EL ENIGMA DE FLANDES


–¿Habíamos? –se extrañó Jan. –Mi hermano y yo. Van Eyck se arrodilló, entreabrió la bolsa de cuero y sacó un pincel de marta, un cubilete
sellado y un frasco de trementina de Venecia. Ante el pasmado Jan, comenzó a diluir el blanco de plata que el cubilete contenía.
–Temí que el colorante estuviera seco ya. A Dios gracias, no es así. Satisfecho de su mezcla, tendió el pincel a Jan. –Toma. Seguirás mis instrucciones. El muchacho creyó no haberlo entendido.
–¡Pero si apenas sé dibujar!
–No se trata de dibujo. Siéntate en el suelo. Escribirás el texto que voy a dictarte, aquí abajo, en el exterior de los paneles.


LA CIUDAD DE LOS PRODIGIOS


-Hay que ver –le decía a su esposa– lo bien que me está yendo todo.
Cada vez necesitaba más gente a su servicio; no sólo pas- antes y secretarias, sino agentes capaces de moverse con soltura en los bajos fondos. A estos agentes los reclutaba donde podía, sin reparar en sus antecedentes.
-Me han dicho que tú vales –le dijo a Onofre Bouvila cuando se vio encerrado con él en el tílburi–, que te mueves bien. Trabajarás para mí. -¿En qué consiste el trabajo? –preguntó Onofre.
-En hacer lo que yo diga –dijo don Humbert Figa i Morera–



LA BIBLIA DEL DIABLO


—Y también le ahorrasteis al posadero discutir por el pre-
cio del vino...
—Pero esa vieja barrica se merecía todas las copas de vino
que derramé en su boca.
—¿Os reveló dónde se encuentra el convento?
El padre sonrió.
—¿Dónde está, padre?
En medio de la oscuridad de lá helada noche de noviem-
bre, el padre de Andrej señaló hacia la ventana. Ahora sus ojos
reflejaban la luz de las velas y su sonrisa se volvió cada vez
más amplia. Las sombras convertían su rostro en el de un
desconocido.
—Mañana te ocultarás junto a la puerta, como convini-
mos, y aguardarás a que te arroje la Biblia del Diablo.