EL DRUIDA


Vercingetórix y yo pudimos instruirnos juntos para la ceremonia de la virilidad. Los jóvenes candidatos se dividían en grupos de tres, un número poderoso, y cada grupo era sometido a prueba como una unidad para reforzar el sentido de hermandad tribal. El arvernio no pertenecía a nuestra tribu, pero Menua lo destinó arbitrariamente a mi grupo, junto con Crom Daral, que sería nuestro tercero.
La elección de Crom me sorprendió. Retornaron los recuerdos de nuestra amistad y me alegré cuando Menua dijo que podía hablarse de ese arreglo. Le encontré solo, lanzando venablos a un blanco de paja, pero a pesar de que creía comunicarle una buena noticia y del afectuoso golpe que le di en el hombro, él se mostró frío conmigo, serio y adusto.
—¿Pediste que fuese tu tercero? —quiso saber.
Antes de que mi cabeza reconociera la esperanza oculta en su voz, mi boca dijo la verdad.
—No, ha sido decisión de Menua. Quiere que formemos un grupo con el arvernio. —Ah. Crom se volvió a medias. Observé que el legado de su madre, los hombros
encorvados, se había intensificado y ahora era casi una deformidad, pues uno estaba mucho más alto que el otro. Pobre Crom. Si Vercingetórix era oro y yo bronce, Crom Daral sería entre nosotros un metal más oscuro y de baja ley. ¿Con qué objetivo formaba parte del grupo? Sólo los druidas lo sabían.


LA PROMESA DEL ANGEL


«Claro, eso es —piensa—, esa jovencita ha venido a traer flores a los difuntos y a recogerse ante el Señor. Yo he interrumpido su oración y seguramente la he asustado tanto como ella a mí. De todas formas, no deja de ser una hora harto singular para rezar.»
Nada más decirse esto, recuerda el motivo de su presencia en ese lugar sagrado: rezar, rezar por la salvación de Pedro de Nevers sin esperar a que sus hermanos despierten. Pensando en su maestro, en el accidente que ha sufrido en Cluny, se arrodilla piadosamente al tiempo que destierra de su espíritu la turbación producida por el misterioso encuentro.
A la mañana siguiente, después del oficio de prima, los treinta sacerdotes, novicios y hermanos laicos se reúnen en uno de los edificios conventuales que bordean la iglesia, provisto de bancos y de un asiento central. El abad Hildeberto se instala en el sillón, con una obra magníficamente encuadernada entre las manos. Ese día, 7 de septiembre, está dedicado a santa Regina, virgen y mártir de Autun. La sesión del capítulo comienza, como de costumbre, con la lectura de un pasaje del Espejo de la perfección, la regla de Benito de Nursia, escrita en el siglo VI.


EL GALLO NEGRO


—Decidme —le pregunté en voz baja—, ¿quiénes son esos tres hombres? El hombre soltó un gruñido. —Zánganos del monasterio que clausuraron el año pasado. Ya sabéis, señor. El rey dice
que los pequeños conventos deben desaparecer, y a los monjes les buscan alojamiento, pero los criados se quedan en la calle. Éstos llevan todo el año mendigando por los alrededores, porque aquí no hay trabajo para ellos. ¿Veis a ese tan flaco? Pues ya lo han desorejado. Tened cuidado con ellos.
Los miré disimuladamente y vi que uno de ellos, rubio, alto y escuálido, tenía dos agujeros rodeados de costurones en lugar de orejas, como los reos de falsificación. Seguramente lo habían condenado por recortar monedas y usar el oro para hacer copias falsas. —¿Y les permitís entrar?
—Ésos no están en la calle por gusto —gruñó el posadero—. Ni ellos ni cientos como ellos... —añadió y, tal vez temiendo haber hablado demasiado, se marchó a toda prisa.
—Creo que es un buen momento para retirarnos —le dije a Mark cogiendo una de las velas de la mesa.
El muchacho asintió y, tras apurar las cervezas, nos dirigimos hacia la escalera. Al pasar junto a los criados de la abadía, mi capa rozó accidentalmente el hábito del hombretón.
—Ahora estás gafado, Edwin —dijo uno de sus compinches alzando la voz—. Si quieres recuperar la buena suerte, tendrás que tocar a un enano


LA TIERRA DE LAS CUEVAS PINTADAS


—Seguramente por la tarde ya habré vuelto, pero no sé cuánto durará la visita a la cueva —contestó Ayla.
No mucho después se encaminaron todos hacia el campamento principal y, al llegar allí, se separaron para irse cada uno por su lado. Ayla y Proleva, con sus dos niñas, Folara, Jondalar y el lobo, fueron primero a la gran morada de los zelandonia. El donier de la Vigésimo sexta Caverna esperaba ya fuera, junto con un acólito a quien Ayla no veía desde hacía tiempo.
—¡Jonokol! —exclamó, y corrió hacia el hombre que había sido acólito de la Primera antes que ella, y a quien se consideraba uno de los mejores artistas entre los zelandonii—. ¿Cuándo has llegado? ¿Ya has visto a la Zelandoni? —preguntó cuando ambos se hubieron abrazado y rozado las mejillas.
—Llegamos ayer justo antes de oscurecer —respondió él—. La Decimonovena Caverna tardó en ponerse en marcha, y luego la lluvia nos retrasó. Y sí, he visto a la Primera Entre Quienes Sirven a la Madre. Tiene un aspecto espléndido.
Los demás miembros de la Novena Caverna saludaron afectuosamente al hombre que había sido, hasta fecha reciente, un valioso miembro de su caverna y buen amigo. Hasta Lobo lo olisqueó en señal de reconocimiento y a cambio el hombre le rascó detrás de las orejas.
—¿Ya eres Zelandoni? —preguntó Proleva.



LOS HIJOS DE CASIO


Los muchachos siguieron las almadías río abajo durante un buen trecho, saludando y haciendo gestos entre risas a los hombres que trataban de mantenerlas en el centro de la corriente. Casi una milla más adelante una zona de espesa vegetación con abundantes zarzas les impidió continuar avanzando, y vieron cómo el cargamento de madera desaparecía de su vista al describir una amplia curva en el cauce.
Se disponían a desandar el camino para cruzar de nuevo el puente y volver a sus casas cuando uno de los chicos de mayor edad comentó en voz alta:
—¿Os imagináis poder cruzar ahora el río de un salto? Estaríamos en casa en un momento.
—De un salto no, pero se puede cruzar. Mi hermano mayor lo cruzó a nado el verano pasado —explicó otro.
—Es peligroso —dijo Mūsa—. Mi tío dice que hay muchas corrientes y remolinos. Ni siquiera a mi hermano le han permitido hacerlo.
—¿Tú siempre haces lo que te dice tu tío?
Mūsa se volvió hacia quien hablaba, y se encontró frente a frente con Essam, que le miraba con gesto serio, provocador, y con un extraño brillo en los ojos.
—¿Quién se atreve? —continuó Essam—. Yo voy a cruzar.