–¿Habíamos? –se extrañó Jan. –Mi hermano y yo. Van Eyck se arrodilló, entreabrió la bolsa de cuero y sacó un pincel de marta, un cubilete
sellado y un frasco de trementina de Venecia. Ante el pasmado Jan, comenzó a diluir el blanco de plata que el cubilete contenía.
–Temí que el colorante estuviera seco ya. A Dios gracias, no es así. Satisfecho de su mezcla, tendió el pincel a Jan. –Toma. Seguirás mis instrucciones. El muchacho creyó no haberlo entendido.
–¡Pero si apenas sé dibujar!
–No se trata de dibujo. Siéntate en el suelo. Escribirás el texto que voy a dictarte, aquí abajo, en el exterior de los paneles.


