—Maldita niebla —dijo—. Cala los huesos.
Una veintena de cabezas asintieron con desgana entre murmullos.
—¿Me permitís? —preguntó haciendo ademán de penetrar en el círculo para acercar sus manos a las llamas.
En aquel momento, un revuelo alteró la tranquilidad del campamento. Se oyeron voces, gritos, avisos... Muhammad se puso en guardia, e instintivamente desenvainó la espada.
—¡Ahí va, ahí va!
Dirigió su atención hacia el lugar de donde provenían las voces, y descubrió el motivo de aquella confusión: sorteando tiendas y árboles entre saltos, un pequeño corzo huía despavorido en busca de la protección de la maleza. Un soldado le salió al paso, y el animal cambió su trayectoria bruscamente. En un instante se encontró ante Muhammad, quien no hubo de pensarlo: alzó la espada y descargó el filo sobre el cuello del corzo en cuanto lo tuvo a su alcance. Todo sucedió a velocidad de vértigo, de modo que el resto de los hombres no habían tenido tiempo de reaccionar: algunos aún trataban de incorporarse para ver la causa del alboroto.
En un momento se había formado en torno al animal agonizante un círculo de soldados que vociferaban y felicitaban a Muhammad por aquel golpe certero. Sonriente y un tanto incrédulo, éste limpió su espada sobre el lomo del corzo y la envainó.
—¿Algún buen muqrif? —preguntó al tiempo que barría a todos con la mirada—. Allah nos ha enviado la cena... no es cosa de desperdiciarla.
