LA LEGION OLVIDADA


—A trabajar, chicos. No me obliguéis a usar esto —farfulló, dando un golpecito al látigo que llevaba en el cinturón.
Los trabajadores recorrieron fatigosamente la zona de rastrojos hasta el trigo que quedaba por segar; algunos dedicaban miradas de resentimiento a Tarquinius. Pero ninguno osó contradecir la voluntad de hierro del capataz. O su látigo. La misión de Dexter consistía en mantener a raya a todo el mundo y lo conseguía empleando la fuerza bruta.
Fulvia esperó a que los demás se alejaran un poco antes de tenderle el paquetito con una sonrisa maliciosa.
—Gracias, madre. —Le dio un beso en la frente.
—Que los dioses te bendigan —dijo Fulvia, orgullosa.
—¿Dexter? —En cuanto su madre hizo virar la carreta, Tarquinius corrió al encuentro del fornido vílico—. Toma un poco de queso de cabra. Es muy sabroso.
—¡Trae para acá! —Dexter tendió los brazos con avidez. Probó un trozo y sonrió—. Felicita a Fulvia. ¿Dónde lo ha conseguido?
—Tiene sus métodos. —Todo el mundo sabía que los trabajadores de la cocina conseguían alimentos con los que los demás soñaban—. Esperaba...
—¿Acabar hoy temprano? —Dexter se carcajeó—. Para eso hace falta algo más que un trozo de queso. Caelius me cortaría las pelotas si te pillara zafándote otra vez.




EL LECTOR DR JULIO VERNE


—Pero Cencerro está muerto, Pepe, y tú lo sabes.
—¿Muerto? No, qué va a estar muerto... —estábamos los dos solos y nadie podía escucharnos, pero miré hacia atrás una vez más, porque no podía creer que estuviera hablando en serio—. ¿Es que no te has enterado de que antesdeayer cortó la carretera y consiguió dinero de sobra para pasar el invierno? ¿No te han contado todavía que volvió a dejar una propina de las de antes en una venta de su pueblo?
—Pero no pudo ser él —insistí, con el aplomo que prestan sólo unas pocas certezas, la muerte siempre.
—Claro que fue él. Firmó el billete, ¿o no? —sólo entonces se echó a reír, y justificó su risa como si me estuviera haciendo un favor—. Cencerro es mucho más que un nombre, Nino, es un símbolo. Tomás Villén Roldán está muerto, sí, lo sé, sé lo mismo que tú, que se suicidó el 17 de julio, en Valdepeñas, y lo llevaron muerto a su pueblo, y todos los vecinos vieron su cadáver. Eso es verdad, pero sólo eso. Tomás Villén Roldán era Cencerro, pero ahora Cencerro es más grande que él. Seguirá vivo mientras haya alguien en el monte que lleve su nombre, y por lo visto lleva dos días resucitado, ya lo sabes.


—Cualquiera diría que te alegras.

SALAMINA


—En esta casa, ella tiene más derecho a decírmelo que tú —respondió Jasón, y Apolonia sintió
una oleada de gratitud que, en parte, alivió el frío de sus entrañas—. Vete a reunirte con esos hombres si quieres. Yo necesito pensar.
—Pues no te lo pienses demasiado. No disponemos de mucho tiempo.
Esquines dirigió una última mirada a Apolonia, que se cruzó los brazos sobre los senos para cubrirlos de su vista. Después salió sin despedirse. Jasón se sentó en un banco de piedra del patio, o más bien se desplomó sobre él. Qué cansado parece, pensó Apolonia con ternura, olvidando por unos segundos la urgencia del aviso de la diosa.
Jasón, que se había casado muy tarde, casi la doblaba en edad; pero ahora los veinte años que le sacaba a Apolonia parecían haberse convertido en treinta. La joven le quería, pero al meterse en la cama con él nunca había llegado a sentir esa calidez líquida en el vientre ni ese temblor en las pantorrillas del que hablaban los epitalamios. El mercader era apenas un dedo más alto que ella, tenía las piernas flacas y peludas, la barbilla blanda y huidiza y la coronilla en barbecho. Por más que se lavara y se perfumara con menta las axilas, su sudor ya olía a rancio cuando brotaba de su piel. Pero era un buen padre y un marido amable, y cuando organizaba banquetes en casa tenía la decencia de no invitar a flautistas ni prostitutas. Lo que hiciera en los simposios a los que le invitaban otros amigos, Apolonia prefería no saberlo.
La joven tomó aliento y dijo: —He tenido una visión. Jasón levantó la mirada y entrecerró los ojos. Apolonia se apresuró a contarle el sueño y las
palabras de Atenea sin apenas dejar pausa entre las frases para que él no tuviera tiempo de poner objeciones.
—¿Crees que es un sueño veraz? —preguntó su marido al final.


LA JUDIA DE TOLEDO


El rey se había instalado sobre una tumbona, una especie de sofá. Allí estaba, sentado, medio echado, en una postura ostentosamente relajada.
—Sólo espero —dijo después de que Don Manrique terminara de hablar— que tengas preparados a tiempo los veinte mil maravedíes de oro que te obligas a pagar.
—Veinte mil maravedíes de oro son mucho dinero —respondió Ibrahim—, y cinco meses es poco tiempo. Pero podrás disponer del dinero dentro de cinco meses, mi señor, siempre y cuando los poderes que me otorga el contrato no sean sólo ciertos sobre el pergamino.
—Tus dudas son comprensibles, Ibrahim de Sevilla —dijo el rey—. Son poderes nunca oídos los que te has reservado. Mis señores me han explicado que quieres poner tu mano sobre todo lo que la gracia de Dios me ha otorgado, sobre mis impuestos, mis fondos públicos, mis fronteras, y también sobre mis minas de hierro y de sal. Pareces un hombre insaciable, Ibrahim de Sevilla.
El comerciante contestó tranquilamente:
—Soy difícil de saciar porque tengo que saciarte a ti, mi señor. El que está hambriento eres tú. Soy yo quien paga primero los veinte mil maravedíes de oro. Todavía no hay certeza sobre el importe de los fondos que se obtendrán, de los cuales me pertenece una pequeña comisión. Tus grandes y ricoshombres son señores difíciles y violentos. Perdona a este comerciante, señora —dijo dirigiéndose con una profunda reverencia a Doña Leonor, y continuó hablando en árabe—, si en tu presencia, clara como la luna, hablo de cosas tan prosaicas y aburridas.

        

EITANA LA ESCLAVA JUDIA


Eitana estaba sobrecogida, con el odio rugiendo su pequeña existencia. Se abrazó al tronco mal tallado y con sus manos acarició los pies de su padre y dejó que su sangre le ungiera su rostro y su cabello.
—Corre, muchacha. Corre. Déjame solo. —Pero ¿por qué? —gritaba ella—. ¿Qué has hecho, padre? ¿Por qué? —Vete, Eitana. Por Yahvé, vete. —¡Cómo he de dejarte! ¡Dime! —Tienes que hacerlo —exclamó sufridamente.
Los soldados, que habían permitido a la niña hacer, acabaron por intervenir. Unos de los tres la atrajo hacia atrás estirando de sus hombros, hasta que cayó al suelo de espaldas.
—Vete —le dijo en un arameo incomprensible.
La muchacha se incorporó y se lanzó sobre aquel centinela entre patadas, gritos e insultos. Los otros dos se miraron con asombro y soltaron unas risotadas, pero aquel soldado ni titubeó. Le dio un bofetón y Eitana volvió a caer en tierra.
—¡Eres como tu padre! —le dijo—. Y nosotros a los rebeldes los tratamos como se merecen. Acabas de elegir tu destino.
El padre de Eitana se revolvió con un grito de dolor, mientras la niña sollozaba desde el suelo.
—Marco, ¿quieres que se la lleve al tribuno? —le dijo uno de los otros dos.






EL DENARIO DE PLATA


—No perdamos más el tiempo y llévame a un buen jurisconsulto...
—Pues el mejor de la ciudad es, a mi juicio, el más sinvergüenza, no por inmoral sino por ambicioso. Ese es el único capaz de llevar a la Basílica Náutica lo que se ha empezado en el tribunal de Agravios y Conciliaciones. . .
—Y con eso ¿qué se gana...? —Bastante. Que el pleito se resuelva en unos cuantos días y que el juicio se lleve a
cabo por un procedimiento jurídico de antiguo y nuevo Derecho romano, aunque a la postre igualmente pierdas.
Se fueron a ver al jurisconsulto Sostes Cubelino. Lo encontraron en el jardín de su casa despachando consultas. El cliente que no le llevaba cuero del mejor vino le obsequiaba una ánfora de aceite. Otros, más agradecidos, le pagaban con una o más monedas de oro, insertas en una base de madera muy pulida o en una cajita de hueso u otro material. Porque si el buen nombre y prestigio de la profesión forense impedían cobrar honorarios u obtener vil ganancia como en infame operación comercial, los letrados no podían oponerse a estas pruebas de agradecimiento por parte de sus clientes. Y tan seguros estaban de ganar el pleito, que el regalo lo recibían por adelantado.
Rodeaba al jurisconsulto una docena de personas. Todas le escuchaban como a un oráculo. Y nadie se atrevía a interrumpirle ni a precipitarse a exponerle su caso. Y él, según iba conociendo cada problema, resolvía con aire doctoral:
—Tu asunto se revuelve por ius portus. Con lo cual el cliente se quedaba tranquilo, y Mileto aumentaba su conocimiento
sobre los múltiples derechos vigentes en Gades. Al otro le decía:
—Acto Conciliatorio por comparecencia voluntaria... Y a un tercero.
—En tu caso habrá exceptio, pero, ¡oh!, con invalidación por duplicatio. Eso olía un poco más al Lacio. Hablaba una jerga popular turdetana, muy viciada
de giros púnicos y con muchas sentencias latinas. Benasur se impacientó. Y como vio que le faltaban ocho individuos para que le
tocara su turno, interrumpió al jurisconsulto:



EL MURO DE ADRIANO


—Soy soldado romano, pero nunca he visto Roma. Vaya. Así que ella tenía una experiencia de la que él carecía. —¿Y te gustaría ir? Sus miradas se cruzaron un instante y los ojos de él dejaron traslucir un anhelo. ¿De Roma? ¿De su casa? ¿De amistad? Pero Galba apartó la suya enseguida. —En otra época me habría gustado. Ahora no lo creo. Sospecho que Roma me decepcionaría. Valeria intentó bromear: —Creía que todos los caminos conducían a Roma. —Mi Roma es la frontera, señora. Y mi ambición, la caballería petriana. Tal vez te resulte una ambición modesta, pero es todo lo que tengo. Ella entendió lo que quería decir, y se sintió culpable. ¡Aquel tribuno estaba escoltando la causa de su propio descenso en el escalafón! —Y mi futuro marido está ahora al mando de esa caballería. Debes de sentirte ofendido. —¿Era leal? ¿Podía Marco confiar en él?



EL ENVIADO DE ROMA


—¿Adónde vamos?
—La nueva calle que hay junto a los baños de Agripa es buen sitio. Es tranquila, y en este momento no va mucha gente, salvo poetas y filósofos. Si alguien nos ve, hemos ido a mirar ese león tallado del que habla todo el mundo.
Se sentaron en un banco de piedra bajo un ciprés. El agua lamía la orilla mientras fuertes ráfagas de viento arrastraban las hojas muertas de un arbusto cercano.
—¿Recuerdas que te hablé de esa muchacha que habían secuestrado? —dijo Critón.
—Lo recuerdo.
—Luego me presenté en casa de mi patrono. Me llevó a un rincón, aparte de los otros clientes, y me pidió que aguardara hasta que todos se hubieran ido. Aguardé, y cuando estuvimos a solas me preguntó si podía confiar en mí. Le respondí que esperaba ser digno de su mayor confianza. Me cogió la mano y me dijo que la lealtad merecía una recompensa, y me entregó un zurrón. «El vino impulsa a la necedad», me dijo. Me fui a casa, y al llegar a mi habitación abrí el zurrón. Contenía una enorme suma. Más de lo que he tenido nunca.
—Vaya, estás de suerte. Me vendría bien un patrono como ése.


VIRIATO CONTRA ROMA


-Beduno, aumenta las horas de entrenamiento. Voy a estar demasiado ocupado para comprobar sus avances... -y, volvién-
dose hacia mí- No tardarás en que prepararte. Por lo demás, tregue algo que te pertenece.
emprender tu primer viaje, tienes creo que es hora ya de que te en-
Se dirigió a uno de los que estaban Junto a la pared, estrecho, envuelto en paños, que trajo a la mesa. -Aquí está. Puedes...
grandes arcones de madera y hierro lo abrió y retiró un objeto largo y
En aquel momento entró mi madre. No había estado escu- chando, porque no prestó atención a lo que había en la mesa, y empezó a hablar con su hermano de un asunto trivial cualquiera, pero, de repente, se quedó callada al ver aquel objeto, y su ex- presión cambió. Clavó los ojos en mi tío, unos ojos que echaban chispas de cólera, y gritó, con una voz ronca y restallante como un látigo: -¡No lo permito! ¡No lo permitiré nunca!
Incluso habituado como estaba al ambiente de hostilidad que allí reinaba en los últimos tiempos, me estremecí. Camalo, curtido por largos años de experiencia, se encogió de hombros.
-Tonglo, tengo que hablar con tu madre. Te llamaré después.



DONDE NADIE TE ENCUENTRE


Eran más de las diez cuando acabaron de cargar el equipaje en la furgoneta. Nourissier estaba molesto por el retraso de casi una hora, pero no se atrevió a protestar. En realidad empezaba a darse cuenta de basta qué punto dependía de su guía de viaje. Cuanto antes lo asumiera, tanto mejor. El había bajado a desayunar a las ocho, y después había esperado a Infante tomando café tras café. Cansado, fue a sentarse en un sofá de la recepción. Cuando por fin el periodista se presentó, lo hizo en un estado de auténtica euforia.
—¡He dormido como un rey! —declaró—. ¡Y ese desayuno delicioso que nos han dado! Viviendo en una ciudad tan grande como Barcelona uno acaba olvidándose del sabor auténtico de los alimentos. Pero aquí... es como recuperar las sensaciones de la infancia. ¿No está de acuerdo?
—Supongo que sí.
—¿Sólo lo supone? No se habrá levantado usted de mal humor.
—No, cuando me desperté estaba de un humor excelente, pero de eso hace bastante tiempo ya.
—Pas de probléme! Enseguida nos vamos, cherdocteur. Pero no piense que nos desplazaremos a un lugar muy lejano; de hecho llegaremos enseguida, ya verá. Aunque antes de dejar Tortosa deberíamos hacer otra pequeña compra.
—¿Más licor?


CUANDO LEAS ESTA CARTA


—Buenos días, ¿el Panteón de los Héroes?
—Siga usted recto por esta calle y lo tiene a ciento cincuenta metros a la derecha, por unas escalinatas.
—Gracias, ¿sabe usted si ayer hubo algún entierro o si hay alguno previsto para hoy?
—Que yo sepa, no se entierra a nadie allí desde hace años. Alguna ceremonia ocasional, pero nada más. De todas maneras, si no tiene prisa quizá se encuentre por allí a un anciano que mata el tiempo arreglando los alrededores del Panteón. Lleva por aquí desde hace años y el jefe, cuando no sabe algo de la parte más vieja del cementerio lo busca y habla con él. Es una enciclopedia, lo que no sepa él, no lo sabe nadie.
—¿Cómo se llama?
—¿Yo?, Manuel González, ¿por qué? —preguntó receloso.
—No, usted no, el anciano que debo buscar.
—Creo que Gonzalo. Ya estaba aquí cuando llegué yo... ¿y por qué, si puede saberse?
—Por nada, es que he oído hablar de ese panteón y me gustaría verlo, nada más. Gracias, voy a ver si lo encuentro.


LA CIUDADELA


Cristina iba a responder, cuando sonó la campanilla de la puerta. Se levantó, renunciando a la observación que pensaba hacer, diciendo, en cambio, con su suave sonrisa:
-Espero que no olvide su promesa de hablarme de esto en otra oportunidad.
Entraron Watkins y su esposa, disculpándose por haber llegado tarde. Inmediatamente se sentaron a la mesa.
El ambiente fué muy distinto de aquella fría reunión en que se encontraron la última vez. Se les sirvió carne de ternera con puré de papas, pastel con crema y, finalmente, queso y café. Aunque sencillos los platos eran abundantes. Después de las míseras comidas que le servía Hlowdell, era una gran cosa para Andrés encontrarse ante un alimento caliente y apetitoso.
-Tiene usted suerte con la patrona, señorita Barlow! Es una excelente cocinera!
Watkins, que con ojos socarrones había estado observando a Andrés manejar el tenedor, de pronto echóse a reír.
-Sí que está bueno. -Volvióse a su mujer- ¿Oíste, .querida? Dice que la anciana señora Herbert es una excelente cocinera.
Cristina se ruborizó ligeramente.
-No le haga caso -le dijo a Andrés-. Es el cumplimiento más amable que me hayan hecho, porque usted no se proponía dirigírmelo. Como a veces ocurre, yo preparé la comida. Estoy a cargo de la cocina de la señora Herbert. Me gusta cocinar. Y estoy habituada a ello.



OPERACION COBRA


Pero ella no se lo tragó. —¿Es este caso parte de tu proyecto? —preguntó. Mellis llevaba entre manos algún tipo de investigación en la que nadie de los CCE quería verse implicado, o por lo menos eso había oído. —¿Mi proyecto? ¿El proyecto del virus furtivo? Pues sí. Mi idea es que tal vez haya virus desconocidos por ahí que no causan epidemias evidentes, sino que se desplazan furtivamente. No son muy contagiosos, así que sólo afectan a personas aisladas. Son como Jack el Destripador, asesinos en serie... virus furtivos. Lex Nathanson está al tanto de mi proyecto y le he pedido que mantenga los ojos abiertos por si surge algo así. Austen advirtió que Mellis llevaba un busca en el cinturón y se preguntó para qué lo necesitaría. —¿Me estás ocultando algo? Mellis levantó la mano y exhaló un suspiro. Estaba acostumbrado a que la gente se mantuviese al margen de su proyecto, que no parecía conducir a ninguna parte. —Mira —respondió—, si no quieres hacerlo, 11amaré a Lex y le diré tjue en estos momentos no tenemos a nadie disponible. El lo comprenderá. No hay ningún problema. —No es necesario que le llames; iré. Mellis pareció algo sorprendido. Abrió su carpeta, sacó un billete de avión de la compañía Delta Air Lines y una hoja de gastos y los dejó sobre la mesa de Austen. —Te lo agradezco —le dijo.



BORMAZO


hicimos noche en Arezzo. Viajábamos muy despacio, a causa de Messer Pandolfo, quien se quejaba de la aspereza del camino. Dormimos en una posada o, mejor aun, en ella durmió mi preceptor. Ignacio quedó afuera, caminando, escudriñando el cielo y rezando hasta el amanecer. Yo me retiré al aposento que compartía con el dómine, pero ni sus ronquidos, ni las alimañas, ni la emoción provocada por la novedad de mi porvenir inminente me dejaron descansar. Al rato salí también y no osé perturbar a Zúñiga porque, a pesar de la miseria de su condición, me impresionaba su porte y aquella fe que yo, exacerbado por la tiranía de mis angustias y distraído por la exploración del mundo, no compartía. Anduve una hora bajo las estrellas, cavilando. El recuerdo de la iniquidad familiar me calentaba la sangre en las venas. Cuando volví a mi cámara, oí voces en una vecina habitación. Por el hueco de la puerta mal cerrada vi a Beppo afanándose en un catre con la hija del posadero.



DONDE DE ALZAN LOS TRONOS


La mujer era hermosísima. Estaba allí, a pocos pasos de él, a la orilla del río, desnuda, y sólo podía verle la espalda. Pero seguro que era hermosísima. Desde luego, tenía un culo extraordinario, el mejor culo que él había visto en su vida, muy grande y muy blanco, y cubierto de ricos hoyuelos. Mateíllo la observó con avidez. Qué ganas de tocar aquellas nalgas, de apretarlas muy fuerte con las manos, y de frotar su sexo contra ellas. ¡Qué delicia! Su sexo, sí. El miembro magnífico que aún seguía teniendo, completo y bien hermoso. Menos mal que había huido aquella mañana de las manos asesinas del Padre Cantor. De no haberlo hecho, a estas alturas tendría un trapillo colgando entre las piernas, una cosa fea y reseca, y no habría disfrutado de aquel espléndido trozo de su carne que le había dado tanto placer. En realidad, el único placer auténtico, junto con ciertas borracheras, que había conocido en su vida. Le había servido innumerables veces para el goce a solas, pero también lo había disfrutado con muchas mujeres, y hasta con unos cuantos hombres, en las noches de helada en los campamentos, cuando al apretarse unos contra otros para aliviar un poco el frío surgía inevitablemente el deseo. Como ahora: allí estaba, su miembro creciendo y endureciéndose frente a la belleza de la mujer desnuda. Tenía que llegar hasta ella. Trató de incorporarse, pero el dolor en el costado volvió a ser insoportable. Había conseguido aplacarlo un poco echándose sobre la herida y apretándose contra el suelo. Si se apretaba mucho, el dolor iba disolviéndose en ondas dentro de su cuerpo, y al final se desvanecía. Pero no podía ponerse en pie. De nuevo miró a la mujer. Estaba volviéndose lentamente, como si quisiera que él viese su cuerpo entero. ¡Dios mío, qué cuerpo! Los pechos enormes, y las redondas caderas envolviendo la tripa blanda, en la que sería tan dulce descansar la cabeza..