EL DRUIDA


Vercingetórix y yo pudimos instruirnos juntos para la ceremonia de la virilidad. Los jóvenes candidatos se dividían en grupos de tres, un número poderoso, y cada grupo era sometido a prueba como una unidad para reforzar el sentido de hermandad tribal. El arvernio no pertenecía a nuestra tribu, pero Menua lo destinó arbitrariamente a mi grupo, junto con Crom Daral, que sería nuestro tercero.
La elección de Crom me sorprendió. Retornaron los recuerdos de nuestra amistad y me alegré cuando Menua dijo que podía hablarse de ese arreglo. Le encontré solo, lanzando venablos a un blanco de paja, pero a pesar de que creía comunicarle una buena noticia y del afectuoso golpe que le di en el hombro, él se mostró frío conmigo, serio y adusto.
—¿Pediste que fuese tu tercero? —quiso saber.
Antes de que mi cabeza reconociera la esperanza oculta en su voz, mi boca dijo la verdad.
—No, ha sido decisión de Menua. Quiere que formemos un grupo con el arvernio. —Ah. Crom se volvió a medias. Observé que el legado de su madre, los hombros
encorvados, se había intensificado y ahora era casi una deformidad, pues uno estaba mucho más alto que el otro. Pobre Crom. Si Vercingetórix era oro y yo bronce, Crom Daral sería entre nosotros un metal más oscuro y de baja ley. ¿Con qué objetivo formaba parte del grupo? Sólo los druidas lo sabían.