LOS GENERALES


—Señor, el ejército no puede soportar este territorio dejado de la mano de Dios. El calor y la falta de agua están volviendo locos a nuestros soldados. Los beduinos han contaminado casi todos los pozos que hemos encontrado. Algunos de nuestros hombres, incluso, han llegado al extremo de quitarse la vida. ¿Y por qué? Aquí no hay nada más que desierto y una muerte lenta. Ni siquiera hay un enemigo contra el que combatir como es debido. Huyen en la distancia en cuanto cualesquiera de nuestros muchachos los atacan y luego regresan cuando ya no hay peligro y esperan para acabar con los rezagados como una bandada de buitres. Los soldados ya están hartos. Lo mismo ocurre con muchos de los oficiales.
—¿Qué oficiales? —le preguntó Napoleón con frialdad—. ¿Usted? Desaix perdió el color de la cara. —No. Yo no. Nunca. —¿Entonces quién desea desafiarme? ¿Quién de ustedes, hombres refinados,
quiere discrepar con su general? Nadie respondió y Napoleón soltó un resoplido de desdén. —¡Cobardes! Sólo son oficiales de nombre. No es de extrañar que sus soldados
sean unos perros rebeldes estando a las órdenes de unos bellacos como ustedes. Uno de los oficiales superiores avanzó a empujones. —¡Puesto que nadie quiere hablar, dejadme que lo haga yo! —Muy bien, general Mireur. Diga lo que tenga que decir.
Mireur se acercó al pozo y levantó la mirada hacia su comandante.
—La situación es tan mala como ha dicho Desaix. Si continuamos marchando por el desierto, dentro de pocos días nuestro ejército no será más que chusma armada. No soy un cobarde, señor. Le seguiría a cualquier parte.
—A cualquier parte menos aquí.