LA CIUDADELA


Cristina iba a responder, cuando sonó la campanilla de la puerta. Se levantó, renunciando a la observación que pensaba hacer, diciendo, en cambio, con su suave sonrisa:
-Espero que no olvide su promesa de hablarme de esto en otra oportunidad.
Entraron Watkins y su esposa, disculpándose por haber llegado tarde. Inmediatamente se sentaron a la mesa.
El ambiente fué muy distinto de aquella fría reunión en que se encontraron la última vez. Se les sirvió carne de ternera con puré de papas, pastel con crema y, finalmente, queso y café. Aunque sencillos los platos eran abundantes. Después de las míseras comidas que le servía Hlowdell, era una gran cosa para Andrés encontrarse ante un alimento caliente y apetitoso.
-Tiene usted suerte con la patrona, señorita Barlow! Es una excelente cocinera!
Watkins, que con ojos socarrones había estado observando a Andrés manejar el tenedor, de pronto echóse a reír.
-Sí que está bueno. -Volvióse a su mujer- ¿Oíste, .querida? Dice que la anciana señora Herbert es una excelente cocinera.
Cristina se ruborizó ligeramente.
-No le haga caso -le dijo a Andrés-. Es el cumplimiento más amable que me hayan hecho, porque usted no se proponía dirigírmelo. Como a veces ocurre, yo preparé la comida. Estoy a cargo de la cocina de la señora Herbert. Me gusta cocinar. Y estoy habituada a ello.