SANGRE JOVEN


La carreta que iba en cabeza traqueteaba por el camino con un movimiento vacilante que no acababa de adquirir un ritmo determinado. Napoleón había colocado una gruesa capa plegada sobre el agrietado cuero del pescante, pero la superficie llena de surcos por la que avanzaban las ruedas con llantas de hierro seguía sacudiéndole la espalda y haciéndole castañetear los dientes mientras el inestable carro de munición iba dando bandazos por el camino de Aviñón a Niza. A su lado, el carretero sostenía las riendas en una mano callosa, mientras que en la otra tenía agarrada una pequeña hogaza de pan rellena de salsa de ajo.
Napoleón se aferró a la barandilla, se dio la vuelta y miró la línea de ocho carretas que formaban el convoy. Cada una de ellas iba muy cargada con barriles de pólvora y guirnaldas de balas de cañón. Además de las carretas, Napoleón estaba al mando de media compañía de la Guardia Nacional con el objetivo de disuadir a los rebeldes que pudieran seguir escondidos en el campo. Antes de huir de Córcega, Napoleón había oído las noticias de los levantamientos que habían seguido a la ejecución del rey Luis. La mayoría de ellos habían sido sofocados con un entusiasmo implacable; el ruido áspero y el golpe sordo de la hoja de la guillotina seguían frescos en la mente de la gente del sur de Francia. En aquellos momentos, guardaban un temeroso silencio, pero la hostilidad en las miradas de los habitantes de los pueblos y ciudades por las que había pasado el convoy desde que había salido de Aviñón era evidente.