TU QE TE ESCONDES


Ana se aburría, y quizá por eso volvió su atención a la casa en ruinas; Gabriela, interrogada, respondió con un gran suspiro: —Ya había notado yo que vuesa merced se había fijado en esa vieja casa. Pues sepa que allí se encontraban, a escondidas de todos, un poeta y su amante, que llevaba vuestro nombre y que murió muy joven.

                

EL ELEFANTE DE MARFIL


—Va a resquebrajarse y partirse en dos —gritó alguien señalando la Giralda.
—Vámonos a casa antes de que se nos venga encima una campana —le dijo mamita Lula a doña Julia con dulzura.
—Te equivocaste, ¿lo ves? El mundo no se ha acabado. Estamos vivas, ¿te das cuenta? ¡Vivas! —respondió ella sonriente.
—Claro que sí. Ea... vayamos a casa.
—Estoy viva, estoy viva, estoy viva —repitió doña Julia con los ojos perdidos y sonrisa bobalicona, dejándose guiar por mamita Lula.

              

LA ELEGANCIA DEL ERIZO


—Eh, eh, no —me contestó entonces, imprimiendo a la frase las mismas pausas que jalonaban sus desplazamientos.
—¿Quiere al menos sentarse un momento? —le sugerí yo. —¿Sentarse? —repitió, extrañado—. Eh, eh, no, ¿por qué? —Para descansar un poco —le dije. —Ah, yaaaaaa —contestó—. Pues, eh, eh, no.
Lo dejé pues en compañía de las camelias, vigilándolo desde mi ventana. Al cabo de un larguísimo momento, se sustrajo a su contemplación floral y se dirigió a velocidad moderada hasta mi puerta. Abrí antes de que llegara a llamar al timbre.

              

EL GUARDIAN ENTRE EL CENTENO


¿Qué demonios estás leyendo? —dijo. —Un libro. Lo echó hacia atrás con la mano para ver el título. —¿Es bueno? —dijo. —Esta frase que estoy leyendo es formidable. Cuando me pongo puedo ser bastante sarcástico, pero él ni se enteró.
Empezó a pasearse otra vez por toda la habitación manoseando todas mis cosas y las de Stradlater. Al fin dejé el libro en el suelo. Con un tío como Ackley no había forma de leer. Era imposible.

   

LIBRANOS DEL MAL


Era un hábito sin sentido, y él lo sabía, pero le había sido imposible romper con él. Después de todo, durante la mayor parte de sus vidas adultas, los dos hombres habían pasado casi cada tarde en mutua compañía. Durante el día, cuando no estaban juntos, si a Tom se le ocurría algo para decir a Doc, rasgaba un pedazo de papel y lo apuntaba allí, para asegurarse de que no lo olvidaría


                      

     

LA ALIANZA DEL CONVERSO


Lorenzo miró al auditorio sabiendo que los había dejado sin habla. La cabeza de Mauricio funcionaba a una velocidad desconocida. La oferta era fabulosa y sobrepasaba todos sus cálculos, pero ¿era realidad o polvo de estrellas? Si, como parecía probable, los enemigos de Lorenzo triunfaban, ¿en qué se traduciría aquella proposición? En la ruina. Si el régimen Medici caía, declararían el banco en quiebra y valdría menos que un florín. 



EL JUEZ CIEGO


—Oí un fuerte ruido, aunque amortiguado. En un principio
no fui consciente de su naturaleza, pues no estoy familiarizada con las armas de fuego. Pensé que tal vez se había caído algo en la planta baja, de modo que dejé el libro y bajé a investigar. Potter acudió a mi encuentro a mitad de las escaleras.
—¿Potter? —inquirió sir John.

            

LA MUJER DE LAS NUEVE LUNAS


Las casitas de adobe se distinguían desde el camino y, en ocasiones, a los pobres habitantes, detenidos para mirar a los viajeros con una mano en visera sobre los ojos, más por costumbre que por defenderlos del sol, y la otra apoyada con lasitud en la cintura. Parados, inmóviles, si no fuera por la brisa que ahuecaba los atuendos miserables, sugerirían polícromas estatuas de una civilización ruinosa y olvidada.