, pero la superficie llena de surcos por la que avanzaban las ruedas con llantas de hierro seguía sacudiéndole la espalda y haciéndole castañetear los dientes mientras el inestable carro de munición iba dando bandazos por el camino de Aviñón a Niza. A su lado, el carretero sostenía las riendas en una mano callosa, mientras que en la otra tenía agarrada una pequeña hogaza de pan rellena de salsa de ajo.
Napoleón se aferró a la barandilla, se dio la vuelta y miró la línea de ocho carretas que formaban el convoy. Cada una de ellas iba muy cargada con barriles de pólvora y guirnaldas de balas de cañón. Además de las carretas, Napoleón estaba al mando de media compañía de la Guardia Nacional con el objetivo de disuadir a los rebeldes que pudieran seguir escondidos en el campo. Antes de huir de Córcega, Napoleón había oído las noticias de los levantamientos que habían seguido a la ejecución del rey Luis. La mayoría de ellos habían sido sofocados con un entusiasmo implacable; el ruido áspero y el golpe sordo de la hoja de la guillotina seguían frescos en la mente de la gente del sur de Francia. En aquellos momentos, guardaban un temeroso silencio, pero la hostilidad en las miradas de los habitantes de los pueblos y ciudades por las que había pasado el convoy desde que había salido de Aviñón era evidente.

  

EL GLADIADOR


Macro se quedó mirando al intendente. —Mira..., ¿cómo has dicho que te llamabas? —Corvino, señor. Lucio Junilo Corvino.
—Así que Corvino, ¿eh? —Macro sonrió—. De cuervo..., te queda bien. Bueno, ahí afuera hay gente que necesita nuestra ayuda. De momento vamos a limitarnos a ayudar a los supervivientes. Vamos a sacar a todos los que estén atrapados bajo las ruinas y luego tendremos que darles de comer, procurar que tengan agua fresca y cobijo. A más largo plazo, vamos a tener que asegurarnos de que haya orden. Si la comida escasea nos va a resultar muy difícil mantener la paz. En tal caso, necesito que todos y cada uno de los soldados de la Duodécima Hispania estén debidamente equipados y listos para combatir. Ello significa que tendrás que mover el culo y encargarte de que los hombres tengan todo lo necesario. ¿Lo has entendido?
—Sí, señor. Haré todo lo que pueda.




LA GUERRA DE AL ANDALUS


—Maldita niebla —dijo—. Cala los huesos.
Una veintena de cabezas asintieron con desgana entre murmullos.
—¿Me permitís? —preguntó haciendo ademán de penetrar en el círculo para acercar sus manos a las llamas.
En aquel momento, un revuelo alteró la tranquilidad del campamento. Se oyeron voces, gritos, avisos... Muhammad se puso en guardia, e instintivamente desenvainó la espada.
—¡Ahí va, ahí va!
Dirigió su atención hacia el lugar de donde provenían las voces, y descubrió el motivo de aquella confusión: sorteando tiendas y árboles entre saltos, un pequeño corzo huía despavorido en busca de la protección de la maleza. Un soldado le salió al paso, y el animal cambió su trayectoria bruscamente. En un instante se encontró ante Muhammad, quien no hubo de pensarlo: alzó la espada y descargó el filo sobre el cuello del corzo en cuanto lo tuvo a su alcance. Todo sucedió a velocidad de vértigo, de modo que el resto de los hombres no habían tenido tiempo de reaccionar: algunos aún trataban de incorporarse para ver la causa del alboroto.
En un momento se había formado en torno al animal agonizante un círculo de soldados que vociferaban y felicitaban a Muhammad por aquel golpe certero. Sonriente y un tanto incrédulo, éste limpió su espada sobre el lomo del corzo y la envainó.
—¿Algún buen muqrif? —preguntó al tiempo que barría a todos con la mirada—. Allah nos ha enviado la cena... no es cosa de desperdiciarla.