LOS ASESINOS DEL EMPERADOR


Se oyó entonces un rugido mortal, convulso, horrible, estremecedor. Era un rugido de muerte y se oyó casi de inmediato la voz de Longino.
—¡Marco, Marco, Marco!
Por todos los dioses. La mente de Trajano hijo, embotada por el esfuerzo, reaccionó pese a todo.
—¡Aquí, Cneo! —Fue la primera y única vez en su vida que Trajano le llamó por su praenomen. Cneo Pompeyo Longino asomó por encima de las rocas, justo en el mismo sitio por donde había asomado hacía un momento el lince—. No puedo... no puedo más... —masculló.
Longino se tumbó en el suelo, al borde del principio y alargó el brazo. Trajano era tan grande como él, de modo que elevarlo sería una tarea casi imposible, pero no había otra opción.
—Coge mi mano —dijo Longino y Trajano se estiró de nuevo en un intento por llegar a la mano de su amigo. Unos instantes antes le habría resultado sencillo, pero cada vez estaba más exhausto y ahora se le antojaba demasiado lejana, pero estiró, alargó el brazo y Longino hizo lo mismo, y las yemas de los dedos se tocaron...




LA PIEDRA DEL CORAZON


—No es un secreto que ha actuado usted en nombre de la reina en algunos casos. Tal vez se enteró de su visita y decidió divertirse un poco con usted.
—Sí, no soy tan importante como para que se interese de verdad por mí.
—Me he enterado de que Rich ha caído un poco en desgracia.
—Yo también lo he oído, pero sigue en el Consejo del Rey. Su majestad aprecia sus talentos —añadí con amargura.
—La política es como los dados: mejor es el jugador, peor es la persona.
—Jack, hemos de movernos deprisa. La vista es el lunes.
—Nunca hemos trabajado en la Audiencia de Tutelas.
—Muchas de sus funciones no son nada judiciales. ¿Conoces el principio de la tutela?
Barak citó despacio un pasaje que recordaba de un libro de derecho:
—Si un hombre posee tierras por su servicio de caballero y muere dejando un heredero menor de edad, la propiedad pasará a custodia del rey hasta que el pupilo alcance la mayoría de edad o se despose.
—Así es.



          

300 GUERREROS


Se resignó al segundo lugar, pero estaba contento de que fuera precisamente su amigo quien le superara. Quedaban pocos metros para llegar a la meta cuando Eurito bajó el ritmo claramente, como si se hubiera quedado sin fuerzas de repente. Un momento después Aristodemo se veía designado como vencedor por los jueces, que clasificaron a su amigo en el segundo lugar.
Todavía agachado sobre las rodillas y respirando con dificultad, Aristodemo miró a los ojos del otro, que le dirigió una mirada llena de esperanzas. Y entonces entendió inmediatamente. Eurito lo había dejado ganar. Una vez más había querido que se diera cuenta de él y su disponibilidad.




   

LA SOMBRA DEL TEMPLARIO


—Tenéis cualidades muy importantes para mí, fray Berenguer —le había comentado en voz baja—, cualidades imprescindibles en estos tiempos. Muy pronto estaremos en Sicilia y mi señor Carlos necesitará de alguien de su absoluta confianza, alguien que sea digno de él, ya me entendéis.
Las palabras de DArlés eran música celestial en sus oídos y habían encendido sus esperanzas. Después del desastre de Mongolia, sus posibilidades de ascender en la orden eran escasas y prueba de ello era que su superior no se había dignado todavía a llamarle a su presencia. Tenía mucho que ganar y muy poco que perder, al fin y al cabo el caballero francés sólo pedía un pequeño favor, un encargo sin importancia que no le comprometía a nada.