LA CIUDAD DE LOS PRODIGIOS


-Hay que ver –le decía a su esposa– lo bien que me está yendo todo.
Cada vez necesitaba más gente a su servicio; no sólo pas- antes y secretarias, sino agentes capaces de moverse con soltura en los bajos fondos. A estos agentes los reclutaba donde podía, sin reparar en sus antecedentes.
-Me han dicho que tú vales –le dijo a Onofre Bouvila cuando se vio encerrado con él en el tílburi–, que te mueves bien. Trabajarás para mí. -¿En qué consiste el trabajo? –preguntó Onofre.
-En hacer lo que yo diga –dijo don Humbert Figa i Morera–